Por Luis Santillán/ Darío, una vez más, ha sido enviado a la dirección por sus acciones; orgulloso, expone su hazaña, solo que no sabe quién lo evidenció. Pierina, la estudiante sobresaliente, se cruza con Darío y le informa que fueron sus propios amigos quienes lo han delatado. Darío no sabe por qué le ha dicho eso, menos por qué le ha invitado a su casa para estudiar, pero le gusta interpretar que ese es solo un pretexto para iniciar su vida sexual. Ese es el inicio de Cero en conducta.

Cero en conducta es una propuesta que ha tenido éxito en Sudamérica y, desde hace un tiempo, también en México. El libreto y letras son de Mario Mendoza, la música de Sergio Cavero. Es un musical para dos actores con 12 números que combina diversos géneros, como el jazz y el pop rock. La dirección de la propuesta es de Héctor Berzunza.

La línea de desarrollo es de Pierina, una adolescente que tiene como meta matricularse en una universidad de alto prestigio; sin embargo, tiene un descuido que ha provocado –que por vez primera– repruebe el examen de Química. Este percance provoca que invite a Darío a su casa –a sabiendas de que no estarán sus padres– para… Para saber lo que sigue quizá sea mejor verlo en la Sala B de La Teatrería.

La Sala B es un espacio reducido, un reto para el diseño de escenografía, quizá por eso el mínimo de elementos sea la constante en las producciones que se presentan ahí; sin embargo, Jorge Ballina tiene una propuesta distinta: crea un juego de practicables para, en varios movimientos, cambiar la perspectiva espacial. Podría pensarse como un capricho, como un gesto de soberbia para dominar tan complicado espacio, pero lo cierto es que requiere de eso para transformar lo que se ve según Pierina muestre sus deseos.

El espacio responde a las estrategias de Pierina; son necesarios los movimientos de la escenografía para enmarcar el momento cuando la falsa premisa del inicio de la obra se cumpla y dé paso a la real.

Darío, apenas unos segundos después de tercera llamada, le comunica al público que la obra es sobre cómo “perdió” la virginidad; al aseverarlo, se establece como el personaje rector; sin embargo, existe un complejo entramado que desconoce. Ballina lee la promesa de la obra y la hace visible con su diseño, logrando una propuesta interesante y efectiva.

La obra tiene dos elencos; la función presenciada fue con Farah Justiniani y Lorenzo López (Paulina Anaya y Diego Enríquez son los alternantes). López saca jugo de su cercanía en edad con el personaje; tiene la capacidad para crear a un estudiante que destaca por su ingenuidad, con una malicia frágil. Justiniani aprovecha la línea de su personaje para trabajar con contrastes. Lo agradable de su actuación es el trasfondo de Pierina: emplea pequeñas acciones para ir “delatando” lo que su mente contiene. Ella tiene un mejor manejo de los momentos musicales; su voz se oye más entrenada.

Justiniani y López hacen un buen trabajo en las escenas dialogadas; es muy grata la dinámica que establecen, pero quedan en una tesitura donde hay falta de desarrollo del personaje. La dirección de Berzunza propone situaciones que pueden estar dentro del marco de experiencia de su reparto, por eso logran naturalidad y fluidez en la dinámica entre ella y él, pero da la impresión de que la propuesta de dirección no lleva a sus actores a las zonas de conflicto: Darío se enfrenta a varias revelaciones por parte de Pierina y todo queda en una primera reacción; Pierina recorre estados emotivos que podrían ser enriquecidos desde la actuación; sin embargo, no se aprovecha la acumulación. Pierina es un personaje que pretende contrastar con Darío: en ella hay maldad, mientras que en él solo malicia. Los actores no sacan jugo de eso, y es ahí donde se siente ausente la mano del director.

Los momentos musicales de Justiniani son gratos: maneja y juega con su capacidad vocal, aprovecha las letras para enriquecer a su personaje. No así López, quien requiere de mayor atención por parte de la dirección musical (Diego Urcia). La acústica de la Sala B en nada ayuda, porque no tiene la distribución de bocinas y monitores adecuada, tampoco la forma en que se está manejando la mezcla: por momentos, las pistas ahogan las voces que se apoyan con micrófonos.

El libreto tiene un planteamiento atractivo; el desarrollo –con las acciones de Pierina– es interesante y estimulante, pero la resolución naufraga, probablemente por eso se recurre a la elipsis. Afortunadamente, las carencias de texto son cubiertas por el buen trabajo de Farah Justiniani, y logra que el público se vincule con ella más que con el personaje.

Cero en conducta logra conectar con su público meta, y eso es, quizá, lo más valioso de la propuesta. Puede que haya ciertas carencias; sin embargo, el equipo de la obra es bastante joven, y su propuesta es una promesa a largo plazo. Ver un musical sostenido por solo dos actores es algo que vale la pena presenciar, además de que la historia se enriquece con la proyección del público.

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Fotos: Cortesía Producción