Hay personas que aparecen en nuestra vida para quedarse y otras que, aunque el tiempo las lleve por un camino distinto, dejan una huella imborrable porque gracias a ellas crecimos, aprendimos y descubrimos una mejor versión de nosotros mismos. Te quiero hasta la luna es una obra sobre el amor, pero también sobre ese crecimiento compartido que nace cuando alguien nos acompaña en los momentos que terminan por definir quiénes somos.
Dirigida por Anahí Allué y protagonizada por María Kemp y Miguel Tercero, la puesta nos invita a emprender un viaje entre la infancia, la adolescencia y la adultez, donde los recuerdos, las risas y las promesas se entrelazan para recordarnos que hay historias que nunca dejan de formar parte de nosotros.
Si buscas una obra que te haga sonreír, emocionarte y salir del teatro con el corazón ligero, aquí tienes tres razones para subirte a esta nave.
1. Un viaje que entra por los ojos y se queda en el corazón. La obra parte de una premisa tan inusual como un viaje turístico a la Luna, pero la dirección de Anahí Allué nunca pierde de vista que el verdadero recorrido ocurre dentro de Julia y Pablo. Con una puesta ágil y llena de sensibilidad, la directora entrelaza el presente con distintos momentos de la infancia, la adolescencia y la adultez de los protagonistas, permitiendo que cada recuerdo revele una nueva pieza del rompecabezas de su relación. Lo más valioso es que estos constantes saltos en el tiempo fluyen con absoluta naturalidad. La historia avanza sin artificios, alternando momentos de humor, nostalgia y emoción que hacen que el público se sienta como un testigo privilegiado de una historia que, tarde o temprano, termina recordándonos alguna parte de la nuestra.
2. Dos maletas, miles de emociones. Desde su primera escena juntos, María Kemp y Miguel Tercero construyen una complicidad tan genuina que resulta fácil creer que Julia y Pablo llevan toda una vida compartiendo sueños, discusiones y recuerdos. Ambos transitan con enorme naturalidad entre los siete, los doce y los treinta años, apoyándose en pequeños cambios de energía, corporalidad y voz que hacen innecesarias las grandes transformaciones, su química es el corazón de la obra. Hay momentos en los que entendemos las razones de Julia, otros en los que inevitablemente nos ponemos del lado de Pablo, porque ninguno de los dos está construido desde el juicio o el estereotipo. Son personajes profundamente humanos, con virtudes, inseguridades y contradicciones que despiertan empatía. Entre ocurrencias, guiños nerds, canciones, pequeños celos y gestos de enorme ternura, Kemp y Tercero consiguen que el público no solo observe su historia, sino que deseemos acompañarlos hasta el último momento, como si también formáramos parte de esa travesía.
3.Una atmósfera donde la imaginación hace el resto. Antes de que comience la función, la escenografía ya nos invita a despegar. La plataforma circular, las pequeñas esferas suspendidas y la imponente Luna que domina el escenario bastan para despertar la imaginación del espectador. No es una producción que busque deslumbrar por su monumentalidad, sino por la manera en que cada elemento está al servicio de la historia. La iluminación termina de darle vida a ese universo. Sus sutiles cambios acompañan los saltos entre las distintas etapas de Julia y Pablo. Juntas transforman el mismo espacio en un salón de clases, una sala de cine, la cabina de una nave espacial o un recuerdo que vuelve a cobrar vida. Es una muestra de que el teatro no necesita grandes artificios para llevarnos muy lejos cuando la imaginación hace el resto.
Quizá al salir del teatro no estés pensando en viajar a la Luna, sino en esa persona con la que compartiste una promesa, una canción o una etapa que terminó por cambiarte. Porque Te quiero hasta la luna nos recuerda que hay historias que, sin importar cómo terminen, siempre dejan una huella en quienes somos, para más información da clic aquí.
Por Itaí Cruz, Fotos: Ignacio Ponce















