Por Alegría Martínez/ La muerte del presidente Abraham Lincoln, sentado en su butaca mientras disfrutaba una función teatral, a manos del actor John Wilkes Booth, que el 14 de abril de 1865 disparó una bala cuya trayectoria inicial desde la nuca, se alojaría en el ojo derecho del republicano, es el punto de partida para que un siglo más tarde, un detestado y admirado director de teatro, Marc Killman, contrate a dos actores para interpretar a Laurel y Hardy, mejor conocidos como El gordo y el Flaco, quienes representarán el homicidio, ocurrido en el Teatro Ford, en Washington, pero con el propio director en escena, en el papel de la estatua de cera del décimo sexto presidente de Estados Unidos.
El juego está abierto. Los tres actores: Cristian Magaloni como el director de teatro, la estatua de cera del expresidente, y como el actor que interpreta a ambos personajes; Emmanuel Lapin, en el papel de Stan Laurel (El Flaco) y del actor que lo representa; y Nelson Rodríguez en el rol de Oliver Hardy (El gordo), y del actor que hace su papel, se encuentran involucrados en el montaje que recreará los hechos de la noche en que Lincoln veía entre el público la obra titulada Nuestro primo americano, farsa en tres actos escrita por el dramaturgo inglés Tom Taylor.
Larry Tremblay, nacido en Chicoutimi, Quebec, en 1954, es autor de más de una treintena de obras, traducidas al inglés, alemán, italiano, español y tamil, de las cuales, Boris Schoemann ha traducido y dirigido en México, entre otras, El Ventrílocuo y Abraham Lincoln va al teatro, una farsa compleja y delirante, escrita alrededor de 2007, de reciente estreno.
Desde la incertidumbre y el temor que un director tirano genera en los actores, dispuestos sin embargo a resistir con tal de trabajar en alguno de sus montajes, hasta el cuestionamiento que les genera la motivación del autor de la obra que plantea escenas en las que la lógica se vuelve un laberinto de identidades en transformación constante, incluida la superposición de distintos planos, la dupla de actores que representa a la pareja cómica que inició su carrera en 1927, acepta el reto de seguir las instrucciones del director Marc Killman, por más descabelladas que puedan parecer.
Por su parte, este director, bajo negras barbas lacias, traje negro y el sombrero de copa bajo el que se encuentra Magaloni, transita del autoritarismo, al juego extremo que produce en el elenco, al que también pertenece, en busca de situaciones, escenas y reacciones dentro de la ficción, entre la desazón del actor al que representa, y la que le genera emular a la estatua de cera del político nacido en el estado de Kentucky.
Los brillantes, a ratos cómicos y profundos diálogos de Tremblay, hablan del trágico destino de Norteamérica, de masacres y formas de hacer el mal, e incluyen parlamentos sobre la posibilidad de morir de banalidad, la habilidad del Gordo para echarse pedos a voluntad, la confusión del Flaco, entre verdad y debilidad, según el Gordo; lo que esconden gordura y delgadez; las emociones y la resistencia de la verdad frente a la más apantallante de las mentiras, entre muchos asuntos más.
Abraham Lincoln va al teatro es un ejercicio de acrobacia actoral y física, una ráfaga de acciones, de ideas, de tesis que son expulsadas por boca de los actores que se desdoblan sin pausa en los distintos roles que les toca jugar, como si el mecanismo que dispara situaciones y cuestionamientos no tuviera límite y su cuerpo fuera accionado por resortes automáticos que les permitieran reaccionar y descomponerlo casi hasta el desvanecimiento, para reconstruirse en segundos.
El elenco parece soltar después el respiro actoral y al personaje para ser el actor que representan y el real que les da vida: Magaloni, Lapin, Rodríguez, para retomar la tensión de un humor que repta por las venas de un elenco que representa la farsa derivada de una tragedia mientras se escuchan sonidos de gaita o algún compás de “La violetera”.
Escenas cómicas como la actuación de “El anhelo” a cargo de Hardy, la respuesta inmediata y gigantesca de Laurel al sentirse atacado por su pareja cómica, o su necesidad de acercarse al Gordo dulcemente. El azoro del director Killman que no encuentra la vía para que sus actores comprendan el modo de escenificar su obra maestra, y trágicas, como su propio desasosiego al no hallar la forma de emular al personaje de cera más allá de la inmovilidad, conforman parte de este espectáculo ráfaga.
La toma de conciencia social, política y humana, se adueña más tarde de los personajes que perciben la “gravedad en el aire, petrificados, en silencio”, seres para quienes matar no es nada, en comparación con hacer a una persona esclava y mantenerla viva.
Hasta el breve escenario flanqueado por un telón de fondo y dos laterales de terciopelo rojo, donde tres sillas y una mesa bastan para una escenificación en la que no cesan coincidencias, desatinos controlados y vueltas de tuerca, los tres personajes elegantemente vestidos con traje negro, corbata larga, de moño y gazné, son sorprendidos por el arribo de un reconocido símbolo neoyorquino, que canta enfundado en su traje verde, antorcha en mano, cuando más se necesita.
Boris Schoemann, traductor y director de Abraham Lincoln va al teatro, elige esta vez una obra distinta, de energía casi centrífuga, que habría que ver más de una vez, para retener escenas cómicas que merecen su hábitat en la memoria, acercarse al análisis de una tragedia nacional, abrirle sosegadamente el paso al asombro del personaje director, cuando lo desinfla su parte humana y prestar nuevos oídos a cada una de las tesis sobre la actuación, que Tremblay intercala en las escenas de los comediantes.
Abraham Lincoln va al teatro cuenta con la participación de la cantante Ana Silvia Sánchez, en una producción de la Compañía Los Endebles A.C., con producción ejecutiva de Alejandra N. Ramos; coordinación de producción de Estefanía Norato; Diseño de iluminación de y escenografía, de Xóchitl González; diseñador de asociado de iluminación, Esaú Corona; Diseño de vestuario, de Pilar Boliver; coordinador de vestuario, Emilio Rebollar; asesoría en clown, de Noemí Espinosa; diseño sonoro de Ana Silvia Sánchez y asistencia de dirección Alexis Briseño Jaramillo.
Sobre la obra que presenció Lincoln
Cabe mencionar que según la información sobre la obra Nuestro primo americano, escrita en 1852, a la que asistió Lincoln, ésta se desarrolla -entre diálogos divertidos, escenas de amor a primer golpe de ojo y casamientos como cierre de finales felices. La historia gira en torno al personaje llamado Asa Trenchard, un estadounidense, rudo aunque sincero, que se reúne con sus presumidos parientes ingleses con el objetivo de cobrar una herencia.
Dicha obra de tres actos se presentó con éxito en distintas ciudades de Estados Unidos y luego de su estreno en Londres, en 1861, llegó casi a las 500 representaciones. La popularidad de esta farsa generó la escritura y el montaje de otras obras como: Nuestra prima americana, Nuestra prima americana en casa, y Dundreary, casada y perdida. El personaje de la obra original, escrita por Tom Taylor, es un aristócrata inglés llamado Lord Dundreary, que entre sus características decía frases sin sentido que se hicieron populares como “dundrearysmos”.
Decepcionado por la abolición de la esclavitud desde el gobierno republicano de Lincoln, el actor de 26 años, John Wilkes Booth que trabajó un mes antes en el Teatro Ford, conocía muy bien el edificio y se sabía la obra Nuestro primo americano, de modo que esperó a que se pronunciara el parlamento que hacía reír al público en la escena dos del tercer acto, para que las carcajadas silenciaran la detonación de su arma.
Se dice que Lincoln reía a la par de las 1700 personas que llenaron esa noche el teatro y que el político “perdió el conocimiento antes de oír el disparo de la pistola”, según James L. Swanson, autor de “Manhunt: the 12-Day Chase for Linclon’s Killer”.
La farsa que detonó el estruendo de la risa y silenció un disparo por la espalda, propició una tragedia a partir de la cual nació una nueva farsa, que a la luz de nuestros días vislumbra con mayor claridad, entre humor y asombro, una nueva tragedia que abarca a un inmenso número de seres humanos.
Para más información sobre Abraham Lincoln va al teatro, da clic aquí
Fotos: Héctor Ortega















