A veces, el teatro nos recuerda que las historias más pequeñas pueden ser también las más poderosas, tal es el caso de la obra,  Un barquito en la pared, escrita por Itzel Villalobos y dirigida por Faviola Llamas, que es una de esas joyas escénicas que tocan fibras profundas y permanecen mucho después de bajar el telón.

Detrás de la leyenda de la mulata de Córdoba hubo una mujer afromexicana del siglo XVII, marcada por el racismo, la misoginia y la intolerancia de su época. Su historia fue distorsionada hasta convertirse en mito, borrando su humanidad y reduciéndola a un personaje exótico.

Esta obra resignifica su figura desde una mirada crítica y feminista. En esta versión, Petra y su madre observan cómo se llevan a Soledad, su vecina, acusada injustamente de un crimen. Petra, paralizada por el miedo, se queda sin actuar. Mientras tanto, en prisión, Soledad hila cuento tras cuento, intentando retrasar su condena, aferrándose a la palabra como forma de resistencia y búsqueda de justicia.

Con un elenco entrañable, la obra nos invita a mirar con otros ojos lo cotidiano, lo roto, lo que flota aunque parezca hundirse. No hay artificios: sólo verdad, memoria, dolor y ternura.

Si estás buscando una experiencia teatral que realmente te mueva, esta es una apuesta segura:

1. Aquí, la leyenda se transforma en una denuncia. La puesta retoma la figura de “La mulata de Córdoba” y la coloca en un nuevo contexto: más real, más crítico y poderosa. En lugar de perpetuar el mito romántico o misterioso, la dramaturga Itzel Villalobos nos invita a ver a esta mujer como parte de una historia mayor: la de las mujeres afromexicanas, cuya existencia ha sido invisibilizada durante siglos. A través de esta leyenda reinterpretada, la obra da voz a un colectivo que ha sido sistemáticamente silenciado. Aquí, la leyenda se transforma en una denuncia: del racismo, del machismo y del olvido. Esta es una puesta que te confronta, te remueve y te invita a cuestionarte.

2. Actuaciones profundamente conmovedoras. El elenco hace un trabajo de entrega absoluta. Fabiola Villalpando, Patricia Loranca *, Paty Vaca * (quienes alternan personaje),  Adriana Alonso y Mario González-Solís logran una conexión poderosa con el público. No actúan los personajes: los habitan. Hay una química entre ellos que sostiene la narrativa y la vuelve más real, más urgente. Saldrás del teatro con lágrimas en los ojos, pero también con la sensación de haber presenciado algo honesto y necesario.

3. Pone el dedo en la llaga: los feminicidios en México. El montaje no se queda en el pasado; lo usa como espejo del presente. La historia de la mulata se convierte en un reflejo doloroso y urgente de la violencia que viven las mujeres en México hoy. La obra toca de frente el tema de los feminicidios, no desde el morbo, sino desde la dignidad, desde la necesidad de nombrar lo que muchos prefieren callar. Es una denuncia escénica que incomoda —como debe ser—, pero también moviliza. Nos recuerda que cada historia contada es también un acto de resistencia, y que en el teatro, como en la vida, ya no podemos seguir siendo espectadores pasivos ante tanta injusticia.

Un barquito en la pared es de esas obras que llegan al alma, una experiencia emotiva, íntima y profundamente humana que se disfruta desde la butaca pero se procesa en el corazón. Si buscas una función que te haga sentir —de verdad—, esta es una de esas raras oportunidades. No la dejes pasar, consulta horarios y precios, aquí.

Por Itaí Cruz, Foto: Cortesía Producción/Fernanda Olivares