Por Luis Santillán/ La madre propone cambiar el color de las paredes; el padre, en desacuerdo, se mofa de lo innecesario de la acción, argumenta resaltando las ventajas que tienen al residir donde lo hacen. Discusiones que marcan la cotidianidad, misma que se rompe cuando el hijo aparece para anunciar que se va; la ruptura no es por el aviso sino por la maleta y traje que pretende llevarse. La maleta, que es de la madre, es el motor para ver seres incomprensibles en un primer momento, pero que, poco a poco, revelan la desproporción del mundo que habitan.
El adiós es un texto de Mireille Bailly que se estructura desde la farsa para criticar de manera sarcástica la Europa de este milenio, se aleja de la lógica causal para detonar situaciones a partir de elementos que son la síntesis de deseos y frustraciones, renuncia al desarrollo para aprovechar la reiteración, cada una con matices donde las reacciones emotivas exponen las carencias de los personajes, solo que, como responden a alegorías sociales, no hay evolución. La sensación de estancamiento es necesaria para hacer énfasis en aquello que la dramaturga critica con humor negro.
Boris Schoemann hizo, en un primer momento, la traducción del texto belga, lo que encontró en él le motivó para estrenar la obra en México. Schoemann tiene experiencia en textos que no responden al modelo aristotélico, que exigen poner los acentos en el trabajo actoral para la construcción de personajes porque son más relevantes las interacciones, las cargas emotivas.
Alejandro Calva suele ser un actor explosivo, desmedido, esos factores los utiliza Schoemann para que Calva construya un personaje que contrasta por sus reacciones, pero que enmarcan la dimensión de la propuesta. La desproporción es necesaria, y Schoemann sabe donde colocarla, como en los gestos, en el volumen, en la carga emotiva. Calva crea un personaje que sufre una transformación, no por un estado de gracia, sino porque reacciona a los otros personajes, esos aspectos realzan su trabajo.
Esther Orozco, en el personaje de la madre, contrapuntea a Calva, su fuerza está en el silencio, en todo aquello que crea a partir de las cargas emotivas que comparte por medio del trabajo corporal, del gestual, crea un personaje que responde con vehemencia al control de la maleta, sin embargo, matiza para las situaciones empáticas con el hijo. Si Calva marca la dimensión, ella hace lo mismo con la ruptura de cotidianidad.
El diseño de vestuario de Estela Fagoaga y el diseño de escenografía de Anna Adrià Reventós suman mucho en la propuesta, cada una, desde su ámbito, logran que el universo visual se sostenga con relativa naturalidad, misma que es necesaria para que las reacciones de los personajes sean lo que desencaja. Lo relevante de su propuesta es la discreción que tienen en la escena, pero que subraya ya sea las alegorías, ya sea lo disfuncional, lo no terminado.
El adiós es una propuesta que funciona muy bien con los elementos de humor, tiene signos que pueden caer en la libre interpretación, pero que en la suma pasan a segundo plano, el público puede extraviarse mientras ve el desenfreno de las conductas sociales y quedar desconcertado al final, y aun así salir satisfecho con lo que acaba de apreciar.
La propuesta tiene elementos de calidad tanto en la escena como en los creadores y su contenido sirve mucho para reflexionar sobre la forma en que el mundo se abre camino cuando los hijos no van en la misma dirección que los padres, o cuando una sociedad se deteriora rápidamente, y a pesar de ello se aferra y reproduce sus propios rituales y jerarquías.
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Fotos: Pili Pala


















