Hay lugares que no aparecen en los mapas turísticos, pero viven tatuados en la memoria de quien los nombra. El Coyul es uno de esos, un rincón del Istmo de Tehuantepec donde el calor te abraza sin pedir permiso, el pescado se asa a la leña y el fiado todavía es un acto de confianza. Y cuando quien lo nombra es Esmeralda Aragón, el pueblo deja de ser geografía para convertirse en experiencia.

El Coyul no es sólo un monólogo, es una visita guiada con cerveza en mano y hamaca lista. Es una carcajada costeña que, cuando menos lo esperas, se quiebra. Es un viaje que empieza con chisme sabroso y termina con un nudo en la garganta, pero también con ganas de bailar.

Después de conquistar escenarios con su mezcla de picardía, memoria y denuncia, la obra regresa por breve temporada en el Teatro Sergio Magaña,  aquí van 3 razones de peso (con sal y limón del Istmo) para no dejarla pasar:

1. Esmeralda Aragón, un huracán de carisma en escena. La autora e intérprete, Esmeralda Aragón, habita la escena, sentada en una hamaca blanca, con una silla como único cómplice escenográfico, construye un universo entero. Cambia de voz, de cuerpo, de ritmo. Es la tía, el vecino, el adolescente desfachatado, la madre que advierte, el pueblo entero latiendo. Su sola presencia basta, ya que tiene esa cualidad tan istmeña de mirar de frente, bromear sin pedir disculpas y soltar verdades como quien sirve mezcal: directo, pero con calor humano. Su interpretación logra que el público no sea espectador, sino compadre, comadre, “manita”, “manito”, y cuando el golpe llega, ya estamos demasiado adentro como para salir ilesos.

2. Una historia que empieza con risas y termina exigiendo memoria. El Coyul primero te enamora, nos habla del clima de ese que hace sudar recién bañados, de los limones blancos, del béisbol, del ruido de las gaviotas camino al mercado. Nos reímos con el chisme sabroso, con la vida cotidiana que se siente familiar aunque nunca hayamos pisado ese pueblo. Y entonces, sin estridencias, cambia el pulso y se convierte en denuncia. Nos recuerda que hay comunidades donde las tragedias no llegan a las noticias. Nos habla del abandono, del centralismo, de la modernidad que arrasa el paisaje sin devolver justicia, pero lo hace sin sermón. Su autora lo hace desde la memoria personal, desde el recuerdo que duele y la convicción que arde.

3. Un viaje sensorial al Istmo sin salir de la butaca. Con una hamaca enorme y una silla de madera, la puesta logra algo que muchos montajes llenos de escenografía no consiguen: transportarnos. Nos hace oler e incluso saborear el pescado asado a la leña. Se escucha el ladrido de los perros en la calle. Se siente la humedad pegándose a la piel. Caminamos por las calles, entramos a las casas, nos sentamos en el estadio de béisbol. La iluminación acompaña el paso del día, la memoria, el temblor. Aquí lo simple se vuelve poético, y lo cotidiano, inolvidable. No obstante, cuando todo termina, uno no sale igual, sale con el corazón un poco más grande y la conciencia un poco más despierta.

El Coyul es una invitación a mirar hacia esos lugares que presumimos cuando nos conviene, pero olvidamos cuando incomodan. Cuando Esmeralda empieza a contar, lo único que vas a querer es que no deje de hacerlo nunca, para más información da clic aquí.

Por Itaí Cruz, Fotos: Fausto Jijón