Por Alegría Martínez/ Podría tratarse de un sótano o un patio lleno de objetos que alguna vez fueron utilizados pero es un escenario. Al centro, una pequeña cubeta metálica, resguarda pequeños papeles en los que el público ha escrito algún recuerdo.
El actor, dramaturgo, músico y director de Avería, David Almaga, pregunta desde el patio de butacas, a dos o tres espectadores, cuál es su palabra favorita. Se dirige a su audiencia como si estuviera conformada por personas conocidas.
Así comienza un viaje por momentos de infancia, incluidas las grabaciones que hiciera su abuelo, cuando David volvía de la escuela, las canciones de su abuela, aprendidas al instante, por más nuevas que fueran, y el miedo de que una pequeña llama encendida pudiera terminar con todo, ante la frágil huella de la memoria y el paso del tiempo.
David Almaga intercala sus vivencias con las que su público le comparte. Lee lo que revela el papel escrito a mano y lo construye en el escenario. Improvisa, toma prestadas palabras, crea imágenes, sonidos y agrega nuevos elementos a ese pasaje de vida que vuelve suyo mediante personajes de lata o de madera que ahí comienzan a ser de todos.
El montaje de Avería fluye como el agua que se escapa incesante al caer en un balde metálico, donde desemboca de un grifo abierto mientras corren las escenas de este montaje en que el único personaje le habla de tú al pavor que provoca perder la memoria, dialoga a través de los objetos sencillos y cotidianos con las personas ausentes y con quienes lo observan y acompañan.
Imágenes y palabras vuelan del escenario al corazón de los espectadores, al igual que la risa en breves dosis y el sobresalto que se convierte en un suspiro corto cuando lo que podría ser una cinta de casete se rompe y nos hace sentir los repentinos dueños de una grabación con voces queridas que se han perdido para siempre.
Avería también desata la ansiedad por almacenar la memoria humana y la sola idea de perder los dispositivos destinados a conservarla: las fotos enmarcadas y las grabaciones, que al mirar o escuchar de nuevo se modifican, se escurren de la mente como ese chorro de agua que corre sin posibilidad de ser contenido. Recordatorio implacable de una pérdida sin pausa.
Como si en esa cinta de grabación destrozada, en esa jaula de ave vacía, en aquella flama, se pudieran conservar, durante un rato, esa voz, ese canto, el calor, y la luz que arrasó el tiempo, más de una lágrima se desprende de espectadores, que a la pérdida de Almaga suman las propias en silencio.
Una especie de tejido plástico conforma el ciclorama, como un entramado transparente que refleja destellos de luz azul rey, después ámbar y rojiza. El escenario contiene una especie de figura humana envuelta en lo que parecen cintas de grabación de audio que recuerdan viejos casetes. Plásticos, material inflamable, transparente y opaco, emite un consistente y silencioso llamado de alerta.
Sobre una mesa conformada por la base de una antigua máquina de coser Singer, hay una vela y objetos diversos, a los que se unen desde el suelo una campana, un rallador de queso y un teléfono de disco, entre muchos otros. A poca distancia, una silla cubierta con una sábana blanca, deja asomar el brazo metálico del pedestal de un micrófono.
Una guitarra con carátula de reloj deja escapar la música que genera el autor de Avería. De pronto, el público parece el de un micro concierto a cargo de un músico-actor, ensimismado en su necesidad de expresar con sonidos, emociones distintas a las que le permite la voz, el cuerpo, la interacción con objetos y con personas.
David Almaga crea un espacio habitado por un hombre que lo representa. Él es su personaje, honesto, sencillo y abierto, que entra a la ficción de su memoria y sale para encontrar las palabras que en escena le permitan rozar recuerdos de otros.
El autor, director y actor de Avería, obra ganadora de la Tercera Incubadora de Proyectos del Teatro La Capilla, 2021 -que cuenta con la colaboración de Daniel M. Olivera en la asesoría en dramaturgia y narrativa, de Edgar Mora en iluminación, de Javier Rendón en ilusiones, y con Jheraldy Palencia en la asistencia de dirección y producción- crea un espectáculo conmovedor que incluye con naturalidad a su narrativa escénica los dos o tres recuerdos escritos por el público, por más generales y abiertos que éstos sean.
El desempeño franco y orgánico de David Almaga en el escenario, traspasa las barreras protectoras que cada espectador pueda levantar frente a la nostalgia. La necesidad de traer al presente a sus abuelos, que antes de que se debilitara su memoria sembraron una nutrida semilla de amor, germina generosamente en Avería, a manos de su nieto.
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Fotos: Raquel Reynosa



















