Por Mariana Mijares/ Durante el estreno de Dentro del bosque, uno de los padrinos: Xevi Aranda, le comentó al director Miguel Septién que se imaginaba que él haría una versión de Into the Woods, sin bosque… y justamente eso hizo. Esta observación resume bien el enfoque del montaje que se presenta en el Teatro Milán: una propuesta fresca, amena y distinta.

Fiel a su estilo, visto en montajes como Urinetown, Sweeney Todd y, más recientemente: ZM, Septién ofrece aquí una visión en la que el bosque de Sondheim no se representa de manera literal. En su lugar, la escenografía diseñada por Félix Arroyo recurre a otros elementos: vigas de madera que sugieren la forma de una cabaña y un único panel con árboles pintados que evoca este entorno sin necesidad de replicarlo.

La atmósfera se establece desde antes de la tercera llamada. Con las luces aún encendidas, los personajes comienzan a llegar al escenario, se observan con curiosidad -como si intentaran reconocerse entre ellos-, para luego dar paso al número inicial: “Dentro del bosque”, obertura que marca el inicio de este viaje coral que incluye a más de una decena de personajes.

Y es que una de las características más distintivas de Into the Woods (obra escrita por Stephen Sondheim con libreto de James Lapine y estrenada en Broadway en 1987), es su manera ingeniosa de entrelazar personajes de distintos cuentos (sobre todo de los hermanos Grimm) en una sola narrativa. Además de las historias de Cenicienta y Rapunzel, se presentan también personajes de Jack y los frijoles mágicos y Caperucita Roja.

El punto de conexión entre todos estos relatos es una pareja de panaderos (interpretados por Eduardo Siqueiros y Jimena Parés); quienes no puede tener hijos debido a una maldición lanzada por una Bruja (Flor Benítez). Para romper el hechizo, la pareja debe reunir -en tres días- cinco objetos mágicos: una vaca blanca como la leche, una capa roja como la sangre, un zapato puro como el oro y cabello amarillo como el maíz. Como se puede anticipar, los distintos personajes de los cuentos son quienes poseen estos objetos.

Una de las primeras historias que toma protagonismo es la de Cenicienta, interpretada por Luisa Cortés, una de las voces más sólidas del elenco y quien brilla en varios momentos de la obra; particularmente en “En sus reales peldaños”, un extraordinario monólogo cantado.

Aquí ella tiene dos hermanastras que son interpretadas con enorme gracia por Andrés Elvira y José Grillet; lo que añade un giro divertido e irreverente a los tradicionales -y crueles personajes- del cuento.

De manera igualmente acertada, estos actores también dan vida a los príncipes de Cenicienta (Elvira) y Rapunzel (Grillet), figuras deliberadamente caricaturescas: exagerados, vanidosos y tremendamente graciosos de manera involuntaria, rompiendo con la imagen del príncipe/galán tradicional y desatando risas continuas del público; especialmente en su número cumbre: “Agonía” (también uno de los mejores del montaje).

Su versatilidad no termina ahí: ellos también encarnan al Lobo de Caperucita (personaje que, al igual que los príncipes, están movidos por el deseo) e incluso a unos pájaros con los que interactúa Cenicienta. En todos los casos, los actores logran una identidad clara y un tono distinto, evidenciando su habilidad para la comedia física y vocal.
Los personajes continúan interactuando entre ellos y con el Narrador (Alberto Lomnitz) y cada uno tiene sus propios momentos de lucimiento. Por ejemplo, María Perroni, que da vida a Caperucita, se luce en “Hoy sé más que ayer” y tanto Benítez como Prudence, quien da vida a Rapunzel, se ganan el aplauso en “Quédate”; la poderosa súplica de la Bruja a Rapunzel para que no la abandone, revelando un amor posesivo.

Después de un primer acto muy dinámico, y lleno de humor que culmina con “Para siempre”, una gran pieza coral, el ritmo decae en el segundo acto; sin embargo, esto no es por el trabajo de esta compañía —que mantiene la misma entrega actoral y vocal—, sino por las decisiones del texto original, que extiende la historia más allá de lo necesario.

En esta parte, la obra profundiza en temas como la responsabilidad individual, la pérdida, y la necesidad de reconstruirse como comunidad ante la adversidad. De ahí que incluso se ha interpretado el segundo acto como una alegoría sobre crisis como la del VIH/sida, que en los años ochenta marcó fuertemente a Broadway.

La obra gira así hacia tonos más oscuros: aparece una gigante en busca de venganza y varios personajes mueren. La muerte y el duelo serán siempre difíciles de procesar, por lo que sin duda Dentro del bosque desmonta la noción del “final feliz” tan tradicional en los cuentos de hadas.

La acción continúa diluyéndose entre subtramas que no siempre conservan la fuerza del inicio; sin embargo, el elenco dirigido por Septién logra mantener el interés gracias a momentos musicales clave como “Momentos en el bosque”; donde tras su breve encuentro con el Príncipe, la esposa del Panadero se cuestiona los límites del deseo y la fugacidad de la felicidad. O en “La última noche”, el momento más poderoso de la Bruja, cargado de fuerza y desesperación, y donde Benítez encarna con intensidad el colapso del mundo de este cuento de hadas.

Con momentos como estos, queda claro que uno de los trabajos más complejos de Sondheim encuentra en la mirada de Septién una versión propositiva, pues el director sabe dar espacio al lucimiento individual sin perder de vista la fuerza del conjunto, justo como lo exige esta obra coral. Aquí el bosque aquí se vuelve metáfora, y el cuento, una experiencia contemporánea, y divertida. Porque si algo confirma este montaje es que el universo de Sondheim sigue siendo lo suficientemente vasto como para generar nuevas lecturas.

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Fotos: Cortesía Producción