Hay historias que no se aprenden en los libros, sino que se heredan. Historias que se cuentan al oído, al calor de una fogata y entre generaciones que entienden que el mundo no siempre se explica, a veces se imagina. La Maizada parte de ahí, de un mito zoque-popoluca que narra el origen del maíz, ese elemento que no sólo alimenta, sino que define una forma de estar en el mundo.

Con dramaturgia de David Olguín y dirección de Lucio Giménez Cacho Goded y Sheyla Carolina, La Maizada es el resultado del trabajo del colectivo Por ejemplo: Teatro, integrado por jóvenes creadores que apuestan por lo colectivo como forma de creación.

En escena, ese relato antiguo se vuelve presente para contarnos la travesía de un niño que nació para alimentar a los otros: un cuerpo que se transforma en semilla. Un viaje donde conviven el juego, el peligro y el descubrimiento, y donde el asombro nunca se pierde.

Aquí te damos 3 razones para no perdértela:

1. Un mito que se vuelve contemporáneo. La base de La Maizada está en un relato ancestral, pero su fuerza radica en la manera en que se cuenta hoy. La dramaturgia de David Olguín no se limita a adaptar un mito, sino que lo pone en diálogo con preguntas actuales sobre el mundo, la comunidad y la relación con la naturaleza. A través del viaje del Niño del Maíz (Homshuk), la obra plantea tensiones que siguen vigentes, sin perder el humor ni el tono lúdico. El resultado es una fábula que opera en distintos niveles: puede leerse como una aventura, como un rito o como una reflexión, y en todos ellos encuentra una forma de tocar al espectador.

2. Un elenco que lo deja todo en escena. A partir del cuerpo, la voz y una precisión notable en el uso de la máscara, los intérpretes (Santiago Alfaro, Felipe Alfaza, Inés Haro Buxadé, Diego Güitron, David Juan Olguín Almela y Abril Ramos) transitan de una figura a otra con una naturalidad que sorprende. En segundos pueden ser brujos, animales, gigantes o criaturas fantásticas, sin salir de escena ni romper el ritmo. Hay una energía constante, una entrega física evidente y, sobre todo, un sentido de lo colectivo que atraviesa toda la puesta. Todo funciona como un engranaje en el que cada movimiento suma, construyendo una experiencia dinámica, cercana y, sobre todo, muy viva, capaz de conectar tanto con públicos jóvenes como adultos.

3. Un montaje que apuesta por el juego, las máscaras y la música. El uso de máscaras no es un recurso estético aislado, sino el corazón del montaje. A través de ellas, los actores multiplican identidades, exageran rasgos y construyen tanto los momentos de humor como los de tensión.  A esto se suma la música en vivo (Kaleb Oseguera, Carlos López Tavera, Ximena Fernández de Córdoba y Lucio Giménez Cacho Goded): las jaranas, los sones y el ritmo construido en escena se integran al relato como un personaje más. La obra respira a través de la música, se mueve con ella y la convierte en parte fundamental de su lenguaje, generando momentos que se sienten y se escuchan.

Más allá de la historia, lo que propone esta obra es una experiencia entrañable y luminosa que nos recuerda que hay historias que siguen creciendo, como semillas, cada vez que alguien decide contarlas de nuevo. Y esta, definitivamente, vale la pena verla florecer en escena, para más información de la obra, da clic aquí.

Por Itaí Cruz, Foto: Cartelera de Teatro