Por Alegría Martínez/ Una empleada de oficina con la autoestima en el subsuelo, una abuela audaz e ingenua en busca de cumplir un deseo y una diabla agraviada por un arrasador pacto patriarcal y la mala ortografía, son los personajes de los Cuentos Antinavideños 2025: De ponche, azufre y caipiriñas, que continúan la tradición de este ciclo escénico, iniciada hace más de 30 años en La capilla; espacio abierto al público en busca de refugio y humor negro durante los arrasadores y nostálgicos días decembrinos.

Mariana, una mujer, ataviada con blusa roja y calcetines del mismo color, con corazoncitos blancos y pantalón gris, empleada que usa lentes con un mini Santa Claus sobre una flor de Nochebuena en cada ojo y aretes de árbol navideño y caramelo de bastón, bebe ponche alegremente en una posada de oficina.

Su desdicha parte de esa invisibilidad cotidiana que la arrincona cada vez más al interior de un grupo de personas reunidas en torno a un sueldo y un horario laboral, hasta que llegan las posadas. La celebración detona el secreto deseo de Mariana por dejar de ser inexistente, hasta que el vaivén de la música, la relajación que proporciona el ponche con piquete, una canción navideña y la aparición de una colega de oficina, dan un vuelco a sus planes.

La experiencia escénica de Nohemí Espinosa, que en el papel de Mariana, confiesa sus esperanzas, su dolor y sus planes para abandonar su estado marginal permanente, hace que el público imagine claramente a la “causante” de su desdicha y abrace a su personaje en su intento tragicómico por emanciparse, al tiempo en que derrama, accidentalmente, breves chorros de bebida endulzada con fruta y una buena dosis de piquete.

La joven dramaturga y directora Valeria Fabri, dirige con buen equilibrio, entre la crítica, el humor y la ternura, a la actriz y también directora, Nohemí Espinosa -de quien disfrutamos recientemente su montaje de La danza que sueña la tortuga, de Emilio Carballido- en el doloroso y divertido cuento titulado Los fantasmas de las posadas pasadas, escrito por José Antonio Martínez Mariñelarena.

Vovó, (abuelo), es el título del cuento escrito por Daniela Mosca Steinhauer, que -bajo la dirección David Barrera Bautista, protagoniza la actriz Esther Orozco -cuyo excelente trabajo actoral pudimos apreciar recientemente en El adiós, que dirigió Boris Shoemman.

En esta oportunidad, Esther Orozco conduce al público hasta donde viaja su personaje, una abuela que cada año acude con su hijo, su nieta y su nuera, a las bellas playas cariocas donde disfruta de unas agradables vacaciones decembrinas.

Esta breve obra de Mosca Steinhauer, acerca al espectador a las emociones de una mujer de la tercerea edad, a quien una frase de su nuera le despierta la emoción por una Navidad distinta, le siembra inquietud ante preguntas sobre su belleza, sus verdaderos deseos y el lugar donde le gustaría estar realmente.

Más allá de constituir esa especie de “bulto humano” que forma parte de un plan familiar anual, sin tomar en cuenta la opinión de este personaje, sólidamente construido por Orozco, la vuelta de tuerca de esta historia, incluye un truhán, unos cuantos vasos de caipiriña y una ingenuidad instalada en la chispa que enciende la ilusión de ser una mujer plena, además de una abuela.

Esther Orozco, desde esa mirada que proyecta el mar, transmite el sabor dulce de la caipiriña y hace un guiño ante la posibilidad de nuevas vivencias, comparte con el espectador ese sorbo de felicidad, que más tarde deja un sabor amargo.

Calzada con puntiagudas botas vaqueras color rojo, que dejan ver tatuajes de flores y alguna araña en torno a su rodilla, la falda tableada de Satán se asoma bajo un saco negro sobre el que, a la altura de los hombros, cae su cabello azabache al enmarcar un rostro sonriente que ya cerca del fleco, ostenta unos pequeños cuernitos rojos, sobre su cabeza.

Karla Morales personifica al personaje de Satán, en franca competencia con “el bonachón de traje rojo y barba blanca”, coludido con la refresquera que se adueñó de la imagen navideña, entre otras “franquicias”.

El público, al que esta Luzbel mexicana se dirige como si estuviera ante un grupo de reporteros en rueda de prensa, ríe ante el reclamo de la conferenciante por el daño que le ha hecho la propagación de “noticias falsas, corruptelas y escándalos” que le restan ganancias a esta Reina del mal.

La simpatía comercial que derrama la imagen de Santa Claus, envidiada por Satán en su versión femenina, así como la crítica a las decisiones patriarcales, al consumo, el mercantilismo y la fructífera venta de estupefacientes, que han hecho a nivel global un negocio redondo, forman parte de Elegía del rojo perdido.

Entre las quejas de este personaje que ordena, señala y admite uno que otro “error”, se yergue la “aguda” observación de un cambio de acento en su nombre, escrito por las y los niños que solicitan vía carta, el cumplimiento de sus deseos navideños.

Elegía del rojo perdido es el título del texto escrito por Zoé Méndez Ortiz, a cargo de la actriz Karla Morales, con dirección de Mario A. Monroy, que cierra el círculo de la escenificación de tres sucesos tragicómicos en torno al ser humano y sus deseos al vuelo, con miras a la cristalización de ilusiones decembrinas.

Los Cuentos Antinavideños 2025: De ponche, azufre y caipiriñas -que cuentan con la Coordinación general de Boris Shoemman y la asistencia de dirección de David Barrera- ubican a tres personajes totalmente humanos, que en la aridez de su vida cotidiana, se hacen acompañar gozosamente por un público necesitado de compartir el teatro y la certeza de que los festejos decembrinos descubren secretos que permanecen dormidos hasta que una tonada y una bebida navideña los sacuden.

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