¿Cuántas veces entramos al teatro creyendo que sabemos exactamente lo que vamos a ver? A veces basta una función para recordarnos que la realidad es mucho más amplia de lo que imaginamos. Eso ocurre con Odio que los abrazos no duren más de cuatro horas, una puesta en escena de Teatro Ciego que habla del amor, la soledad y la necesidad de conexión humana desde un lugar sensible y sorprendente.

Más allá de la historia de personajes atrapados en recuerdos imposibles de soltar, la obra también representa una invitación a mirar distinto, y no se trata únicamente de la inclusión como concepto, sino de reconocer que existen muchas formas de habitar el escenario, de crear arte y de relacionarnos con el mundo.

Con una propuesta que mezcla teatro, música en vivo, danza, Lengua de Señas Mexicana y una poderosa estética visual, esta producción es una de las experiencias más peculiares que se presentan actualmente en cartelera.

Aquí te compartimos tres razones para no perdértela:

1. Teatro Ciego lleva años transformando la manera de hacer teatro en México. Desde su fundación en 2007, Teatro Ciego ha construido una trayectoria que va mucho más allá de la accesibilidad. La compañía ha desarrollado un lenguaje propio donde el sonido, la palabra, las sensaciones y la imaginación ocupan un lugar central. A lo largo de los años, ha demostrado que la inclusión no es una concesión ni un añadido, sino una forma de enriquecer la experiencia artística para todos. Bajo la dirección de  Juan Carlos Saavedra, este montaje representa una nueva etapa para la agrupación que apuesta por una producción multidisciplinaria de gran formato, con música en vivo, intérpretes de Lengua de Señas Mexicana integrados a la acción escénica y una escenografía monumental. Con esta obra, la compañía reafirma por qué es uno de los proyectos escénicos más importantes e innovadores del país.

2. Convierte el desamor en un universo divertido y conmovedor. La obra parte de historias marcadas por la pérdida y el abandono, sin embargo, su tono está lejos del melodrama. Aquí conocemos a una mujer atrapada en una Navidad eterna esperando el regreso de quien la dejó, a un hombre incapaz de acercarse al amor por sus inseguridades, a personajes que repiten una y otra vez las heridas que los marcaron y a un oso panda que recorre la escena buscando abrazos.  Gracias a la dramaturgia de Itzel Lara, la obra explora las heridas que dejan las rupturas amorosas, la dificultad de soltar el pasado y la soledad, sin perder ligereza ni sensibilidad. Es una obra en la que es fácil reconocerse, reírse de las propias obsesiones y, de paso, recordar que todos cargamos alguna historia que todavía estamos aprendiendo a soltar.

3. Un espectáculo visual y musical que sorprende de principio a fin. Las imágenes que construye la puesta permanecen en la memoria mucho después de que termina la función. Una enorme estructura metálica de varios niveles, músicos integrados a la escena, luces de colores vibrantes, personajes extravagantes y un panda que camina entre los sueños rotos de los demás forman parte de un universo escénico lleno de imaginación. A ello se suma la música interpretada en vivo, las coreografías, el trabajo corporal del elenco y una propuesta accesible que incorpora audiodescripción e intérpretes de Lengua de Señas Mexicana como parte orgánica de la narrativa. Todo convive en una experiencia que estimula distintos sentidos y demuestra que el teatro puede ser tan diverso como las personas que lo crean.

Si buscas una obra distinta, emotiva y capaz de hacerte salir del teatro con más preguntas que respuestas, Odio que los abrazos no duren más de cuatro horas es una de esas experiencias que vale la pena abrazar, mientras dura, para conocer más información del montaje, da clic aquí.

Por Itaí Cruz, Fotos: Cartelera de Teatro