Ni una palabra (o de cómo convertirme en mar) nos sumerge en un sueño e invita a explorar la memoria para recuperar una voz silenciada hace mucho tiempo. Nos habla del viaje interno de su protagonista que la lleva a enfrentar una memoria traumática que trató de olvidar, pero que como el mar vuelve una y otra vez.

La escritura de Manya Loría y la dirección de Diego Collazo utilizan el mar como punto de partida y metáfora. En él cabe la memoria y lo reprimido: olas que se retiran para luego regresar. Pero en el mar está también el cambio, lo mutable y la transformación. Producido por la compañía Chac Bolay, este montaje está lleno de imágenes poéticas y visualmente atractivas que crean un universo propio.

Ana, la protagonista de esta historia, se desdobla en tres personajes. Aurora Gonzvel, Fabiola Rojo y Esmeralda Velázquez interpretan estas partes de Ana. El diseño sonoro, las proyecciones y la iluminación sirven como partes dinámicas en el diálogo interno del personaje.

Aquí te damos tres razones para ver Ni una palabra.

1. La autora confronta las heridas que deja una sociedad patriarcal: el silencio impuesto a las víctimas. Con su narraturgia, enfrenta con valentía y desde lo poético una realidad dolorosamente vigente.

2. Dramaturgia cercana al proceso de una compañía joven que busca un discurso propio. El cuidado y el amor se sienten en cada aspecto de este montaje que logra tender un puente con la audiencia. La conmueve, la lleva a la reflexión y la conecta con distintas emociones.

3. El diseño sonoro, escénico, de iluminación y multimedia trabajan en función de la narración. Son elementos que hacen avanzar el desarrollo dramático y crean un mundo que nos remite al sueño.

Ni una palabra (o de cómo convertirme en mar) es una buena opción si quieres ver una propuesta que desde lo dramático aborda una historia necesaria. Ni una palabra nos confronta y nos deja sentimientos encontrados que van entre la conmoción y la esperanza.

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Por Óscar Ramírez Maldonado.