Con las primeras notas de la orquesta, las montañas de Austria se despliegan nuevamente frente al público, pero esta vez no estamos ante la película inmortalizada por Julie Andrews, sino ante La novicia rebelde (The sound of music), el musical que nació en Broadway y que ahora llega a México como parte de su gira internacional, y para quienes crecieron con La novicia rebelde, reencontrarse con esta versión supone reconocer canciones y personajes entrañables, pero también descubrir una historia que sobre el escenario adquiere una dimensión distinta.
La función comienza con absoluta puntualidad y desde los primeros minutos deja claro su sello neoyorquino: se presenta totalmente en inglés —con apoyo de pantallas para los subtítulos en español— y tiene una duración cercana a las tres horas. Un detalle que conviene tomar en cuenta si se asistirá con niñas o niños pequeños, especialmente si la barrera del idioma o la extensión de la función representan un reto de atención.
La Maria que encontramos en escena es una joven jovial, algo ingenua y profundamente enamorada de la música, las montañas y su fe. Es también una mujer que aún busca su lugar en el mundo. Su llegada a la residencia von Trapp para cuidar a los siete niños se transforma en un proceso de revelación personal: allí despierta una faceta maternal que no había explorado y, a través de su vínculo con Georg, comienza a reconocerse como mujer.
Los pequeños von Trapp son parte esencial de ese recorrido. Cada uno tiene su propia personalidad y aporta algo a la dinámica familiar, pero Brigitta destaca especialmente: es observadora, inteligente y tiene esa particularidad de decir en voz alta aquello que los demás pasan por alto. Su mirada, muchas veces más directa que la de los adultos, aporta momentos de humor y también una pequeña dosis de lucidez a la historia.
El primer acto transcurre entre juegos, canciones, romance y la relación que Maria construye con los niños. Sin embargo, la tensión política comienza a entrar poco a poco en escena. Primero, con los comentarios de Max Detweiler sobre su acercamiento al Tercer Reich para protegerse; después, con la negativa de Georg von Trapp a incorporarse a las filas nazis. El cambio definitivo llega durante el Festival de Salzburgo con la aparición de las banderas con la esvástica. La imagen resulta estremecedora: la historia familiar y luminosa que hemos acompañado hasta ese momento queda atravesada por uno de los episodios más oscuros del siglo XX.
La escenografía no busca reproducir la espectacularidad de la película, sino construir los espacios necesarios para contarla: la abadía, la casa de los von Trapp, las montañas, el salón de baile, el festival y el lugar de la huida. No es una propuesta particularmente fastuosa, pero funciona como herramienta narrativa y, junto con la iluminación, permite que cada espacio tenga su propia atmósfera. El montaje no intenta competir con los paisajes del cine; cuenta la historia desde las posibilidades del teatro.
Hay melodías que inevitablemente despiertan recuerdos. “Do-Re-Mi” aporta uno de los momentos más alegres y muestra el vínculo que Maria comienza a construir con los niños. “Edelweiss” adquiere un peso distinto cuando el contexto político ya se ha instalado en la historia, mientras que “So Long, Farewell” conserva la ternura y el encanto de los siete hermanos.
Al salir del teatro, esas canciones permanecen en la memoria, pero también queda la sensación de haber vuelto a una historia conocida desde otro lugar. Antes de convertirse en la película que varias generaciones llevan en la memoria, La novicia rebelde fue un musical de Broadway, y esta producción permite reencontrarnos con ese origen.
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Por Itaí Cruz, Fotos: Cortesía Gou Producciones
















