Hay obras que se ven, y hay obras que se experimentan. Misantropías pertenece a esa segunda categoría. No sólo por su complejidad dramatúrgica o por su belleza escénica, sino porque lo que ocurre en el escenario es, en el fondo, un acto de memoria, de transmisión y de amor profundo por el teatro.
Escrita por Héctor Mendoza, una de las figuras más influyentes en la formación del teatro contemporáneo en México, esta obra no se limita a dialogar con Molière, sino que abre una conversación más amplia: sobre el oficio, sobre la verdad escénica, sobre el ego, el poder y la fragilidad humana.
Hoy, bajo la dirección de Luis de Tavira (discípulo directo de Mendoza), y con la Compañía Nacional de Teatro, esta comedia metateatral regresa a escena como un espejo que no sólo refleja el pasado, sino que también interpela el presente del teatro mexicano.
Y estas son tres razones para no perdértela:
1. Un diálogo entre maestro y discípulo que trasciende el tiempo. Más que una puesta en escena, lo que ocurre aquí es un encuentro generacional. Luis de Tavira no dirige Misantropías desde la distancia, sino desde la memoria viva de quien fue formado por Héctor Mendoza. Hay en su lectura una especie de conversación íntima: una comprensión profunda del pensamiento de su maestro, de su rigor, de su obsesión por la verdad actoral. Es, en suma, un recordatorio de que el teatro no se hereda como pieza de museo, sino como una práctica en constante transformación.
2. Un elenco que entiende el teatro como acto total. La fuerza del montaje está en su elenco encabezado por Luis Rábago, (quien ha acompañado la obra desde montajes anteriores), su interpretación construye un personaje que es al mismo tiempo Molière, Alceste y actor. Un cuerpo atravesado por capas de sentido, donde el cansancio, la ironía y la lucidez conviven con una fragilidad que lo desarma por momentos. A su lado, figuras como Arturo Beristain, Octavia Popesku, Marissa Saavedra, Roldán Ramírez, Estefanía Norato y Georgina Arriola, sostienen un entramado actoral preciso. Aquí el teatro ocurre en su forma más completa: cuerpo, voz, pensamiento y emoción en diálogo constante.
3. Una propuesta visual que deslumbra (y construye sentido). Desde el primer momento, Misantropías entra por los ojos, pero se queda en la cabeza. El diseño de escenografía e iluminación crea un espacio en constante movimiento: plataformas que se mueven, estructuras de madera que exponen el artificio teatral, espejos que duplican y fragmentan la acción. Todo dialoga con la idea central de la obra: la realidad como construcción. Por su parte, el vestuario es una joya, inspirado en la estética del siglo XVII, no sólo recrea la época, sino que potencia el juego de identidades: pelucas, texturas, volúmenes que convierten a los actores en figuras casi pictóricas, pero siempre vivas. Y cuando entran la música y la danza con esos momentos dorados, luminosos, el montaje se vuelve espectacular.
Misantropías no es una obra fácil, y tampoco lo pretende: exige, incomoda y abre preguntas. Al mismo tiempo, es una oportunidad poco común de presenciar el encuentro entre dos de los grandes pilares del teatro mexicano: Héctor Mendoza y Luis de Tavira, en un mismo gesto creativo. Y eso, hoy más que nunca, vale la pena experimentarlo en escena, para conocer más información del montaje, de clic aquí.
Por Itaí Cruz, Fotos: Sergio Carreón Ireta

















