Por Roberto Sosa/ El final se aproxima, lo siente y no tiene donde vivir, fue echado de un asilo. La oscura y fría noche no sabe en dónde pasarla. Un bajo puente o quizá una casa abandonada sean la solución; reflexiona con preguntas que solo cuando se es viejo se pueden formular. Siente hambre, un poco de pan, mantequilla y leche podrían ayudar a mitigarla. La ropa le queda grande, el muerto no era de su talla; ahora solo desea encontrar un sitio donde calentarse, relajarse y esperar.

Sin nombre, indigente y vagabundo camina por las calles en una ciudad que fue suya y ahora no lo reconoce. El anciano se siente desplazado en un mundo que no tiene espacio para él, carga sobre sus hombros la edad, el abandono y la tristeza de saber que no tiene a nadie cerca de él cuando está cerca: El Final. La vejez es el drama de la vida, una etapa que acentúa el ahogo y penuria de llegar a viejo y solo.

De Samuel Beckett, El Final es un monólogo que habla de ancianidad y soledad, el personaje es un adulto mayor que no tiene a nadie en su vida. El autor irlandés es reconocido por sus obras inscritas en el teatro del absurdo, Esperando a Godot o Final de partida así lo avalan; en esta obra el absurdo lo plantea como una paradoja, el contrasentido que significa ser un anciano y vivir en total abandono. El texto está magistralmente escrito.

Ana Graham trabaja la dirección de escena, su primera decisión es la llegada al recinto, al público lo ingresa por los entresijos del teatro, por pasillos donde una instalación muestra algunos objetos del personaje. Se entra a la sala en penumbra y antes de iniciar la obra se va a oscuro total; inicia el relato con el protagonista al centro del escenario, es como si surgiera de las entrañas del teatro. Ana lo ancla en una reducida plataforma de madera que se balancea con el actor y también soporta el peso dramático del personaje. Su propuesta está bien lograda.

Arturo Ríos hace la interpretación, su edad va con el personaje, el encuentro entre ambos los llevó a un diálogo donde las coincidencias son visibles en la escena y con su actuación. El trabajo de Arturo es impresionante, en la mirada, voz y sus movimientos vemos a un viejo, un anciano cansado que carga su existencia. Para un actor hacer un monólogo es un desafío, para un histrión con más de 70 años el reto es mayor, Ríos demuestra poseer una memoria envidiable.

Con esta obra Arturo Ríos celebra 50 años de trayectoria artística, cabe recordar que El Final ya la habían montado hace 13 años –su primer unipersonal- en este mismo recinto y también bajo la dirección de Ana Graham, ahora la presenta nuevamente como parte de esta conmemoración. A lo largo de su carrera ha participado en obras como La Malinche, Woyzeck, Casa de muñecas, Los baños, El Filósofo declara, Tío Vania, Pequeños zorros, Hamlet, Noche de estreno, Network y Días felices por mencionar algunas. Hoy es Actor de Número de la Compañía Nacional de Teatro.

El Final es teatro a una sola voz, el unipersonal es con un hombre que se detiene un momento en su larga vida, habla y reflexiona sobre la vejez. El escenario está en la oscuridad, como su vestimenta y su ánimo, no hay una luz que borre la negrura en la que se encuentra, analogía con la forma en que este veterano ve el fin de su existencia. La reflexión cabe en esta desolada y sombría realidad en la que hoy viven los ancianos.

Diseño de vestuario, Ana Graham; traducción e instalación artística, Antonio Vega; iluminación y espacio escénico, Víctor Zapatero; música original y diseño sonoro, Cristóbal MarYán.

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Foto: Roberto Sosa