Por Alegría Martínez/ El escenario de Teatro Bar El Vicio se viste de rosa. Sobre muslos femeninos destacan encajes y ligueros que dejan libres los broches sobre las medias. Corsé, olanes, batas y bloomers, cubren el cuerpo de cuatro actrices, que cantan con soltura y buena voz a esa malquerencia, que por lo general exhalan los varones con gritos y alcohol, pero que en esta oportunidad deriva en un espectáculo de cabaret que da rienda suelta a la risa, la música y el juego en que se han transformado viejas heridas de amor.

Gestos, revanchas, acciones, frases, recuerdos del enredijo emocional que una mujer despechada necesita liberar para diluir rabia y sufrimiento, se entrelazan en escenas y canciones. La música sustenta los diálogos, mediante el sonido del piano, el bajo, el sax, la batería y la guitarra, que se integran tersa y significativamente al juego de seducción del elenco, que el público celebra.

Verónica Langer, Azalia Ortizque alterna funciones con Cecilia ToussaintLaura de Ita y Nikhol Dahuach, se transforman en una especie de sensual coro femenino, que se apoya en escena y abre paso, con ánimo festivo a distintos personajes, cuando cada una de ellas se transforma y echa a un lado su lencería, para compartir la desventura con espectadores ávidos de pasar un buen rato.

Un telón de fondo rosa, un biombo con lámpara, un diván color hueso, una base metálica para acetatos con éxitos de antaño en su funda de cartón, una mesa esquinera y una pequeña palma en macetero rosado, sobre alfombra del mismo tono, forman parte de la producción que viste el escenario y ubica en contexto a los personajes, los arropa, y dispone al espectador a la percepción del contraste entre lo que sucederá en escena y el entorno sugerentemente ataviado.

El sketch sobre una gran pérdida, o mudanza amorosa, a cargo de la actriz argentina Nikhol Dahuach, que narra sus angustias y su rabia, aderezadas de nostalgia y humor, engancha gozosamente al público en la historia de dos seres que han sostenido una relación largo tiempo, hasta que hay un cambio de suerte y el público descubre quién era el otro.

Los lastres de la fama y la política, que enredaron a la legendaria Marilyn Monroe, se aligeran en manos de Azalia Ortiz, que presta su voz y talento a la idolatrada rubia champaña, a quien le otorga una festiva picardía, que genera complicidad con su rival, Jaquie Kennedy, personaje interpretado por Laura de Ita -con chaqueta ensangrentada y teléfono sobre su cabeza a manera de tocado- que zigzaguea grácilmente, entre el asombro, la resistencia ante su tragedia y la sororidad.

Verónica Langer participa en distintas escenas, también enfundada en corsé color rosa y posteriormente en vestido de noche y más tarde con blanco atuendo, cuando se vuelve por momentos una solitaria y sosegada Clitemnestra, como antes lo hace Laura de Ita, que asimila estoicamente, bajo la túnica blanca de su personaje, la atrocidad que lo persigue y su manera de afrontar el destino.

En serio y en broma, las mujeres de Con el diablo en el cuerpo, obra de Belén Pistone -actual directora del Teatro Municipal Comedia, de Córdoba- seducen con su despecho, cantan, se mueven y se acercan francas a un público dispuesto a pasarla bien, a degustar un bocado y beber algún trago, presto a subir a escena cuando se le invite, a responder con una sonrisa lo que se le pregunte, a disfrutar de buena música y a pintar de rosa el despecho.

A diferencia de otros espectáculos nocturnos, Con el diablo en el cuerpo irrumpe con gracia en este espacio, vestido el escenario para la ocasión, mediante una estética en la que desde la escenografía, la utilería y el mobiliario, hasta el vestuario, lanza guiños de cliché erótico, vinculados a la sensualidad femenina, que dispone al público a participar con alguna frase espontánea, en lo que sobre esa rosada alfombra ocurre.

La dramaturgia, se inserta en la ironía que observa al despecho femenino de cerca y con sentido del humor y le otorga así un ángulo distinto a esa liberación adolorida, que parecía tener autorización únicamente masculina, a partir de un sedimento que solo puede ser femenino, con lo que abre sutil y alegremente el debate.

El elenco, conformado por experimentadas actrices de teatro, cine y televisión, crea personajes que coquetean con el estereotipo, juegan con los extremos y la languidez, entre números y canciones que transitan épocas y personajes memorables.

Mariana Gajá, actriz que en este caso dirige el montaje, incorpora tersamente la música en vivo, a cargo de Dano Coutiño, Antonia Suillerot y Yonathan Salazar, las voces y la actuación del elenco.

La dirección de Gajá, permite que la dramaturgia de Pistone, habituada a trabajar a partir de testimonios, suelte con gracia el grito de libertad de los personajes, su reflexión y su crítica sobre el residuo que dejan los deseos incumplidos y la densidad de los dictámenes prefabricados y aceptados sin remilgos, frente a personajes que amplían la dimensión de la mujer transformada en símbolo sexual, a través de una mirada distinta que retoma a una Monroe juguetona, a una refinada Onasis que emerge comprensiva ante sus inmensas pérdidas, y a una Clitemnestra implacable y resistente en diálogo consigo y sus escuchas.

Con el diablo en el cuerpo, es una producción de La ventana sin fin, en asociación con Laberinto Teatro, producción general de Nikhol Dahuach, Pedro de Tavira y Anabel Caballero; adaptación y asesoría en cabaret de Ariesna González; coreografía y movimiento de Thalía Loaria; maquillaje y caracterización de Amanda Schmelz; vestuario de Valentina Muñoz; espacio escénico de Airam Nanti; iluminación de Ana Luisa Gama; arreglos y dirección musical de Dano Coutiño, e ingeniería en sonido de Diego Varela.

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Fotos: Cortesía Producción