El teatro y los robots parecen una combinación un poco extraña. Sin embargo, en 1921 se estrenó en Praga R.U.R. (Robots Universales de Rossum), de Karel Čapek. Desde entonces, y hasta llegar a Maybe Happy Ending –el musical coreano de 2016, que actualmente tiene un exitoso montaje en Broadway–, la aparición de estos personajes en escena no resulta tan inusual.

Oso polar decapitado, escrita por David Gaitán y dirigida por Martín Acosta, es una de estas obras; entre sus personajes se encuentran algunos robots. Ante un evento que bloqueará por un tiempo indeterminado la luz del Sol en la Tierra, una empresa tecnológica ofrece –a quienes puedan pagarlo– un plan de supervivencia. Los encargados de cuidar a los clientes que estarán hibernando son robots.

Una figura poética persistente, un oso polar que ha perdido literalmente la cabeza, contrapuntea lo que sucede al interior de la empresa. El oso camina por un mundo helado, buscando aquello que ha perdido. Atraviesa un mundo al límite que enfrenta un futuro incierto.

El montaje hace guiños hacia el género de la ciencia ficción de los años sesenta. Combina por igual la inocencia con la que se abordaba el género en aquel entonces, con humor negro y un poco de cinismo más actuales. La nostalgia de una estética un poco retro convive con un lenguaje escénico más contemporáneo.

Aquí te damos tres razones para ver esta historia que, con las actuaciones de Verónica Bravo, Pablo Chemor, David Gaitán y Xóchitl Galindres, transcurre en un mundo distópico.

1. Un montaje que reflexiona sobre el avance tecnológico, nuestra fe ciega en él, y cómo ha modificado nuestras formas de vincularnos. El texto, además, cuestiona un sistema en el cual –incluso la vida– tiene un costo que se puede tasar.

2. Un texto que nos invita con humor y momentos cargados de poesía a mirar hacia eso que nos hace humanos. Nos deja con una pregunta muy vigente: ¿Es necesaria una perturbación planetaria para que lleguemos a una “noche eterna”, o por el contrario, ya estamos en ella sin saberlo?

3. Estética permeada por la nostalgia. El vestuario y algunos elementos de utilería remiten a los años sesenta del siglo XX. Un escenario minimalista, iluminación que evoca un ambiente tecnológico y música en vivo con acordeón y sintetizador analógico, crean un universo contrastante.

En este montaje, David Gaitán continúa explorando los límites de la relación del ser humano con la tecnología. Si en El mar es un píxel cuestiona el impacto del mundo digital y los algoritmos en las relaciones personales y la idea de honorabilidad, en Oso polar decapitado nos deja con una pregunta en la cabeza: ¿Qué tan responsable es confiar nuestro avance y supervivencia individual y como especie a la tecnología y a la inteligencia artificial?

Para más información del montaje haz clic aquí.

 

Por Óscar Ramírez Maldonado, Foto: INBAL