¿Qué tienen en común Eva, la Malinche, Sor Juana, Carlota, una ama de casa de los años cincuenta y las tradwives que hoy inundan las redes sociales? A simple vista, muy poco. Sin embargo, El eterno femenino encuentra la manera de reunirlas para cuestionar, con humor e ironía, las ideas que durante siglos han intentado decirles a las mujeres quiénes deben ser.
La obra de Rosario Castellanos, escrita hace más de cincuenta años, demuestra en esta puesta en escena dirigida por Mahalat Sánchez y adaptada por Mariana Hartasánchez que sus preguntas siguen tan vivas como entonces. Entre sátira, música, personajes históricos, fantasías y situaciones absurdas, el montaje invita al público a mirar de frente los estereotipos, expectativas y contradicciones que aún acompañan la experiencia femenina.
Divertida, crítica y sorprendentemente vigente, esta es una obra que encuentra en el presente nuevas razones para ser escuchada. Aquí te contamos por qué vale la pena verla.
1. Un clásico que se niega a quedarse en el pasado. Mariana Hartasánchez toma el texto de Rosario Castellanos y construye una adaptación dinámica que conserva la agudeza de la autora mientras incorpora referencias y problemáticas que resuenan en la actualidad. Por su parte, la dirección de Mahalat Sánchez apuesta por el juego escénico, la sátira y la constante transformación, logrando que el montaje se mueva entre el cabaret, la farsa y el teatro dentro del teatro, generando un ritmo ágil que permite abordar temas complejos sin perder ligereza. Es una propuesta que invita a la reflexión, mientras mantiene al público entretenido de principio a fin.
2. Un elenco que cambia de piel una y otra vez. El elenco asume con soltura múltiples personajes y registros interpretativos a lo largo de la función. Aida López dota a Carlota, la dueña del salón de belleza, de una presencia sólida que articula buena parte de la acción. Astrid Mariel Romo construye una Lupita que sirve como punto de encuentro entre las distintas visiones de la feminidad que atraviesan la obra. Pedro de Tavira Egurrola destaca al encarnar figuras tan distintas como un vendedor, Satán, un actor y un conductor televisivo, convirtiéndose en una especie de hilo conductor entre varios de los discursos que la obra pone en cuestión.
El reparto se complementa con las interpretaciones de Yulleni Pérez Verti, Ximena Romo, Verónica Olmedo, Patricia Yáñez y Marcos Radosh, quienes sostienen un montaje coral donde cada personaje aporta una perspectiva distinta al debate que plantea Castellanos. Más allá de las transformaciones constantes, una de las mayores fortalezas de la puesta radica en la dinámica colectiva que construyen sus intérpretes, permitiendo que las distintas voces femeninas dialoguen, se confronten y se acompañen sobre escena.
3. Una experiencia que obliga a mirar en todas direcciones. La producción aprovecha al máximo los recursos escénicos para ampliar su universo. La escenografía y la iluminación transforman con agilidad un cotidiano salón de belleza en múltiples espacios donde conviven recuerdos, programas de televisión, pasajes históricos y escenas de protesta. Además, el montaje rompe la frontera tradicional entre el escenario y la audiencia. Las actrices e intérpretes no permanecen todo el tiempo en escena: utilizan los pasillos y distintas zonas de la sala para desarrollar la acción, e incluso sorprenden al público con irrupciones e intervenciones inesperadas. Esta decisión mantiene al espectador atento y en constante complicidad con lo que sucede en el teatro.
El eterno femenino nos muestra que la dramaturgia de Rosario Castellanos sigue viva, combativa y con una potente mirada crítica, donde nos recuerda que los modelos impuestos sobre la mujer continúan siendo un tema de discusión tan urgente, para más información, da clic aquí.
Por Itaí Cruz, Fotos: IMSS/INBAL














