Por Luis Santillán/ Valentina Manzini escribe y dirige Alba; para hacerlo emprende un proceso creativo acompañado de una investigación y menciona que tuvo asesoría psiquiátrica y psicoterapéutica, dado que la columna central del proyecto es la depresión.

La línea anecdótica inicia a partir de una carta que es en sí una despedida; tres amigas de quien escribe, impactadas por el evento, tratan de hallar sentido a los acontecimientos; eso les motiva a emprender un viaje tanto interno como territorial para encontrar los últimos pasos que recorrió su amiga.

La propuesta recorre estados emotivos, construcciones de momentos compartidos, la negación o la incapacidad de comprender ciertos acontecimientos; hace acento en la amistad y las dinámicas donde se es cómplice, donde se es un extraño, donde solo se es testigo. Es una forma sutil, cuidada, de explorar las manifestaciones y consecuencias de estados depresivos.

La propuesta de dirección de Manzini es sumamente gratificante, quizá porque se apoya en las herramientas que se obtienen cuando se trabaja con un equipo que desarrolla un lenguaje escénico. La propuesta escénica coloca el trabajo actoral al centro, pero no solo por las herramientas que emplea, sino por la creación de ambientes y elementos de teatralidad.

La obra inicia con una secuencia de movimientos que van adquiriendo fuerza según se ejecuta; adquiere un poder de atención, y lo más interesante está en que se vuelve poderoso cuando, varios minutos después, se aprecia su eco gracias a lo que está pasando en escena; es decir, abre visualmente la propuesta, tiene la fuerza para quedar en la memoria, y su significado florece cuando el texto lo requiere. Otro momento que destaca es cuando los personajes parecen haber fracasado, pero la presencia de un caballo tiene relevancia, y el “cómo” existe en la escena; sumado al estado emotivo creado por las actrices, lo convierte en un momento de gran belleza; tiene tal fuerza que da la impresión de estar viendo la presencia fantasmagórica de la esperanza misma.

El viaje en moto, los cambios de ángulo en el viaje en carro, la invasión al cuarto de la amiga, el precipicio desde donde se acepta lo hallado: todos son momentos donde la capacidad de lo teatral tiene una excelente y estimulante ejecución, pues ofrece una propuesta escénica que le apuesta absolutamente a la participación activa de la mente del espectador.

Cuando el público entra al escenario del Teatro Santa Catarina se encuentra con lo que podría considerarse una instalación; poco antes de iniciar la obra se eleva y adquiere la forma de niveles que permite apreciar los elementos que lo componen. Todo esto podría ser “bonito”, pero en realidad es una especie de semilla abierta que, como la depresión, está ahí sin entenderle, sin pensar en la importancia que posee, solo hasta que el peso de su existencia invade la escena: el universo, todo tiene sentido.

El elenco lo integran Alejandrina González, Irma Sánchez, María Kemp y Abril Ramos Xochiteitzin (ellas alternan); existe una complicidad escénica que enriquece la dinámica de amistad. Los acontecimientos son relevantes porque la construcción de personajes es sólida; cada uno muestra elementos únicos que permiten los enlaces emotivos con el público. Hay un equilibrio entre ellas y su trabajo actoral logra estar en los momentos de fragilidad hasta aquellos en los que la fiesta llega hasta el patio de butacas.

El concepto escénico de Aurelio Palomino, sumado al diseño sonoro de Nicolás García Lieberman, son pilares de esta construcción que sostienen de manera destacada lo que propone Manzini. Un equipo mucho más complejo se ve involucrado en la puesta en escena; cada uno es como un instrumento muy bien afinado que se suma de manera eficaz en un concierto emotivo de gran fuerza.

La propuesta de Manzini como directora es tan contundente que rebasa al texto mismo; existen momentos donde lo que queda en la palabra parece pobre porque la escena lo contiene de manera poderosamente increíble.

Alba es una experiencia escénica que, sin tener que mover al público, logra la inmersión al corazón de lo teatral para recorrer estaciones forjadas por estados emotivos de gran calado; es una experiencia que amerita (casi con urgencia) acudir al Teatro Santa Catarina y sorprenderse con lo creado por Mujeres Pájaro Teatro.

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Fotos: Cartelera de Teatro