Por Mariana Mijares/ Si bien los cuentos nacieron como tradiciones orales que cambian con el tiempo, su permanencia depende del contexto y la creatividad, pues un mismo relato puede adquirir matices distintos según el tono, la emoción, los detalles o la voz de quien lo cuente….
Un ejemplo claro es Cenicienta, cuya primera versión escrita se atribuye a Giambattista Basile en el siglo XVII, retomada después por Charles Perrault en 1697 y más tarde por los hermanos Grimm en 1812. Ya en el siglo XX múltiples adaptaciones (siendo una de las más influyentes la película animada de Disney de 1950) le dieron un giro a la historia, acercándola a nuevas generaciones.
Aun cuando la versión apta para niños de Disney mostraba a tiernos animales que hablaban, una calabaza que se transformaba en carroza y un hada madrina que entonaba bibbidi-bobbidi-boo, hoy, más de 75 años después, propuestas como La Hermanastra Fea (The Ugly Stepsister) – actualmente en cines-, llevan el relato hacia un terreno completamente distinto; con tintes de gore y de sangre.
Con este contexto, Borrón y cuento nuevo resulta un proyecto de lo más interesante y con enorme potencial, pues a partir de un cuento de dominio popular, el público puede participar desde la introducción y aportar elementos que transformen la historia en un relato único y distintivo.
El equipo detrás de este proyecto, producido por Once Once y Playhouse y dirigido por Angélica Rogel, es el mismo del musical Desde Cero, una propuesta en la que cada noche se construía un espectáculo nuevo a partir de las aportaciones del público. La gente se emocionaba tanto, que regresaba semana tras semana para ver un musical distinto.
De la misma manera, aunque todos conocemos diferentes versiones de cuentos populares, en Borrón… se tiene la oportunidad de verlos con un enfoque renovado. Por ejemplo, en la función a la que asistí, La Cenicienta se trasladó a un contexto mexicano en León, Guanajuato donde se llevaría a cabo La Feria del Zapato; con una protagonista: Andricienta, como la heredera de zapatos Andrea; una invitación del baile que provenía del Palacio de Hierro y con canciones que tuvieron tintes tanto de Dua Lipa como de corridos norteños. Una combinación tan peculiar nunca se repetirá; fue única de esa noche del primero de septiembre.
Lo que sí se repite es el talentoso equipo. Dirigidos por Rogel, gran parte del elenco regresa al escenario y va alternando: Daniel García, Denisha, Jerry Velázquez, José Luis Saldaña, Karla Morales, Leonardo Queijeiro y Mau Hernández.
Los músicos, comandados por David Federico Suzawa, también merecen mención honorífica, pues evidentemente ninguna melodía ha sido ensayada previamente. Así como en mi función crearon un soundtrack con tintes de pop electrónico al estilo de Dua Lipa y con el pulso característico de los corridos norteños, también van proponiendo temas para acompañar el desarrollo emocional de la trama: desde una canción de amor hasta la de una antagonista; en este caso titulada: “Zapatos y Maltratos”.
Otro elemento que pareciera parte integral del sonido son las risas del público, que, como beats de un soundtrack, acompañan toda la función. En la función a la que asistí, hubo quienes no pararon de reír, mientras otros se limpiaban las lágrimas de tanto fruncir el ceño con las carcajadas.
La escenografía recuerda un poco a las producciones escolares, con un paisaje fijo al fondo y pocos elementos en escena, como una puerta por la que transitan los múltiples personajes.
En cuanto al vestuario, los actores deben ingeniárselas para transformar algunas piezas en trajes que hagan más creíbles sus personajes. En mi función Andricienta por supuesto lució un vestido lindo, pero también estuvo acompañada de la elegancia de sus hermanastras y de peculiares animalitos: un zorro, un reno y hasta una rata con thinner (elemento sugerido por el público).
Es así como, para que este “cuento” se cuente, todo funciona en armonía: luces que se adaptan, tonadas que cambian, actores que interpretan varios personajes y músicos que los acompañan con diferentes melodías. Pero al final, las notas más constantes, y las más memorables, son sin duda las carcajadas y los aplausos del público.
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Fotos: Cortesía Producción















