Esta obra se constituye como el primer estreno importante de una nueva generación de autores que se adueñarán de los escenarios durante los siguientes años”. Así describe Luis Mario Moncada en su libro Así pasan… Efemérides teatrales 1900-2000, la relevancia que tuvo para el teatro mexicano el estreno, en el Palacio de Bellas Artes, bajo la dirección de Salvador Novo, de Rosalba y los llaveros, una comedia escrita por un joven veracruzano de 25 años de edad que, a partir de esa noche de primera función, iniciaría una de las trayectorias más destacadas dentro de la dramaturgia nacional. La obra dirigida por Novo fue el primero de muchos triunfos teatrales que tendría, desde entonces y hasta el final de su vida: Emilio Carballido.

Oriundo de Córdoba, Veracruz, en donde nació el 22 de mayo de 1925, Emilio Carballido dejó este mundo a los 83 años de edad, el 11 de febrero de 2008. Al morir, dejó un extenso y nutrido legado que abarcó más de cinco décadas dedicadas a la escritura teatral, cinematográfica y narrativa, además de la traducción, la edición y la gestión teatral. Y, aunque no inició solo, hay que decir que durante el desarrollo de su trabajo se desmarcó del resto de sus compañeros de generación, creando una obra particular y única, especializada en la comedia y en la farsa, géneros que, hasta la fecha, siguen siendo vistos con recelo en distintos sectores de la escena.

Rosalba y los llaveros, como lo señala el maestro Moncada, es una de las obras de una nueva dramaturgia que, a la entrada de la década de los cincuenta, recibió el apoyo de figuras como Novo. Textos como Los signos del zodiaco de Sergio Magaña dirigido también por Novo, Las cosas simples de Héctor Mendoza en dirección de Celestino Gorostiza, Susana y los jóvenes de Jorge Ibargüengoitia dirigido por Luis G. Basurto y Los frutos caídos de Luisa Josefina Hernández en dirección de Seki Sano, irrumpieron a lo largo de la década de los cincuenta como un aire fresco y renovador, que se desmarcaba de la generación anterior, principalmente del maestro todos ellos, Rodolfo Usigli y que se preparaba, sin saberlo, para hacer frente a la década más notable del siglo XX: la de los sesenta.

Tras el éxito de Rosalba y los llaveros, los directores mexicanos dirigieron la mirada hacia el nuevo autor. Así, durante la década de los cincuenta, Xavier Rojas dirigió La zona intermedia, Celestino Gorostiza montó la pieza infantil El viaje de Nocresida, que coescribió junto con Sergio Magaña, Fernando Wagner puso en escena Palabras cruzadas, obra mejor conocida como La danza que sueña la tortuga, Luisa Rooner escenificó el auto sacramental La hebra de oro, mientras que actores de sumo prestigio como Carmen Montejo y José Elías Moreno protagonizaron Felicidad.

Justo diez años después de su entrada triunfal a la escena, su compañero de generación Héctor Mendoza, quien se estaba formando como director, tomó su texto El relojero de Córdoba para darle un nuevo éxito. En el montaje de 1960 participaron la legendaria Amparo Villegas y la joven Ana Ofelia Murguía, quien empezaba a colaborar con Mendoza y participaría en su primera obra escrita por Carballido.

Obras como la pieza infantil, El jardinero y los pájaros que le dirigió Lola Bravo y Teseo que nuevamente le dirigió Salvador Novo, precedieron a tres de los más representativos estrenos que tuvo Carballido: la farsa Silencio, pollos pelones, ya le van a echar su máiz de 1964, dirigida por Dagoberto Guillaumín, quien dos años más tarde puso en escena Yo también hablo de la rosa, teniendo como dupla protagónica a los muy jovencitos Angelina Peláez y José Alonso. En 1967, Xavier Rojas escenifica Te juro Juana que tengo ganas, una de sus farsas más aplaudidas. Finalmente, en 1968 el montaje de Medusa a cargo de José Solé es elegido para representar a México en la Olimpiada Cultural de ese año.

Aunque fue la zona en la que fue ampliamente reconocido, Emilio Carballido no se quedó con las ganas de nada: fue guionista de filmes que hoy son consideradas obras de culto, como Nazarín de Luis Buñuel, Macario, La rosa blanca y Días de otoño de Roberto Gavaldón, además de El águila descalza de Alfonso Arau y Reed: México Insurgente de Paul Leduc, por citar los más notables ejemplos, amén de adaptar al cine varios de sus éxitos teatrales.

Fue traductor de las obras Las brujas de Salem de Arthur Miller -junto a Luisa Josefina Hernández– que dirigió Seki Sano, además de Un proyecto para vivir de Noel Coward, La educastradora de Roberto Athayde y Trabajos de amor perdidos de William Shakespeare.

Fue también elogiado por su obra narrativa, en la que destacan las novelas La veleta oxidada, El norte y Las visitaciones del diablo y La caja vacía, además de libros de relatos y varios títulos dedicados a las infancias.

Dirigió su texto Un vals sin fin por el planeta, pero también puso en escena textos de otros compañeros, como La paz de la buena gente de Óscar Villegas, Huélum o de cómo pasar matemáticas sin problemas de Alejandro Licona y La misma sangre de Carlos Velis, esta última dentro del Festival Latino de Nueva York en México.

No conforme con todo ello, también fue autor de una ópera: Misa de seis, con música de Carlos Jiménez Mabarak.

Como editor, Carballido dirigió la colección Teatro de Editores Mexicanos Unidos, una editorial que aunque hoy en día no goza del más alto estatus en el ámbito, en su momento, gracias a dicha colección fue posible hacer asequibles a estudiantes y profesionales varios de los textos dramáticos más importantes del teatro mexicano y universal.  Allí, Carballido publicó sus antologías clásicas: Teatro joven de México y El arca de Noé: antología y apostillas de teatro infantil.

Pero su tarea editorial más importante hasta nuestros días es la creación y mantenimiento de Tramoya, una revista especializada que en este 2025 está cumpliendo 50 años de dar a conocer lo más selecto de la dramaturgia contemporánea nacional e internacional, además de contundentes ensayos teatrales. Es la publicación de artes escénicas más longeva de nuestro país y actualmente es dirigida por Héctor Herrera, compañero de vida y oficio de Emilio Carballido y actual depositario de su legado.

Para celebrar los primeros 25 de sus casi 60 años de trayectoria, en 1975 fue montada por Raúl Zermeño, Las cartas de Mozart.

Más adelante, para festejarle por todo lo alto 70 años de vida y 45 años de actividad artística, el INBA y la UNAM efectuaron entre 1995 y 1996 un Homenaje Nacional que incluyó una exposición fotográfica, dos estrenos y el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el rubro de Literatura.

Años antes de ese magno evento, sucedieron los estrenos de sus obras Un pequeño día de ira en dirección de Felio Eliel; Orinoco, bajo la batuta del genio Julio Castillo -aunque, hay que decirlo, no se tiene registro de que haya sido una mancuerna por demás memorable, como sería de esperarse-, Fotografía en la playa dirigida por Alejandra Gutiérrez, quien también escenificó Conversación entre las ruinas.

La Compañía Nacional de Teatro, fundada cuando ya Carballido era una figura mayor de la escena, le produjo tres estrenos: El día que soltaron los leones dirigida por Abraham Oceransky, Tiempo de ladrones (La historia de Chucho el Roto) con dirección de Marta Luna y Los esclavos de Estambul bajo la batuta de Ricardo Ramírez Carnero, quien Carballido encomendaría otros textos suyos, como Caprichosa la vida y Algunos cantos del infierno, el último que estrenaría en vida, en 2007. En medio de esos títulos, los dos que conformaron su Homenaje Nacional: El mar y sus misterios y Escrito en el cuerpo de la noche, ésta última su último triunfo teatral de amplio espectro.

En ella se resumen de inmejorable manera los universos que durante toda la segunda mitad del siglo XX concibió Carballido: los personajes entrañables, las situaciones que de tan reales resultan delirantes y viceversa, los anhelos personalísimos, la sociedad que señala y juzga, la gente que lucha por algo sea en pequeña o gran escala, la ternura y la crueldad dándose la mano para estrellar los sueños de seres que, aún así, sonríen porque saben que “todavía falta lo mejor”.

En Escrito en el cuerpo de la noche se logró el prodigio de tener un texto maestro -casi un testamento-, una dirección notable de Ricardo Ramírez Carnero y, sobre todo, dos actuaciones protagónicas que hasta hoy en día son recordadas y permanecen como referente del alto nivel actoral en nuestro país: las de Ana Ofelia Murguía y Marta Aura, quienes gracias al cineasta Jaime Humberto Hermosillo lograron vencer el obstáculo de lo efímero y dejaron sus creaciones para la posteridad, en la versión cinematográfica que este cineasta hizo de la obra.

Si bien en su momento con comedias como Rosalba y los llaveros y Te juro Juana que tengo ganas cambió el rumbo de la dramaturgia mexicana e incluso ya en el nuevo milenio atestiguó el estreno de montajes notables como Zorros chinos -cuyo texto años más tarde sería adaptado para una ópera compuesta por Lorena Orozco– dirigido por Carlos Corona y La prisionera en dirección de Mercedes de la Cruz, ninguna de las obras de Emilio Carballido ha tenido en los años recientes el éxito que suscita su texto: Rosa de dos aromas.

Estrenado en 1984, el montaje dirigido por Mercedes de la Cruz permaneció más de un lustro en la Cartelera de Teatro, con las actuaciones de Ana Bertha Espín y Gina Morett. Desde entonces la obra ha sido tomada como caballito de batalla por productores profesionales y compañías de aficionados. En las últimas dos décadas ha sido interpretada, en distintas temporadas, por Cinthya Klitbo junto a actrices como Consuelo Duval, Raquel Garza y Rebecca Jones.

Hace apenas un par de años, la obra fue escenificada por dos famosas y queridas hermanas del espectáculo: Sylvia Pasquel y Rocío Banquells, bajo la dirección de Hugo Arrevillaga. Volviendo a Klitbo, también estelarizó, junto a Azela Robinson, un nuevo montaje de Orinoco dirigido por Benjamín Cann.

Antes de ser reestructurada, la Compañía Nacional de Teatro escenificó, en el Palacio de Bellas Artes, una nueva producción de Fotografía en la playa, con la plana mayor del teatro mexicano dirigida por Raúl Quintanilla: Ana Ofelia Murguía, Concepción Márquez, Marta Navarro, Laura Almela, Luis Rábago, Arturo Beristáin y la joven Marina de Tavira, por mencionar a algunos.

Fiel seguidora e investigadora de su obra, la actriz Zaide Silvia Gutiérrez dirigió un nuevo montaje de Conversación entre las ruinas, con Ángeles Marín y Alberto Estrella, dos actores que, junto con Víctor Carpinteiro, desde el escenario del Círculo Teatral han preservado y difundido el legado de Carballido.

En un muy notable esfuerzo por visibilizar a través de montajes profesionales las piezas breves que conforman su clásico DF -un compendio recurrente en escuelas de actuación y grupos de aficionados-, Julián Robles produjo en 2015 un ciclo de MicroTeatro denominado “Historias de la Ciudad de México”, con 13 de las 52 obras dirigidas por creadores como Francisco Franco, José Alberto Gallardo, Claudia Ríos, Martín Acosta -que propuso una desternillante lectura de El censo con Lumi Cavazos y Verónica Merchant como pocas veces se les ha visto-, David Olguín, Sandra Félix, Mario Espinosa, Enrique Singer y el infalible Ricardo Ramírez Carnero -quien dirigió a Teresa Valenzuela, actriz experta en la entrañable crueldad de Carballido, en la delirante Con un poco de ayuda celestial-.

Docente de nuevas generaciones de dramaturgos, merecedor en tres ocasiones del Premio Juan Ruiz de Alarcón, así como del Premio Casa de las Américas en La Habana y de un Ariel de Oro, el nombre de Emilio Carballido da título y prestigio a un Premio Nacional de Dramaturgia y a un festival artístico que sucede en Córdoba, Veracruz. Sin embargo, a 100 años de su natalicio y a 17 años de su partida -el 11 de febrero de 2008- hace falta ver los textos de Carballido sobre la escena. Aunque sus farsas y comedias atendieron a asuntos propios de las décadas pasadas, mucho hay que pueden decir en éstos tiempos que, si algo ameritan, son de la farsa y la comedia.

Son muchas las piezas de Carballido que bien merecen nuevas visitas y lecturas. En el cumpleaños 100 de Emilio Carballido ni podría haber mejor obsequio para su legado que escenificarlo y publicarlo para ponerlo al alcance de nuevas generaciones. Hay mucho que ver y escuchar de Emilio Carballido en éstos tiempos tan necesitados de esa esperanza que, a pesar de la crueldad y gracias a la ternura, hace que uno sonría.

El legado de Carballido apela precisamente a eso: a la ternura, a la ilusión y a la expectativa aún cuando sabemos que todo está por colapsar; por eso sus textos, aunque parecieran haber quedado en el siglo XX, siguen hablando, siguen abrazando, siguen dando una bofetada contundente, pero amable. El legado de Emilio Carballido son esos personajes que no le piden nada a los seres de nuestros días: esos que aún con los sueños rotos se detienen un momento para decirle al otro: “¡y falta lo más hermoso todavía!”.

Por Enrique Saavedra