¿Quién decide qué palabras importan y quién tiene derecho a nombrar el mundo? El diccionario nos invita a detenernos y mirar de cerca a una figura fundamental de la lengua española que, fuera de los círculos académicos, suele pasar desapercibida: María Moliner.
Bajo la dirección de Enrique Singer, este montaje de repertorio de la Compañía Nacional de Teatro ha vivido varias temporadas exitosas, sostenidas por la potencia de su texto, la solidez de su elenco y, sobre todo, por la historia que narra.
A lo largo de la obra acompañamos a María en la intimidad de su casa, en la fragilidad de una enfermedad que avanza y en la lucidez feroz con la que defiende su trabajo y su pensamiento. La puesta en escena se convierte así en un homenaje al lenguaje, pero sobre todo al coraje de quien decidió desafiar al poder y regalarnos uno de los diccionarios más bellos de la lengua hispana.
Aquí te damos tres razones para no perderte esta corta temporada:
1. Cuando el lenguaje se vuelve un acto político. El texto de Manuel Calzada Pérez parte de una pregunta sencilla y profundamente incómoda: ¿qué ocurre cuando una mujer, fuera de las instituciones de poder, produce una obra que las supera? La dramaturgia avanza entre recuerdos, interrogatorios, discursos públicos y escenas domésticas, construyendo un retrato humano y complejo de María Moliner. Aquí Calzada logra algo poco común: convertir la lexicografía en materia dramática sin perder emoción ni claridad, y hacer del amor por las palabras una forma de resistencia frente al autoritarismo y al olvido.
2. Una cátedra escénica encabezada por Luisa Huertas. La primera actriz, Luisa Huertas encarna a María Moliner con una entrega que rebasa el virtuosismo técnico. Su interpretación es una verdadera cátedra de actuación: sensibilidad, coraje, ímpetu y una contención precisa que permite transitar de la lucidez a la fragilidad con mucha soltura. Huertas construya a una mujer luminosa y herida, pero, al mismo tiempo, firme y vulnerable. A su lado, Arturo Ríos, Óscar Narváez y Roldán Ramírez conforman un elenco sólido que acompaña y dialoga con la protagonista, dando cuerpo tanto al amor, como a la enfermedad, la autoridad y la tensión política que rodean su vida. El equilibrio actoral es clave para que la obra respire y conmueva sin caer en el exceso.
3. Un espacio que escribe, borra y vuelve a nombrar. Uno de los grandes aciertos del montaje es su propuesta visual. La escenografía, compuesta por cientos de fichas y papeles, se erige como un muro que al mismo tiempo contiene el conocimiento acumulado de María. Es archivo, es refugio y también es amenaza. A lo largo de la obra, esos papeles se desprenden, caen y dejan huecos visibles: una metáfora tan sencilla como poderosa de la enfermedad que avanza y va borrando fragmentos de su mente. A su vez, la iluminación acompaña este proceso con precisión poética, delineando espacios mentales, recuerdos y vacíos. Juntas, escenografía e iluminación no ilustran la historia: la piensan y la sienten, convirtiendo el escenario en un mapa emocional de la memoria y el olvido.
Ir al teatro y encontrarse con esta puesta en escena es recordar que las palabras importan, es un gesto de gratitud hacia la lengua que habitamos y hacia una mujer que, contra todo pronóstico, decidió nombrar el mundo para que nadie se quedara fuera, para conocer más información del montaje da clic, aquí.
Por Itaí Cruz, Fotos: Mariana Medina














