La ciencia ficción, desde que surgió, ha recorrido diversos caminos. Su fecha y lugar de origen son todavía tema de debate. Hay quienes consideran que La epopeya de Gilgamesh, escrita entre el 2,500 y el 2,000 antes de Cristo, contiene ya la semilla de este género. Se trata de una de las obras literarias más antiguas que se conocen. Por sus temas y por echar mano de la ficción especulativa, podemos encontrar, si bien no un antecedente directo, sí algunos paralelismos entre ambas.
Si bien en el siglo XIX existen obras que apuntan claramente hacia la ciencia ficción —por ejemplo, Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley, o las célebres obras de Julio Verne— desde el siglo XVII encontramos novelas como El otro mundo, escrita entre 1657 y 1662 por Cyrano de Bergerac (el poeta, dramaturgo y pensador francés que inspirará la obra de teatro de Edmond Rostand a finales del siglo XIX), que se encuadran perfectamente en esta clase de literatura.
Nosotros íbamos a cambiar el mundo, de José Emilio Hernández, es una obra de teatro de ciencia ficción blanda (esa que se centra en el desarrollo de los personajes más que en los datos tecnológicos y científicos), pero tiene también toques de novela negra, intriga internacional y bastante humor. Ésta es una propuesta refrescante y que explora temas como el amor, las relaciones y el tiempo. Se trata de un montaje que el espectador puede abordar simplemente como una narración entretenida o puede profundizar en los distintos niveles que nos ofrece, teniendo una experiencia completa de entretenimiento y reflexión.
Bajo la dirección de David Jiménez Sánchez, este unipersonal lo interpreta Luis Eduardo Yee. Desde el subgénero del viaje en el tiempo, se nos narra una historia de amor algo distinta, que nos hace preguntarnos: ¿qué harías si pudieras cambiar el pasado?
Aquí te decimos tres razones para ver esta producción de Los Bocanegra, 8m3 y Teatro UNAM.
1. En un mundo que está al borde del fin, a partir de la premisa de la posibilidad de viajar al pasado para cambiar el presente, este montaje en realidad nos habla del amor, la memoria, la reconstrucción de vínculos y de abrazar nuestra propia historia personal.
2. Una estética que se mueve entre el retrofuturismo y la nostalgia. Fernanda García (también productora del montaje) crea un espacio escénico con elementos que nos remiten al pixel art o a la estética vintage de ciertas sagas cinematográficas o de videojuegos, donde el futuro cercano y distópico convive con elementos de otras épocas. Números pegados en cada elemento son una guía para ubicar, en un mapa dentro de la sala, de qué montajes anteriores procede cada pieza de la escenografía. Es una construcción de un espacio escénico a través de otros que lo precedieron en el tiempo.
3. Luis Eduardo Yee crea, a través de distintos tonos y capas, a los habitantes de este universo. El actor logra una escala de matices para interpretar a los personajes principales y a los secundarios. Se establece una convención clara en la que Luis Eduardo y María —protagónicos en la obra—, mantienen un tono apegado a lo natural y a la contención, se diferencian claramente del resto de los personajes incidentales, a los cuales dota de rasgos característicos definidos.
Si te gusta la ciencia ficción, las historias de amor y esas obras que te dejen al finalizar un sentimiento que se mueve entre la nostalgia y la esperanza, Nosotros íbamos a cambiar al mundo es para ti. En este mundo que vivimos, como dice el equipo de esta obra en el programa de mano: “cualquier aproximación al futuro es una preocupación por el presente”. Se trata de una preocupación pertinente, legítima y que muchos compartimos.
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