Por Alegría Martínez/ Un suelo seco y cuarteado sostiene en soledad el cuerpo en pie de Antígona González, en la contundente presencia y voz de Marina de Tavira, que condensa la pesada carga, el extravío creciente de quienes sufren la desaparición de una persona amada.

La heroína griega plasmada por Sófocles, impedida por el rey Creón para enterrar al hermano de la hija de Edipo y que así el espíritu del fallecido no halle remanso y sus restos sean devorados. revive en el personaje de Antígona González, inmerso en la tragedia que viven miles de familias de desaparecios en un eterno duelo sin tener ante sí un cuerpo al que se pueda rezar y despedir.

El texto poético y demoledor de Sara Uribe, señala la ruta a seguir para localizar un cuerpo inerte, alude a la experiencia de muchas mujeres que han transformado su existencia en la búsqueda interminable de una prenda, un testimonio, una palabra, una huella, de un cuerpo que extinga la palabra “desaparecido”, abierta a una permanente incertidumbre.

Antígona González es un grito a mil voces, un lacerante recorrido por todas las posibles vías de búsqueda que emprenden madres, hijas, hermanas, amigas, compañeras, parejas, familia de quienes han sido víctima de desaparición. Y es también una inmensa pregunta que se multiplica y viaja en palabras, objetos, instantes que han dejado de ser parte de una vida cotidiana que se ha vuelto añicos.

Marina de Tavira, sola sobre esa plataforma de tierra seca, árida y polvosa, -ante una pantalla que proyecta datos, nombres, palabras, denuncias fragmentadas, siluetas bordadas que esbozan rostros, mochilas, zapatos, siluetas de mujeres, vasos- hace suya la tragedia que marca la ausencia de más de 133 mil personas y la incansable labor de las familias buscadoras que se vuelve batalla.

Vestida con pantalón de mezclilla negro, botines marrón con agujetas, y holgado blusón oscuro, su cabello en trenza y sin maquillaje ni adornos, la actriz se dirige amorosamente a ese hermano ausente, que es todos los seres desaparecidos, al que le habla en sueños, a quien mira silenciosamente en ese aro de costura en que se ha bordado su rostro sobre una tela blanca y a quien tiene presente cada uno de sus días.

Marina de Tavira, creadora de personajes memorables, en montajes de obras como Tragaluz, El río, Traición y Un tranvía llamado Deseo, por mencionar solo algunos, además de su interpretación en cine y televisión, en Antígona González, se planta sobre el escenario y hace suyo el reclamo de quienes siguen la huella de sus seres queridos, con la honestidad, la capacidad y la sensibilidad que la actriz posee para analizar, comprender y comunicar a cabalidad una situación que nos atraviesa como habitantes de este país.

La narrativa del dolor y el desasosiego progresa a cargo de la actriz que se entrega en escenas poéticas, trágicas, cotidianas, percutivas, como cuando toma en sus manos dos piedras que golpea con energía, desesperación contenida y rabia, al tiempo en que se expanden las palabras, para después interpretar a un interlocutor violento e indiferente, sin dejar de ser Antígona González, todas las Antígonas, Marina de Tavira, Sandra Félix, Sara Uribe y a la vez, quienes integran las comunidades de mujeres que preguntan y buscan infinitamente respuesta.

Antígona González no es una obra más sobre el dolor, la búsqueda, la criminalización, la revictimización, la indiferencia de las autoridades y la sociedad entera, el abandono y el maltrato en el que se hunden las personas en duelo suspendido. Es una puesta en escena que desde la honestidad, introduce al público a ese estado en que la comunicación entre escenario y butacas viaja sin obstáculos de ida y vuelta a un lugar en el que el silencio y la respiración laten a un tiempo.

En el breve escenario, donde una pantalla proyecta las 104 imágenes bordadas en papel por Cecilia de Tavira y posteriormente plasmadas en video, el hilo las figuras, las letras se transforman, como si cada una de las puntadas abriera una herida y dejara un rastro en el camino, una huella creada por manos de mujeres que cuidan y preservan amorosamente instantes, memoria, legados.

La directora Sandra Félix, da cauce a los clamores vivos del texto de Uribe, con el cuidado que caracteriza su trabajo escénico, poseedor de una mirada profunda, poderosa y delicada a un tiempo, que conduce al espectador por oscuros parajes y por espacios abiertos que dejan entrar luz.

Víctor Zapatero, trae a escena el desierto, la infertilidad de la búsqueda, la mesa donde descansa una lap top, transformada en ventana de búsqueda; el vaso con agua que condensa las gotas de una sobrevivencia que ha dejado de ser vida; las piedras que podrían ocultar cuerpos y aluden a esas tumbas que no se han construido en un lugar que resume nuestro territorio, donde la luz anuncia la llegada de un sol que se ha vuelto otro y que se mezcla raudo con el atardecer y la noche en el no tiempo.

Antígona González, es una propuesta artística que nombra, denuncia y deconstruye un devastador proceso político, social y humano, a partir de una actualidad vinculada a la tragedia de Sófocles, que tuvo su primera representación en el año 441 a. de C., en la que el rey Creonte prohibió dar sepultura a Polinice, uno de los hermanos de Antígona, condenada su alma a deambular sin sepultura y sin pausa tras su muerte, como los deudos, que sobreviven su infinito andar sin sosiego.

Escrita por Sara Uribe,  a petición de la actriz y directora Sandra Muñoz, dirigida por Sandra Félix, con la representación de Marina de Tavira; escenografía e iluminación de Víctor Zapatero; diseño de vestuario de Jerildy Bosh; multimedia y fotografía de Antonia Fritche, concepto y realización de bordado utilizado en multimedia de Cecilia de Tavira; diseño sonoro de Alejandro Castaños y producción ejecutiva de Daniela Parra, la puesta en escena de Antígona González es una experiencia que sacude, concientiza y une mediante un lazo invisible la respiración y el latido de quienes la presencian.

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Fotos: Mariana Medina