Las historias distópicas ejercen una fascinación difícil de explicar. El concepto creado en el siglo XIX por John Stuart Mill nos ha acompañado desde entonces. El siglo XX vio nacer historias del género que son icónicas: Un mundo feliz, 1984, Fahrenheit 451, La naranja mecánica o Blade Runner, entre muchas otras. En ellas conviven sociedades en crisis y elementos de ciencia ficción.

Tal vez este tipo de historias captura nuestra imaginación porque en ellas podemos explorar nuestros miedos como sociedades y canalizar nuestras ansiedades. Son una especie de escaparate en el que podemos visualizar lo que —si ciertas problemáticas actuales continúan y se profundizan— podríamos enfentar en un futuro próximo. Son, tal vez, también una señal de alerta ante el totalitarismo, la hipervigilancia, la desigualdad, el avance tecnológico descontrolado y las catástrofes que —autoinfligidas o por parte de la naturaleza— nos acechan como especie.

Sin embargo, probablemente lo que más nos atrae del género es que la gran mayoría de las distopías giran en torno a la resiliencia del ser humano y a la esperanza. En ellas, generalmente, vemos seres humanos que ante la catástrofe o sociedades asfixiantes luchan por sobrevivir y preservar esas cualidades que nos hacen humanos.

En este género de obras se inscribe Un mundo después del mundo. Escrita y dirigida por Vladimir Chorny, actúan Pilar Boyle y Augusto Ghirardelli. En un refugio subterráneo, Vela y Sil luchan por mantener la memoria y la imaginación. Tratan, día a día, luchar contra el olvido. Están atrapados en un mundo azotado por una lluvia interminable, en el que el tiempo transcurre de manera distinta, regido por “procesos” que se repiten. Entre la búsqueda de objetos y esforzándose por recordar cosas ya olvidadas, viven cada día. Sin embargo, entre este par de seres que solo se tienen el uno al otro, también hay un secreto.

Aquí te decimos tres razones para ver Un mundo después del mundo.

1. Advertencia sobre los riesgos de un sistema que nos abstrae y exige como tributo partes fundamentales de nosotros. Vela y Sil viven para cumplir una tarea repetitiva cada uno. Existen los otros que —desde fuera del búnker— vigilan que estas tareas se cumplan. La amenaza velada de que colapse lo poco que les queda si desobedecen pesa sobre ellos.

2. La narración propuesta es efectiva y nos habla de lo que el autor desea sin empantanarse en explicaciones. En este sentido busca generar sensaciones más que conceptos profundos sobre los elementos tecnológicos con los que conviven sus personajes y la vigilancia a la que están sometidos. Tampoco sabemos qué fue lo que llevó al mundo a su colapso. La historia, en cierta forma, nos recuerda el Mito de la Caverna de Platón: público y personajes estamos limitados a lo que percibimos, ignoramos muchas cosas, pero intuimos que afuera del refugio hay otra verdad.

3. El montaje, con sus elementos visuales y sonoros, logra crear un discurso poético interesante. Transmite —más allá de lo racional— sensaciones que nos hacen reflexionar sobre temas como la memoria, el tiempo, la esperanza y la ternura.

La obra, de la compañía Entre Nardos, es una buena opción si te gustan las historias distópicas. En ella encontrarás interpretaciones sólidas por parte de su elenco, además de un buen trabajo de su equipo creativo para envolvernos en el ambiente apocalíptico en el que viven los personajes, integrado por Mario Marín del Río en diseño de escenografía y vestuario, Mauricio Arizona en diseño de iluminación y utilería, Fenna Frei en el diseño sonoro y música original.

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Por Óscar Ramírez Maldonado, Foto: Cartelera de Teatro.