Por Mariana Mijares/ El arte es subjetivo: lo que para algunos representa una obra invaluable por la que estarían dispuestos a pagar millones, para otros es un despropósito. Un ejemplo claro de esta dualidad es A banana duct-taped to a wall, una cáscara de plátano del artista Maurizio Cattelan que se vendió por 6.2 millones de dólares en una subasta de Sotheby’s. Este mismo tipo de desconcierto surge en Arte, en donde la compra de un cuadro altera definitivamente la amistad entre tres hombres.

No en vano este trabajo de Yasmina Reza que se estrenó en 1994 ha sido traducido a más de 30 idiomas, producido en 45 países y galardonado en París, Londres y Broadway. El montaje viaja tanto porque la discusión sobre el valor del arte sigue siendo vigente; quizá ahora más que nunca en un momento donde la inteligencia artificial sigue redefiniendo nuestra mirada.

El texto de la autora responsable de memorables puestas como Un dios salvaje (God of Carnage) y que ha sido definido tanto como comedia como tragedia, tiene en el centro un conflicto aparentemente simple: la compra de una pintura, para hablar de qué tan preparados estamos para aceptar que otros no piensen como nosotros.

La pieza en cuestión es comprada por Sergio (Mauricio Isaac), un dermatólogo exitoso y aficionado al arte contemporáneo, quien —según su amigo Marco—parece dispuesto a cualquier cosa con tal de pertenecer a ese mundo. El cuadro blanco, del artista ficticio Antrios, no sería difícil encontrar en Museos de arte contemporáneo o en ferias como Zona Maco, donde factores subjetivos definen el valor de cada pieza.

Marco (Fernando Bonilla), un periodista idealista y crítico, considera una absoluta ofensa que Sergio haya gastado una fortuna en algo que califica como “un pedazo de mierda”.

“Que Sergio se hay comprado ese cuadro me perturba, me provoca”, señala en un monólogo interno que encapsula el desconcierto que quizá muchos sienten ante ciertas creaciones, pero que también refleja una resistencia a aceptar otras formas de ver el mundo.

En medio de ellos está Iván (Alfonso Borbolla), quien atraviesa una mala etapa profesional y tuvo que aceptar un trabajo en una fábrica de papel que le consiguió su prometida Catalina, a quien de primer momento describe como una ‘hija de familia’. Aunque Catalina no aparece nunca, es una presencia constante, pues la inminente boda se vuelve un tema de conversación recurrente.

Iván se vuelve en el mediador por excelencia; un personaje que, en su afán por complacer a sus dos amigos, también se aliena, como si su neutralidad fuese, en sí misma, divisiva.

Además del texto de Reza que suele atraer enormemente a reconocidos actores por sus ágiles diálogos, el montaje mexicano destaca por la dirección de Cristian Magaloni, quien sabe equilibrar el ritmo y la tensión emocional, y cuya visión potencia el trabajo de los tres actores. Esto se nota particularmente en los momentos en que revelan pensamientos internos que no solo les brindan gran lucimiento, sino que les permiten compartir con el público los verdaderos pensamientos de sus personajes.

De este modo, la puesta juega con distintos niveles de interacción: a veces los personajes hablan entre ellos, a veces hacia el público, y en otras se enfrentan en explosivos intercambios verbales.

En uno de esos pasajes introspectivos —acentuado por la iluminación de Emilio Zurita y Jesús Giles, quienes oscurecen delicadamente el entorno como para subrayar ese mundo interno—, Marco reflexiona sobre las acciones de Sergio, recorriendo emociones que van desde la ira a la frustración. Después, una transición rápida: tras un torbellino interno intenso y crítico, él responde con sorprendente amabilidad a la pregunta de a dónde irán a cenar esa noche.

De la misma manera, Borbolla brilla en sus intervenciones conciliatorias y por su habilidad para sostener diálogos larguísimos con total naturalidad. Un ejemplo claro es la merecida ovación que recibe tras un momento en la que Iván habla de cómo la invitación de su boda se vuelve casi una guerra y él queda atrapado entre las exigencias de su propia familia y las de su futura familia política. Para describir esta crisis, Borbolla lanza un monólogo que enorgullecería al propio Aaron Sorkin, el reconocido guionista de The West Wing y The Newsroom.

Como ésta es una producción sobre arte, la escenografía resulta coherente con la visión de Reza, quien apunta en el texto que habrá un solo espacio ‘lo más austero y neutro posible’. De este modo, el escenógrafo Jorge Ballina (también responsable de Rojo, otro montaje sobre quehacer artístico) presenta un único espacio: una sala, que cuenta con un sillón gris, una pequeña mesa y una gran columna al fondo (que, en lo personal, me recordó al imponente Tláloc que domina la entrada del Museo de Antropología). Precisamente como si estuviéramos dentro de un museo, nuestra perspectiva cambia al girar la escenografía, permitiéndonos ver cada escena desde nuevos ángulos, igual que cuando recorremos un museo y cambiamos de posición para apreciar mejor una obra.

Este recurso escenográfico dialoga también con el tema central: la necesidad de observar desde otras miradas; ¿qué tan tolerantes somos cuando los demás no ven las cosas como nosotros?

Los monólogos de los tres personajes continúan, permitiendo asomarnos a lo que realmente piensan, no solo sobre el polémico cuadro blanco, sino también sobre sus propios amigos.

No obstante, intentando mantener la cordialidad, también vemos a los tres hombres en silencio, tomando juntos un trago, como pasaría también en la vida real. Hay mucho que compartimos con nuestros seres queridos, pero también hay opiniones que, por consideración —o por evitar conflictos—, es mejor guardarse.

Toda la tensión contenida encuentra salida en la secuencia final, cuando se detona un poderoso clímax que no solo nos ayuda a comprender a Marco, sino también a vislumbrar el trasfondo de cómo ha cambiado la amistad entre los tres.

En última instancia, Arte no solo cuestiona qué es lo que hace valiosa a una obra, sino qué tanto estamos dispuestos a permitir, callar o confrontar en nombre de una amistad. Así como el arte puede provocar o dividir opiniones, las relaciones humanas también están llenas de interpretaciones, y capas. Y tal vez, al igual que frente a un cuadro en blanco, lo más importante no sea entender del todo, sino estar dispuesto a mirar —y a mirar de nuevo— bajo otra perspectiva.

Para conocer más información sobre ARTE, da clic aquí.

Fotos: Cortesía Producción