Llegó TINA: The Tina Turner Musical a la Ciudad de México, y quienes presenciamos la primera función, nos llevamos la gran sorpresa de estar en una suerte de ritual colectivo, tres horas de memoria, ritmo y resistencia que nos recordaron que hay historias que se cantan porque, de otro modo, dolerían demasiado.

Desde que se abre el telón, el musical deja claro que esta no es sólo la historia de una estrella, sino la de Anna Mae Bullock, una niña criada entre campos de algodón en Nutbush, Tennessee, marcada por la violencia doméstica, el abandono y la ausencia temprana del amor. Ese origen oscuro no se maquilla: se expone. Y acompaña toda la función como un eco que nunca desaparece del todo.

La primera gran sacudida llega con la aparición de la niña que interpreta a Tina en su infancia. Su voz, poderosa y limpia, eriza la piel desde las primeras notas y confirma que, incluso en medio del dolor, algo extraordinario estaba destinado a surgir.

Luego aparece Ike Turner. El encuentro que lo cambia todo. El musical nombra sin rodeos la relación abusiva, el aprovechamiento de su talento, la violencia sostenida durante años, desde que ella era menor de edad. Hoy lo llamaríamos grooming. Las escenas de violencia estallan en el primer acto con una crudeza que nos deja paralizados. Es un tramo doloroso y difícil de transitar, y es precisamente esa falta de filtro lo que le da sentido: nos obliga a mirar el abuso de frente, despojado de cualquier rastro de romanticismo.

Durante años, Tina vivió a la sombra de Ike y de una industria racista, machista y cerrada. Pero a los 40 años —cuando el sistema suele expulsar a las mujeres— decide irse. Sin dinero, sin certezas, con un nombre que todavía no le pertenecía del todo. Ahí comienza el verdadero giro.

Londres, los sintetizadores, la tecnología, la resistencia inicial a What’s Love Got to Do with It?, el regreso a Estados Unidos y el renacer de una artista que se convirtió en fuerza de la naturaleza. Todo eso avanza con ritmo preciso, sostenido por una banda en vivo y un ensamble que hace imposible quedarse quieto en la butaca.

En escena, la actriz Darilyn Burtley encarnó a Tina con una energía arrolladora. Su voz, su resistencia física y su presencia escénica sostienen uno de los papeles más demandantes del teatro musical contemporáneo. El vestuario de Mark Thompson y las pelucas refuerzan el paso del tiempo, las múltiples identidades públicas y el crecimiento personal de la artista.

Aunque el espectáculo está lleno de éxitos —Private Dancer, I Can’t Stand the Rain, What’s Love Got to Do with It?, The Best—, la emoción no siempre es cómoda. Saber lo que Tina vivió detrás del escenario cambia la forma de escuchar sus canciones, pero también las vuelve más potentes.

El final es una celebración catártica. El público de pie. Cuerpos bailando. Voces cantando. Amor y gratitud para una mujer que, pese a todo, nunca dejó de darlo todo en el escenario.

Para quienes crecieron con su música y para quienes la descubrirán por primera vez, TINA es una invitación a escuchar con otros oídos, a bailar sin olvidar y a recordar que no necesitamos otro héroe perfecto, sino historias reales. Porque incluso cuando no podemos soportar la lluvia, siempre hay una canción que nos enseña a seguir.

TINA. TINA. The Tina Turner Musical estará en temporada hasta el 21 de diciembre en el CCT1, consulta más información, aquí.

Por Itaí Cruz, Fotos: Julieta Cervantes