Los mitos sobreviven porque seguimos contándolos, pero, sobre todo, sobreviven porque seguimos encontrando nuevas maneras de cuestionarlos. Cada generación vuelve a ellos no para repetirlos, sino para mirarlos desde otro ángulo, para preguntar lo que antes no se preguntó y para escuchar voces que durante siglos permanecieron en silencio. Eso es precisamente lo que sucede en Eurídice (según Eurídice).

Durante mucho tiempo la historia de Orfeo y Eurídice nos fue narrada desde la mirada de él: el músico capaz de conmover a los dioses, el amante que desciende al inframundo por la mujer que ama, el héroe que pierde a Eurídice cuando, en el momento decisivo, gira la cabeza. Esa es la versión que heredamos de Virgilio, la que ha atravesado siglos de literatura, música y teatro.

Pero ¿qué ocurre cuando Eurídice toma la palabra? La versión escrita por Alexander Wright —y ahora llevada a escena en la Ciudad de México por Por Piedad Teatro bajo la dirección de Ana Graham— propone precisamente eso: devolverle la voz a quien durante siglos fue apenas un eco en su propia historia. Aquí Eurídice, o Leni, nos conduce por su vida, sus amores, sus pérdidas y sus decisiones. Y en ese gesto aparentemente sencillo sucede algo poderoso: el mito se vuelve nuevo otra vez.

Aquí te damos 3 razones para que te lances a verla:

1. Una conversación íntima y casi confidencial. Una de las grandes virtudes de esta puesta es que rompe con las convenciones del teatro tradicional. Cada función está pensada para un número reducido de espectadores, lo que convierte la experiencia en algo íntimo, casi confidencial. No estamos frente a una historia distante: estamos dentro de ella. La historia, que en el mito original ocurre entre dioses y ninfas, aquí aterriza en un universo más cotidiano —cercano incluso a la realidad urbana de la Ciudad de México— donde Eurídice crece, ama, se equivoca y vuelve a empezar. Este formato permite que el público acompañe muy de cerca el recorrido emocional de Leni, haciendo que la obra se sienta más como una conversación compartida que como una representación solemne.

2. María Kemp y Aldo Guerra hacen vibrar el mito en escena. Si el relato nos atrapa, es también gracias a la extraordinaria entrega de sus intérpretes. María Kemp se adueña del escenario con una presencia magnética. Su Leni es luminosa, vulnerable, divertida y feroz al mismo tiempo. Canta, baila, narra y se transforma frente a nuestros ojos, mientras seguimos el arco emocional de una mujer que atraviesa el amor, la traición, el duelo y la reconstrucción personal. Frente a ella, Aldo Guerra despliega una versatilidad impresionante. Su presencia escénica va más allá de la actuación: canta, toca instrumentos, acompaña la narración y crea atmósferas musicales que elevan el relato. Hay momentos memorables entre ambos que nos contagian de alegría y demuestran la química que comparten sobre el escenario.

3. Una producción que envuelve al espectador desde el comienzo. El cuidado detrás de la producción es evidente. La dirección de Ana Graham consigue equilibrar lo narrativo, lo musical y lo emocional, sin perder nunca la cercanía con el público. El diseño sonoro de Cristóbal Maryán juega un papel fundamental en esta versión. La música no aparece solo como acompañamiento, se convierte en un vehículo emocional que conecta momentos clave de la historia. Las canciones funcionan como detonadores de memoria colectiva y emoción. Entre ellas aparecen clásicos inolvidables como “True Colors” y “Time After Time” de Cyndi Lauper, junto con otros temas noventeros que despiertan reconocimiento inmediato. Además, los espacios elegidos para presentar la obra —desde su primera temporada en el Jardín Escénico hasta sus funciones en distintos recintos de la ciudad— refuerzan la sensación de cercanía. No se trata de una experiencia monumental, sino de algo humano, íntimo y compartido.

Todos conocemos la versión clásica: Orfeo gira la cabeza y Eurídice se pierde para siempre en el Hades, pero esta obra nos invita a mirar esa historia desde otro lugar. Cuando escuchamos el relato en la voz de ella, descubrimos que quizá no fue un error ni un descuido. Así, el mito cambia de sentido: ya no es solo una tragedia, sino también una historia sobre libertad, valentía y la fuerza de decidir quién queremos ser.

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Por Itaí Cruz, Fotos: Luis Quiroz