Por Kerim Martínez/ Hablar hoy de las líneas de ayuda para la comunidad LGBTQ+ implica recuperar un espacio vital de escucha y acompañamiento para quienes han enfrentado soledad, violencia y silencio. En especial, es necesario recordar el impacto que la crisis del VIH tuvo en los años ochenta, cuando la comunidad gay fue estigmatizada y obligada a construir sus propias redes de apoyo frente al miedo y el rechazo. En medio de esa memoria de resistencia surge una obra que aborda estos temas con sensibilidad y lucidez: Cruise, de Jack Holden.

En la cultura gay, “cruise” alude a la búsqueda discreta o espontánea de encuentros sexuales en bares, calles o espacios específicos. Más que una práctica, ha representado una forma de libertad y conexión en tiempos donde la homosexualidad era perseguida, cargando tanto deseo como riesgo.

Cruise narra la historia de un hombre gay que, tras recibir un diagnóstico de VIH en los años ochenta, decide vivir lo que cree que será su último año de vida con una intensidad desbordada. Décadas después, su testimonio llega a un joven voluntario de una línea de ayuda, detonando un recorrido que reconstruye una época marcada por el miedo y la urgencia de aferrarse a la vida, todo ello contado a través de un monólogo.

La obra, que estuvo nominada en 2022 al Premio Olivier como Mejor Obra de Estreno, llega ahora a México bajo la dirección de Alonso Íñiguez en una producción de SG Producciones y Óscar Uriel, quienes apuestan por acercar al público una pieza profundamente humana y políticamente necesaria.

Esta versión de Cruise, mi última noche en la tierra es interpretada por Alejandro Speitzer, para quien este montaje representa su primer monólogo teatral. Tras una trayectoria que inició en la infancia dentro de las telenovelas y que ha evolucionado hacia una presencia sólida en teatro, cine y televisión, Speitzer se enfrenta aquí al desafío de construir un universo complejo a través de su interpretación, confirmando su capacidad actoral y su interés por proyectos que exigen rigor y compromiso.

La interpretación de Alejandro Speitzer es, sin duda, el motor emocional y narrativo del montaje. A lo largo del monólogo demuestra una notable habilidad para construir una amplia galería de personajes, cada uno definido por un modo particular de hablar, por gestos precisos y por un trabajo corporal extraordinario y seductor que captura la atención del público desde el primer momento. Su energía está cuidadosamente dosificada, permitiendo que la audiencia transite con él casi dos horas de función sin perder el ritmo ni el vínculo afectivo con la historia.

Lo más admirable es que, aun cuando la trama toca momentos trágicos y profundamente dolorosos, Speitzer evita caer en una emoción fácil o vulgar: se permite la vulnerabilidad, sí, pero siempre con la convicción de que la dignidad del relato es lo primordial. Es esa contención inteligente la que abre espacio para que sea el público quien se conmueva, sosteniendo la potencia humana del testimonio que la obra rescata.

El minucioso trabajo de Alejandro Speitzer se percibe también como resultado de una colaboración estrecha con Alonso Íñiguez, un director que recientemente ha demostrado una particular sensibilidad para el formato unipersonal.

Tras dirigir Ahoradespués de Guido Zappacosta con Jesús Zavala y Juicio a una zorra de Miguel del Arco con Itatí Cantoral, Íñiguez ha perfeccionado una mirada que combate la idea preconcebida de que un monólogo carece de acción o puede volverse mero relato.

En sus manos, la palabra adquiere dinamismo, pulso y urgencia: logra que sus actores dialoguen con el texto de forma apasionada, construyendo escenas que se sienten vivas, necesarias y profundamente teatrales. Con Cruise, Íñiguez parece alcanzar una suerte de punto culminante en esta línea de trabajo, entregando su montaje más depurado y vibrante hasta ahora.

La escenografía diseñada por Javier Ángeles, enriquecida por la iluminación de Matías Gorlero, convierte el escenario de Cruise en un territorio hipnótico donde lo industrial se vuelve poético. Estructuras metálicas, espejos circulares y líneas de LED dibujan un espacio que evoca, más que a un club underground, un ambiente nocturno de energía cruda y libertad, donde la sensación de transitar por calles urbanas siempre en transformación se filtra en cada rincón. Al centro, una tarima cuadrada que en ciertos momentos se eleva y dialoga con la luz crea composiciones visuales que laten al ritmo del DJ Miguel Urueta, quien hábilmente estimula y provoca al actor.

Todo se mueve, respira y parpadea con el beat: los contraluces son de una belleza espectacular y los destellos convierten cada transición en un viaje sensorial. Nada es ornamental; cada objeto y cada dispositivo escénico es aprovechado por Alonso Íñiguez, quien los integra con precisión al trabajo actoral de Alejandro Speitzer, convirtiendo el espacio en un aliado dramático que permite que la narrativa fluya, se intensifique y abrace al público con la misma fuerza que la historia.

El vestuario diseñado por Atzin Hernández envuelve a Speitzer en una estética urbana y evocadora del under londinense de los años 80. Con pantalones de mezclilla, camiseta sin mangas y chamarra de cuero, el cuerpo del intérprete se convierte en un vehículo narrativo: flexible, magnético, siempre en movimiento. Es un vestuario que no busca disfrazar, sino subrayar el pulso sensual y eléctrico que define a la obra.

En un momento en que la cartelera teatral suele debatirse entre propuestas íntimas y espectáculos de gran formato, Cruise, mi última noche en la tierra demuestra que un monólogo puede —y debe— ser ambas cosas a la vez: una experiencia profundamente humana y, al mismo tiempo, un acontecimiento visual y sonoro de primer nivel. El público entra a la sala para vivir un viaje que conduce al trance, uno que justifica plenamente el precio elevado del boleto, donde cada luz, cada sonido y cada giro actoral se conjugan para ofrecer algo más que una función: una vivencia integral.

Tener una obra con un mensaje tan necesario —sobre memoria, comunidad, resistencia y sobrevivencia— no excluye la promesa de un espectáculo contundente; por el contrario, la potencia. Y es justo la reunión de este equipo de creativos, lo que permite que todo cuaje con una precisión casi milagrosa, recordándonos que el teatro puede ser arte, catarsis y celebración en un mismo latido.

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Fotos: Cartelera de Teatro