Hay temas que en México no se tocan o al menos no sin incomodar: la imagen de la Guadalupana es uno de ellos. Está en las casas, en las calles, en la ropa, en la memoria colectiva, pero casi nunca nos detenemos a preguntarnos algo esencial: ¿quién la pintó realmente?
El monólogo, Yo, Marcos, parte de esa grieta, no para negar ni imponer una verdad, sino para abrir una posibilidad: la de Marcos Cipac, un tlacuilo indígena que, según algunas hipótesis, pudo haber sido el autor de la imagen más venerada del país, y cuyo nombre fue desplazado -o incluso borrado— de la historia.
Sobre su existencia hay apenas rastros: escasos documentos, menciones dispersas y un silencio que no es casual. Como ocurrió con muchos pueblos originarios tras la Conquista, su historia quedó relegada frente a un proceso de imposición cultural que buscó reorganizar las creencias, las imágenes y las formas de nombrar el mundo, dando paso a un sincretismo que transformó profundamente la identidad de los territorios conquistados.
Hoy, gracias al trabajo de dramaturgia de Adriano Madriles y la dirección de Omar Flores Sarabia, con la interpretación de Alberto Juárez, esta historia encuentra un espacio en la escena para ser mirada desde otro ángulo. Desde el teatro, esta obra abre una conversación necesaria y, justamente por eso, aquí te damos tres razones para no perdértela.
1. Cuestionando un símbolo profundamente arraigado. Sin caer en posturas dogmáticas, la obra plantea una pregunta que rara vez se formula en voz alta: ¿qué sabemos realmente sobre el origen de la imagen de la Virgen de Guadalupe? A partir de la figura de Marcos Cipac, el montaje abre una fisura en el relato oficial y propone mirar este símbolo desde otro ángulo. No se trata de desmentir creencias, sino de ampliar la conversación y reconocer que la historia también está hecha de silencios.
2. Convierte la investigación en una experiencia escénica viva. Aquí no hay una narración distante. Alberto Juárez no sólo interpreta a Marcos Cipac, también se presenta como un actor en búsqueda, alguien que investiga, duda y se deja afectar por lo que encuentra, construyendo un puente entre el pasado y su propia experiencia. De esta manera, la escena se transforma en un espacio donde conviven la investigación histórica, la ficción y la memoria personal, en un viaje que va de la antigua Tenochtitlan hasta España, donde las coincidencias entre pasado y presente comienzan a desdibujar la línea entre historia y mito.
3. Una mezcla entre ritual, imagen y emoción. Yo, Marcos no se sostiene únicamente en su tema, sino en cómo lo lleva a escena. El uso de elementos rituales, el diseño audiovisual y la presencia física del actor construyen una atmósfera que transita entre lo íntimo y lo simbólico. La obra no busca imponer un discurso, sino generar una experiencia, una en la que el espectador conecta desde la emoción, la memoria y la duda.
Yo, Marcos es de esas obras que no terminan cuando se apagan las luces, porque deja una inquietud difícil de soltar: ¿quién fue realmente Marcos Cipac?, ¿qué hay detrás de esa imagen? Y salir con la necesidad casi inevitable de empezar a buscar tus propias respuestas, para más información de la obra, da clic aquí.
Por Itaí Cruz, Fotos: Mariana Medina














