Hay días en los que, como muchos, me pregunto si la vida adulta siempre se sintió así. Trabajamos, pagamos cuentas, hacemos malabares para cubrir los gastos del día a día y vemos cómo el costo de vivir parece aumentar todos los días, mientras el tiempo y la energía parecen escasear. A veces da la impresión de que las grandes urbes son monstruos de cemento que nos exigen producir, consumir y sobrevivir sin detenernos a respirar.
Por eso, Este monstruo de ciudad me quiere devorar resonó conmigo desde su título. Este drama acompañado por melodías originales, escrito por Josué Domingo, con las actuaciones de Renée Sabina y Adrián Escobar, producido por Agón Producciones, toma esa sensación compartida por muchos jóvenes adultos y la transforma en una historia donde el blues, el rock, el humor y la imaginación recuerdan que, incluso cuando todo parece cuesta arriba, todavía existen pequeños momentos capaces de devolvernos la esperanza.
Si buscas una propuesta distinta y profundamente cercana a nuestra realidad, estas son tres razones para verla:
1. El costo de perseguir nuestros sueños. La obra retrata las dificultades de abrirse paso en la vida adulta sin caer en el pesimismo absoluto. Deudas, rentas elevadas, trabajos que parecen vaciar de sentido los días y la constante búsqueda de estabilidad forman parte del recorrido de su protagonista. Más que ofrecer respuestas, la puesta nos invita a reflexionar sobre lo complicado que resulta perseguir los propios sueños cuando sobrevivir ocupa casi todo el tiempo. Es un retrato cercano de quienes intentan encontrar su lugar en una ciudad que parece exigir cada vez más.
2. Una dupla llena de música, complicidad y energía. El montaje se siente como un concierto íntimo donde la música acompaña las emociones de la protagonista. Renée Sabina sostiene el escenario con una interpretación llena de vitalidad y cercanía, mientras Adrián Escobar la acompaña tanto actoral como musicalmente, creando una química que hace fluir la historia con naturalidad. Las canciones que mezclan blues, rock y otros géneros musicales, pueden tomarse su tiempo para desarrollarse, pero terminan por construir el universo emocional de la protagonista. Esa combinación entre interpretación, música en vivo y honestidad, convierte a ambos intérpretes en el corazón del montaje, recordándonos que incluso en medio del cansancio y la incertidumbre, la música también puede convertirse en un refugio.
3. Un universo versátil y simbólico. Con una propuesta escénica sencilla, pero profundamente simbólica, las cajas de cartón dejan de ser únicamente mercancía para convertirse en edificios, calles o refugios; un almacén se transforma en el escenario donde la protagonista puede volver a soñar. Esa capacidad de resignificar lo cotidiano dialoga con el viaje emocional del personaje, y nos recuerda que, incluso, en medio del caos siempre hay lugar para la esperanza.
Al final, la obra te deja con una pregunta que resuena después de salir del teatro: ¿cómo seguir construyendo una vida propia cuando el mundo parece diseñado únicamente para sobrevivir? Quizá la respuesta no sea derrotar al monstruo de la ciudad, sino encontrar esos pequeños espacios donde todavía podemos cantar, crear, imaginar y seguir construyendo una vida que también nos haga felices, para más información da clic aquí.
Por Itaí Cruz, Fotos: Cartelera de Teatro















