Por Mariana Mijares/ En las historias distópicas, el futuro se puede pintar de distintas y catastróficas maneras: virus que transforman a los humanos en zombies, criaturas extraterrestres que toman el control del planeta, realidades en donde hacer pipí se vuelve un lujo y hay que pagar por orinar, o, en la visión de David Gaitán, un mundo en el que tener sexo es un privilegio y cada ‘descarga’ es administrada por el Estado.
Desde el inicio, el unipersonal que Gaitán escribe, dirige y actúa, captura la atención con una pantalla que indica que el Estado, preocupado por el placer sexual, ahora lo raciona como una forma de regulación social.
“Si el sexo está nivelado, la felicidad está garantizada”, reza el dicho oficial del Estado.
Las “descargas”, encuentros sexuales, no funcionan como en el mundo tradicional. En este universo, cada ciudadano tiene derecho únicamente a cinco al año, siempre y cuando cumpla con las normas impuestas por el sistema y realice determinadas labores o conductas consideradas adecuadas por el Estado.
De no cumplir, las descargas pueden ser retiradas como castigo. Ahí aparece realmente el núcleo de la distopía planteada por Gaitán: no en el dinero, sino el control de los cuerpos y de los ciudadanos mediante el deseo.
De este modo, se van presentando a diferentes personajes (todos interpretados por Gaitán), uno de los más recurrentes, un joven que se presenta completamente desnudo, con marcas de plumón sobre el cuerpo y una cabellera rubia oxigenada que cuestiona, como el propio dramaturgo, la realidad en la que vive.
En algún momento, este personaje acude a una oficina gubernamental para completar un trámite. Ahí, aunque la situación es imaginaria y futurista, resulta fácil identificarse: está lidiando con la burocracia absurda y desgastante a la que tantos ciudadanos latinoamericanos estamos acostumbrados cuando intentamos resolver cualquier proceso administrativo.
Aunque el peso del montaje recae principalmente en su intérprete, la visión escénica de Anna Adrià Reventós (también a cargo de la iluminación) divide el escenario en tres partes: el lado derecho, donde inicia la obra y el protagonista habla con diez micrófonos colocados en diferentes posiciones; el lado izquierdo, donde hay una pequeña mesa, una silla y elementos de vestuario elegidos por la diseñadora Jerildy Bosch que se incorporan conforme avanza la historia; y la parte trasera, que cobra relevancia hacia el final de la obra.
Otro personaje presentado es alguien que está a cargo de las cámaras de vigilancia. Esta escena refuerza cómo el gobierno parece omnisciente gracias a una presencia virtual y a la hipervigilancia; cada movimiento es revisado y no hay espacio para la libertad.
Más adelante, el personaje principal describe con mucho detalle el encuentro sexual que tiene con otro hombre, uno de un cuerpo particularmente bello, en un ‘centro de descarga’; un sitio al que las personas acuden, supervisados, para tener los intercambios sexuales que les fueron autorizados.
Lo valioso es cómo el lenguaje de Gaitán realmente describe y eleva ese intercambio entre cuerpos: la humedad, los olores, los fluidos, las sensaciones, porque las personas no están frente a frente sino con una barrera de por medio; no pueden verse, pero sí sentirse. Algo similar ocurre con los espectadores, que tampoco observan el encuentro directamente, pero logran percibir toda su intensidad. Es un momento tremendamente sensual.
Imaginar encuentros convertidos en privilegio inevitablemente obliga a mirar el mundo real de otra manera: si el deseo estuviera regulado, ¿qué tanto cambiaría nuestra forma de vivirlo?
La obra que se ha presentado en España (con otro director y otros actores) también introduce al personaje que da nombre a la obra: Azul Bosques,, un hombre que se rebela ante un sistema que controla incluso los vínculos.
Como en sus otras experiencias, ellos no pueden verse; solo queda sentirse. Pero precisamente esa imposibilidad detona en el protagonista algo profundamente humano: el impulso irracional de buscar el cuerpo que lo marcó, incluso en un sistema diseñado para impedir cualquier vínculo real.
No resulta casual entonces que Gaitán haya nombrado a Azul Bosques como un homenaje a la activista estadounidense Rosa Parks (1913-2005), quien pasó a la historia al negarse a ceder su asiento a un hombre blanco en un autobús segregado de Alabama, un acto de desobediencia civil que terminaría convirtiéndose en símbolo del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos.
Es así cómo el personaje principal se imagina continuamente otra realidad en la que las ‘descargas’ no sean cinco veces al año sino libres, pero eso requeriría un cambio; una revolución, porque si el sexo es la herramienta de control, entonces la rebeldía también puede comenzar desde el deseo…
Si bien —afortunadamente— la realidad que retrata el montaje pertenece a la ficción, también es cierto que vivimos en tiempos en los que los Estados autoritarios no son poco comunes. Pero si los ciudadanos comienzan a buscar el cambio mediante la desobediencia civil pacífica, entonces la revolución también puede ser posible.
Aunque el autor ha dicho que Azul Bosques es una “reacción ante la ola de la ultraderecha que está tomando tantos espacios en el mundo”, la realidad es que el espectador puede llevarse mucho más que reflexiones políticas; entre ellas, la manera en que el sexo puede darse por sentado cuando quizá debería apreciarse más.
Porque en una realidad distópica, en un universo plagado de tecnología, ni el mejor gobierno podrá legislar las sensaciones: cómo se eriza la piel, cómo se acomodan los cuerpos, esa química imposible de controlar de dos personas que deciden encontrarse sin testigos. Sin duda, el amor, las conexiones humanas y la verdadera intimidad también pueden ser un acto de resistencia.
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Fotos: Cartelera de Teatro














