Por Alegría Martínez/ Pasión postergada, celos, venganza y muerte, se levantan de la tragedia lorquiana, entre grandes madejas de estambre, botas, sombreros, música norteña y el sonido de un galope que se acelera o se mitiga mientras retoma bríos. La antigua rivalidad entre familias, la pérdida de hijo y marido, el matrimonio por conveniencia, la atracción sexual postergada, la sentencia del coro y de la justiciera luna, se abren paso en un escenario de madera pulida, donde lo rústico aparece en algunas sogas que caen en vertical, con escasas flores enroscadas.
La poesía, la prosa y los cantos con que Federico García Lorca nutrió su tragedia Bodas de Sangre, se transforman, se escuchan por momentos con otras palabras, mediante fragmentos inscritos en ritmos mexicanos, con instrumentos de regiones familiares, en la adaptación de Angélica Rogel, que también dirige esta puesta en escena.
Penumbra, amaneceres y oscuridad marcan el paso del tiempo y envuelven la acción de la tragedia escrita en 1931 por el dramaturgo andaluz, que en esta oportunidad da la impresión de ocurrir cerca y lejos del público en tanto la iluminación de Patricia Gutiérrez, oculta y expone, enfatiza y encubre orgánicamente, según lo requiera la escena. Si bien los diálogos van de lo cotidiano a lo poético, mediante una pronunciación familiar a la de algunas zonas norte del país, que a ratos se pierde, la letra de los cantos que llega a quedar por debajo de la música, cobra nuevo sentido, una mayor presencia que en otros montajes de esta misma obra, que aquí se acentúa con la voz de actrices y actores.
Los sucesos que Lorca plantea en su tragedia escrita en tres actos y siete cuadros, adquieren en esta ocasión cierta ligereza, como si se tratara de secuencias, acciones breves construidas por un elenco que contribuye con su presencia en el escenario, ya sea que observe a corta distancia, interactúe mediante discretos movimientos, o resalte acciones con el enérgico percutir de las palmas en el cajón flamenco, y a través del golpeteo de un par de tacones que tocan el piso cuando otros personajes se encuentra en el centro de la acción. A ratos a distancia, pero presentes.
El eterno dolor del personaje de La madre, (del novio), se expande en el escenario, se contrae en la petición de mano y se contiene en la boda, hasta volverse gélido ante su nueva pérdida. El trayecto de esta mujer, que aquí se agiganta en una madre sin hijos, alude a la desaparición en nuestro país, a la madre despojada, que en la interpretación de la actriz, guionista y directora Ángeles Cruz, se yergue inmensa, abrazada a su pena, digna y humana en las palabras del autor de Yerma.
Miguel Tercero en el papel de El novio y Ana Guzmán en el rol de La novia, transitan en ese terreno inestable, propio de sus personajes, como si el joven permaneciera en la incredulidad de lo que desea como destino y ella se escondiera de sí rumbo a la auto obligación de casarse, hasta que enfrenta a La madre con el arrojo que busca resarcir el daño.
Romanni Villicaña en el papel del pasional y desbocado Leonardo, emite la energía del hombre dispuesto a conseguir su objetivo ante la mujer que lo arrebata, su rival en amores y el ímpetu que lo arrastra.
María Kemp en el rol de La mujer de Leonardo, proyecta la rabia y el abandono durante los momentos en que enfrenta al marido, que crece al dar aviso de su fuga e ir en su busca. El cuerpo de la actriz reacciona y grita con la rabia de su personaje.
Por su parte, Eduardo Candas en el papel de El padre de la novia, construye a un hombre amable en su rol de anfitrión a punto de lograr su objetivo de unir tierras, hijos y esperar nietos, hasta que la ofensa del honor perdido lo fractura y lo enciende.
Luz Olvera, en el papel de La criada, alimenta a su personaje de ansiedad festiva, emoción y picardía ante la inminente boda. La actriz, que resume en su alborozo, el de las jóvenes casaderas en las obras de Lorca, pronuncia con enjundia el parlamento: “¡Dichosa tú que vas a abrazar a un hombre, que lo vas a besar, que vas a sentir su peso!”. Palabras que hicieron reír a un público de estreno, quizá habituado a frases menos deslavadas.
Los leñadores entran a escena como si siguieran la instrucción de arribar al lugar del juicio, el terreno abierto al coro, a decir la verdades emanadas de la pasión ante una sociedad que la condena como a un virus, para alejarse más tarde después del deber cumplido.
La luna, representada por una actriz que baña su propio rostro con la luz que emerge de un sombrero en su mano, prospera al inicio, hasta que algo la precipita en su poesía y en su salida, ante el cruce con el personaje de La muerte como mendiga, según lo plasmó el autor, que, como la luna, quizá con el paso de las funciones adquiera la densidad que su personaje exige.
Pantalones de mezclilla, camisas norteñas, botas, cinturón piteado, sombreros y faldas largas, con tops de tirantes, acaso un sencillo vestido con breves flores, un fondo claro y un blanco y discreto vestido de novia, forman parte del vestuario diseñado por Natalia Seligson, que viste con jorongo a los leñadores y con alguna oscura mantilla a La muerte.
Aunque Bodas de sangre, bajo la dirección de Angélica Rogel, puede dejar necesitados de mayor hondura a los amantes del universo lorquiano, de su prosa, su simbolismo y su verso dicho en escena, el montaje satisface la necesidad de imágenes, sonidos, acciones simultáneas, y alusión a la pérdida y la violencia.
La dirección deposita en la sinfonía de cascos de caballo al galope y la percusión del cajón flamenco, el simbolismo sonoro del acecho, la pasión y la amenaza. Deja escasas las palabras que aluden al bordado pero utiliza la metáfora de la gran madeja blanca y la oscura, que urden, traman, enredan, sueltan, tensan y se vuelven riendas.
Ángeles Cruz, encabeza el elenco integrado por: Miguel Tercero, Ana Guzmán, Romanni Villicaña, Eduardo Candás, Luz Olvera, Joan Santos y María Kemp.
Bodas de sangre cuenta con escenografía de Javier Ángeles, Iluminación de Patricia Gutiérrez, Música original de Hans Warner y Vestuario de Natalia Seligson. Asistencia de dirección, de José Manuel Majul, Diseño de imagen, de Ana Isabel Vallejo, Diseño gráfico, de Ernesto Moncada, Fotografía de Alberto Hidalgo, Producción ejecutiva de Diego Flores y Andrea Quiroz y Producción de Rafael Ley, Óscar Uriel y Mario Savino.
Fotos: Cortesía Producción














