Por Mariana Mijares/ Un beso tiene el poder de alterar para siempre la dinámica de una relación; puede confirmar la atracción entre dos personas al descubrir que hay química, o transformar una amistad cuando un beso revela que también existe deseo. De esa premisa parte El Beso, obra que actualmente se presenta en el Teatro Milán.
Tras una exitosa temporada en Mar del Plata (donde fue consagrada como la obra más vista y recibió reconocimientos como Mejor Comedia) esta puesta aterriza en la Ciudad de México, bajo la dirección de Gonzalo Villanueva Irañeta.
El texto de Nelson Valente (dramaturgo responsable de obras como El Loco y la Camisa y Los Perros) se enfoca en la dinámica entre cuatro personajes: Jimena (Mariana Gajá) quien tiene una relación con Pablo (Pablo Perroni); y Mónica (Yuriria del Valle) que es pareja de Gonzalo (Mariano Aguirre).
De inicio, Pablo está sobreestimulado pues, tras un altercado con unos policías que querían llevarse su auto, decidió “poner límites”, no dejarse y golpear a los agentes. Como eran tres, lo dejaron bastante lastimado. Durante esta primera secuencia, Perroni destaca por un ritmo ágil y un carisma natural.
Desde una posición cómoda en el sillón, despeinada, con ropa suelta por su embarazo, y una actitud crítica, Jimena reprocha las acciones de Pablo y le recuerda que tuvo que pasar 48 horas en el hospital bajo observación. Él, sin embargo, parece satisfecho: aunque está todo golpeado, “su dignidad está intacta”. Esa conclusión lo lleva a compartir a sus amigos que dejará de ser obediente para empezar a rebelarse.
Su decisión se enlaza con un tema recurrente en Valente: la idea de “poner límites”. Cada personaje tolera conductas de los demás que sería más sano rechazar, aunque hacerlo implicara afectar la relación.
Luego, es precisamente un límite que se desafía lo que rompe el aparente equilibrio entre los amigos y provoca que los cuatro personajes revelen instintos cuidadosamente reprimidos.
En un salto temporal, sugerido por la escenografía de Mariano Aguirre (quien además de actor, también es arquitecto), pasamos a una sala con juguetes tirados, señal de que ha nacido el bebé de Jimena y Pablo. Sin embargo, también hay un cambio inesperado en la dinámica de las parejas.
Cuando los cuatro vuelven a reunirse, la energía sube y afloran —y se exageran— los defectos de carácter de cada uno. Esa exhibición de manías y excentricidades, y el alternar silencios incómodos con estallidos de diálogo rápido, es lo que mantiene encendida la comedia.
En la tercera escena, la reunión se convierte en excusa para desempolvar reproches. En particular, los defectos de Jimena son confrontados por Mónica, quien ha empezado a aprender a marcar límites. Este momento resulta de los más divertidos, pues Gajá y Del Valle despliegan a fondo su gran timming cómico.
A medida que cambian las amistades y las dinámicas entre las parejas, Valente refuerza que, sin importar con quién estén, estos adultos parecen condenados a repetir los mismos patrones. Tal vez la obra sugiera que el verdadero problema no está en la pareja que elegimos, sino en los conflictos internos que cargamos y proyectamos en cada relación.
Estas conductas hacen que la tensión se acumule hasta desembocar, como en toda buena comedia, en un estallido final donde las personalidades chocan al límite, y todo concluye en un cierre en el que nada es como al inicio.
El Beso retrata así no solo situaciones contemporáneas de la vida conyugal que provocan carcajadas, sino que también recuerda que, por más inocentes que parezcan, los besos tienen el poder de cambiarlo todo.
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Fotos: Cartelera de Teatro


















