Por Alegría Martínez/ La imagen de dos mujeres en la obra del pintor Edward Hooper y la pregunta: ¿Qué quieres ser de grande? dirigida a una niña al interior de un restaurante, detonan en la chica la conciencia del peso que su madre ha depositado en ella, adornado de conservadoras expectativas.

La obra de Carlos Alfonso Nava Sánchez, Coanda o diatriba de cuatro mujeres singulares, traslada a la escena esa acariciada ilusión de contar con una especie de doble: esa ansiada otra yo, que pueda cumplir con precisión lo que en este caso la madre, espera de su hija.

El texto del ganador del Premio Bellas Artes Baja California de Dramaturgia Luisa Josefina Hernández 2023, ubica a cuatro mujeres contemporáneas sobre la escena: dos Olgas, la sometida, que vive un vida conforme a lo que de ella se espera, feliz en apariencia; la emancipada-oprimida, que ha debido ocultar su preferencia sexual y su modo de vida a la mirada materna; su pareja femenina, y un personaje de más edad, que aparece cuando es necesario para señalar, como por arte de magia, el camino que podría tomar la Olga que lucha por su autonomía.

El efecto Coanda, entendido como un proceso dinámico, en el que el movimiento de un fluido líquido o gaseoso se adhiere a una superficie curva y sigue así su propia trayectoria, en vez de continuar por la vía original de su ruta, es parte de la metáfora elegida por el dramaturgo para poner en evidencia, desde una mirada joven y con sentido el humor, la imposibilidad de que cada persona ejerza su libre albedrío.

El también ganador del Premio Nacional de Dramaturgia Emilio Carballido 2022, por su obra Cada soñador se duerme con sus zapatos de baile, le otorga en su texto Coanda, la autonomía necesaria a sus personajes, mediante la que cada una actúa a partir de sus inseguridades, su búsqueda de felicidad y sus características, a excepción de la mujer con la facultad de indicar el momento y el lugar en que se puede hallar a la otra yo.

Como si el espectador pudiera entrar a la casa de la Olga original -que lleva 15 años lejos de la dictadura matriarcal- éste se vuelve testigo de los distintos momentos que viven los personajes entre diálogos que van del pasado al presente, en el que se encuentran las cuatro mujeres.

Coanda, plantea los conflictos, entre Olga y su pareja, permeados por la aceptada inestabilidad amorosa de ambas, integra la aparición humana salvadora y la presencia de la Olga suplente, cuya reacción le da un atractivo giro a la historia.

Bajo la dinámica dirección de Angélica Rogel, que apoya la trayectoria y las transiciones de los personajes a partir de los distintos acontecimientos en el vaivén del tiempo, la puesta en escena de Coanda tiene lugar sobre un piso amarillo en círculo al centro del escenario, donde hay dos bancas alargadas al fondo, una escalera metálica movible que permite ascender a la parte superior del espacio y tres lámparas tubulares de luz blanca que delimitan laterales y segundo piso, donde los personajes se encuentran.

Distintas piezas musicales que irrumpen en alto sonido y se diluyen pronto, se escuchan durante el transcurso del diálogo a cuatro voces, que aunque bien estructurado, podría prescindir de algunos pasajes que redundan en lo planteado a lo largo de dos horas.

Fátima Favela, Montserrat Monzón, Pamela Ruz y Minerva Valenzuela, interpretan con naturalidad y eficacia a las dos Olgas, cada una con distintas contradicciones y posturas ante su propia vida; a la joven que parece satisfecha con su cambiante vida amorosa y al personaje que ofrece la posibilidad del desdoblamiento, que con humor y espontaneidad, abre el horizonte que cada una desea.

Coanda es una propuesta escénica joven que le quita la cáscara de derrota a la carga de los mandatos sociales, para mirar hacia ese espacio en el que es posible ser y hacer lo que cada persona desea.

La producción de Roberto Pichardo, cuenta con el dispositivo escénico de Alberto Reyna, que abre la posibilidad de imaginar los espacios de la acción, y con su diseño de vestuario, basado en pantalones, largos, cortos a cuadros, color blanco o acampanado de mezclilla, y de vinyl negro a la rodilla, tres de éstas prendas acompañadas con saco y una más solo con playera negra. Atuendos que vinculan a los personajes con los seres humanos del diario, inmersos la indiferencia general ante el peso que cada uno carga.

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Fotos: Alegría Martínez