Por Luis Santillán/ La cotidianidad de Manuel se ve interrumpida un día en el que conoce a Lucía, quien recientemente se ha cambiado de casa; establecen una amistad cuyo enlace es la mascota de Lucía. Sin embargo, los problemas de Manuel surgen cuando su madre se entera del nombre que tiene el perro de su nueva amiga, la reacción es de tal magnitud que le prohíbe seguir viendo a “esa” niña.
Dios es un bicho es un texto de Enrique Olmos de Ita. Es loable el tratamiento del texto hacia temas que fácilmente pueden incendiar discusiones, más cuando centra en sus personajes el dilema que implica asignar una religión a los menores sin, la mayoría de las veces, consultarles.
Emplea el personaje de Lucía para plantear un punto de vista fresco respecto a la visión monoteísta, la ligereza con la cual ve el problema en que está Manuel sirve para mostrar al público la tesis de la obra. Paradójicamente, podría servir para acentuar que la fe tiene la libertad de depositarse en elementos concretos, cercanos y relevantes, no porque la niña lo haga, sino porque indirectamente se cumple la consigna de que la entidad divina está en todo ser.
El personaje de Manuel funciona para mostrar el pensamiento canónico que reserva lo sagrado a lo abstracto, que censura la mirada, a veces ingenua, del otro. La confrontación de posturas no está en la relación entre Lucía y Manuel, sino en los discursos de los adultos que forman sus núcleos familiares.
Carlos Bocanegra diseña las máscaras y los títeres. Es interesante tratar de imaginar qué propuesta respalda al diseño de las máscaras, quizá hay elementos que no se alcanzan a leer para entender su diseño. El títere es un gran acierto, logra que el protagonismo de la mascota esté ante la vista, la forma y color ayudan a crear un enlace directo, logra que sea expresivo, amigable, permite que el público proyecte en él a la mascota ideal. Quien manipula al títere es Leonardo Rangel, lo hace bien, consigue que haya vida en el objeto, una vida que provoca empatía.
Itzel Lombraña comparte el papel de Lucía con Aideé Cervantes, la función vista fue con Lombraña. Su desempeño es óptimo, la liviandad que le da al personaje incrementa lo incomprensible de la reacción de la mamá de Manuel; cuando se vale de estrategias para que su padre “coopere” para agradarle a la mamá de su amigo se ven herramientas actorales dominadas.
El personaje de Manuel lo alternan Raúl García y Eber Rangel. La función vista fue con García. El personaje debe tener dos tiempos, uno donde es mayor, otro donde es niño, sin embargo, no ocurre, ambos bloques de la obra se representan igual, sin una variación corporal o de tono vocal, esta aparente nimiedad afecta la apreciación de su trabajo actoral.
Eber Rangel es quien dirige la obra, da la impresión de que la propuesta se diluye. Es evidente que la mirada es desde los infantes: la desproporción de los adultos, las proporciones de lo habitable, el color del perro, solo los niños tienen una escala de la misma medida de quien los ve (el público). El texto de Olmos es expositivo, es como si solo hubiera planteamiento, las consecuencias de las acciones no afectan a los personajes, o por lo menos la dirección no lo hace visible.
Dios es un bicho es una propuesta que pone en escena un tema de gran interés, ahora que se impulsa la elección por parte de las infancias en varios ámbitos, poco o nada se ha hecho respecto a la elección religiosa y esta obra abona para bien en ese ámbito.
Dios es un bicho, bajo la dirección de Rangel, ofrece una vista al teatro regiomontano, con un autor sólido en la creación de textos dirigidos a las jóvenes audiencias, una propuesta que trabaja muy bien la integración de títere y actores.
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Fotos: Luis Quiroz










