Hay algo fascinante y quizá hasta obsesivo en la necesidad que tienen los creadores de volver una y otra vez a las obras de William Shakespeare. Sus textos parecen condenados a revivir eternamente sobre el escenario porque, siglos después, siguen encontrando nuevas heridas que tocar. Pocas tragedias envejecen tan brutalmente tan bien como: Rey Lear.

Escrita entre 1605 y 1606, la obra habla de un hombre viejo incapaz de soltar el poder, de hijas atravesadas por el resentimiento, de la necesidad enfermiza de ser amado y de una sociedad donde la adulación vale más que la honestidad. Más de cuatrocientos años después, esos temas no sólo permanecen vigentes, parecen haberse radicalizado. La vejez continúa siendo vista como un estorbo, las relaciones familiares se fracturan bajo el peso del ego y el poder sigue construyéndose desde la necesidad de control y validación emocional.

La adaptación, dirigida y traducida por Angélica Rogel y producida por Óscar Uriel, toma toda esa oscuridad y la traslada al universo del teatro. Aquí Lear ya no es un rey medieval, es un director escénico que decide heredar su compañía a sus hijas, detonando un derrumbe emocional tan íntimo como devastador que se vuelve un espejo de nuestras propias fracturas.

Aquí te damos 3 razones para que te lances a verla:

1. La mirada contemporánea de Angélica Rogel. En los últimos años, Angélica Rogel ha construido una línea de trabajo reconocible dentro del teatro mexicano contemporáneo junto al productor Óscar Uriel. Rey Lear es parte de una búsqueda artística que Rogel ha desarrollado a través de montajes que dialogan entre sí desde la tragedia, la identidad, la violencia emocional y la fragilidad humana. Ahí están títulos como Titus y Hamlet. Más que montajes aislados, la sensación es que Rogel ha ido consolidando una mirada contemporánea sobre los clásicos, versiones que despojan a estos textos de solemnidad museística para devolverles una violencia emocional cercana. En Rey Lear, esa búsqueda alcanza uno de sus puntos más sólidos, porque el universo teatral en el que sitúa la historia permite hablar simultáneamente del arte, el ego, el poder y la necesidad de trascender.

2. Luis de Tavira el corazón emocional del montaje. Ver a Luis de Tavira interpretar a Lear es, por sí solo, uno de los grandes acontecimientos teatrales del año. No únicamente por tratarse de una de las figuras más importantes de la escena mexicana, sino porque existe una resonancia inevitable entre el personaje y el actor: ambos son hombres profundamente ligados al teatro, conscientes del peso del tiempo, de la herencia y de la permanencia. De Tavira construye un Lear duro, orgulloso, vulnerable y por momentos devastador. Por su parte, el elenco logra funcionar como un organismo colectivo que sostiene el universo de la tragedia. Mariana Gajá y Mayra Batalla construyen hijas duras y emocionalmente ambiguas; Diana Sedano aporta sensibilidad tanto como Cordelia como en el rol del Bufón; mientras Mauricio García Lozano y Alejandro Morales mantienen con fuerza la segunda línea dramática de Gloucester y Edmundo. La obra encuentra algo muy valioso, no convertir a Lear en una figura intocable, sino en un hombre roto frente a un escenario que poco a poco se convierte en ruina emocional.

3. Un minimalismo escénico que acerca la tragedia al presente. Lejos de apostar por una producción fastuosa o una recreación histórica tradicional, la propuesta de Javier Ángeles (escenografía), Patricia Gutiérrez (iluminación), José Manuel Majul (vestuario) Ana Isabel Vallejo (diseño de imagen) trabajan desde el minimalismo y la exposición total del artificio teatral. Este Lear ocurre en un espacio reconocible y contemporáneo donde los personajes parecen ensayar constantemente sus afectos, sus traiciones y sus disputas de poder, convirtiendo al teatro literalmente en el reino. No hay coronas ni capas, predominan prendas contemporáneas, tonos neutros y elementos funcionales que refuerzan la idea de una compañía teatral en plena crisis emocional y creativa. Esa austeridad visual obliga al espectador a concentrarse en la palabra, el cuerpo y las relaciones humanas.

Esta propuesta nos demuestra que Shakespeare no necesita monumentalidad para sacudir al público. Basta una mesa, unas cuantas sillas y un grupo de actores enfrentándose al dolor humano para recordar que Rey Lear sigue hablando ferozmente de nosotros, para conocer más información da clic aquí.

Por Itaí Cruz, Fotos: Luis Quiroz