Por Kerim Martínez/ El teatro continúa recordándonos que toda conquista social sigue siendo, en muchos sentidos, frágil e inacabada. Llevar historias LGBTQ+ al escenario no responde únicamente a una necesidad de representación, sino también a la urgencia de reflexionar sobre los vínculos afectivos, los acuerdos íntimos y las estructuras familiares que todavía enfrentan tensiones culturales, legales y emocionales. En ese contexto, recientemente se estrenó El esposo de Daniel, de Michael McKeever, en el Foro Lucerna.
Desde hace más de una década, Pablo Perroni ha mantenido una búsqueda constante de textos contemporáneos que no sólo entretienen, sino que también invitan a la reflexión y al debate. Montajes como El Plan, de Ignasi Vidal; Puras cosas maravillosas, de Duncan Macmillan y Jonny Donahoe; Destello, de Michael Batten; y F**king men, de Joe DiPrieto —todos dirigidos por Sebastián Sánchez Amunátegui— evidencian una línea de trabajo interesada en las emociones humanas y los conflictos sociales actuales. Desde la consolidación del Teatro Milán y el Foro Lucerna como espacios fundamentales para este tipo de propuestas, Perroni ha permanecido activamente sobre el escenario, construyendo junto a Sánchez Amunátegui una de las mancuernas creativas más consistentes del teatro comercial en México.
El más reciente hallazgo dentro de esa línea de trabajo es El esposo de Daniel, texto de Michael McKeever (autor de más de treinta obras representadas principalmente en Estados Unidos y Canadá) traducido por el propio Pablo Perroni. La historia nos presenta a Daniel y Michel, una pareja que parece haber construido una vida estable y armónica entre amigos, rutinas y afectos compartidos. Sin embargo, detrás de esa aparente plenitud existe una diferencia esencial sobre la idea del compromiso: Michel ama a Daniel, pero no cree en el matrimonio. A partir de un hecho inesperado, la obra obliga a sus personajes a enfrentarse no sólo a aquello que sienten el uno por el otro, sino también a las consecuencias de todo lo que nunca se decidió a tiempo.
La dramaturgia de Michael McKeever encuentra buena parte de su fuerza en una primera escena aparentemente cotidiana: una conversación larga, ágil y llena de humor entre los cuatro personajes masculinos, donde el autor logra definir con claridad sus personalidades, posturas y vínculos afectivos mientras siembra, de manera sutil, el posible destino de cada uno. A partir de ahí, la obra construye escenas donde siempre ocurre algo trascendente y dramáticamente atractivo para la historia. McKeever también incorpora recursos narrativos que permiten al espectador entrar por instantes en la intimidad mental y emocional de los personajes, hasta desembocar en un flashback final particularmente conmovedor.
Dentro del elenco, Axel Santos carga con buena parte del eje emocional de la puesta a través del arquitecto Daniel, personaje desde el cual se articula la vulnerabilidad afectiva de la historia. El actor sostiene con seguridad este rol protagónico y encuentra uno de sus mayores aciertos en la manera en que construye vínculos distintos con cada personaje. Su dinámica con Michel parte de la intimidad y la complicidad de una relación de siete años; con Lydia establece una cercanía marcada por el cariño, pero también por el desgaste emocional que provoca una madre invasiva; mientras que con el joven Eduardo desarrolla una conexión particularmente honesta durante la reunión entre amigos, permitiendo que el personaje revele aspectos más sensibles de sí mismo.
Por su parte, Pablo Perroni interpreta a Michel, un hombre de cuarenta y tantos años frustrado por escribir novelas románticas gay que considera llenas de clichés, aunque sean del gusto de los lectores. El actor construye al personaje principal desde la firmeza de sus convicciones y la dificultad para ceder ante ellas. Perroni evita convertirlo en una figura fría o distante y consigue que detrás de su terquedad exista siempre una profunda necesidad de amar y ser amado. Conforme la historia avanza, su interpretación adquiere mayor intensidad emocional y permite observar las consecuencias que ciertas posturas personales pueden tener cuando la realidad obliga a replantearlas.
En el caso de Juan Ríos, su Bernardo aporta ritmo y ligereza dentro de la dinámica grupal. El personaje se mueve desde el humor de alguien que evita comprometerse afectivamente mientras busca relaciones pasajeras con jovencitos. En todo momento, Ríos consigue mantenerse presente en escena gracias a una dicción clara y un manejo efectivo del espacio.
Por su parte, Rodrigo Oscós logra una participación sólida en una de sus primeras apariciones dentro del teatro comercial. Su interpretación evita lugares comunes y encuentra sus mejores momentos en la confrontación con Michel, donde ambos personajes defienden posturas opuestas sin perder humanidad.
Finalmente, Pilar Flores del Valle aporta uno de los cambios tonales más complejos de la puesta a través de Lydia (la madre de Daniel). La actriz entiende que el personaje necesita iniciar desde una dimensión más ligera y cómica para construir empatía con el espectador, antes de desplazarse hacia terrenos mucho más dolorosos y severos. Flores del Valle logra que Lydia jamás se perciba como una simple antagonista; por el contrario, se nota que comprende profundamente las razones emocionales desde las cuales actúa y defiende aquello que considera correcto.
En la dirección, Sebastián Sánchez Amunátegui enfrenta el melodrama del texto con una sobriedad que evita los excesos emocionales y permite que los momentos más conmovedores surjan desde personajes construidos con virtudes, contradicciones y debilidades profundamente humanas. La disposición escénica a dos frentes convierte al público en un habitante más de la casa diseñada por Daniel, un espacio elegante y funcional que poco a poco revela las grietas emocionales de quienes lo habitan.
La escenografía, de líneas limpias y con una profundidad visual sugerida a través de puertas y trayectorias que expanden imaginariamente la casa más allá de lo visible, encuentra uno de sus elementos más interesantes en el gran marco luminoso colocado sobre el muro principal, cuya ausencia de imagen remite constantemente a la sombra de un padre ausente y permite que cada espectador complete ese vacío desde su propia mirada. También resulta atractivo el uso de una extensa colección de vinilos y la manera en que los personajes interactúan con ella colocando discos en la tornamesa, aportando calidez y cotidianidad al espacio.
Musicalizada con las Variaciones Enigma (Nimrod) de Edward Elgar —tal como lo propone el propio texto de McKeever—, la puesta encuentra un tono emocional que dialoga acertadamente con la música. Tanto la escenografía como la iluminación llevan también la firma del director, quien demuestra nuevamente una capacidad efectiva para integrar distintas áreas escénicas dentro de una misma visión estética. El resultado conecta indiscutiblemente con la audiencia: basta observar cómo, al finalizar la función, el aplauso se prolonga durante más de un minuto con buena parte del público de pie.
Parte de la fuerza de El esposo de Daniel reside precisamente en la sorpresa, en descubrir junto a sus personajes cómo reaccionan frente a los acontecimientos que transforman sus vidas. Evitar los spoilers resulta indispensable para permitir que el espectador transite ese mismo recorrido emocional. Más que ofrecer respuestas, la obra abre preguntas sobre el amor, el compromiso y la familia, logrando que la conversación continúe incluso después de abandonar el teatro.
Para más información de El esposo de Daniel, da clic aquí.
Fotos: Cartelera de Teatro















Hola, compré un boleto para Matida hoy, no me ha llegado a mi correo
Hola, Carlos! Gracias por contactarnos, cualquier duda o comentario sobre la venta de boletos, te puedes comunicar a través del botón de ayuda que aparece en la sección de descuentos, vía correo a al x. o llama al número 55.4795.2387 de Martes a domingo, de 10 a 2 y de 3 a 7h, Saludos.