Abraham Lincoln va al teatro es una pieza peculiar. Es casi un laberinto; describirla es como pronunciar un trabalenguas: una obra sobre otra obra, que habla de otra obra que resulta ser otra obra, que toma como anécdota la obra en la que fue asesinado el décimo sexto presidente de los Estados Unidos. O algo parecido a esto. Si bien la premisa, así explicada, pareciera complicada, se trata de un montaje divertido, que fluye y captura. El montaje nos mantiene a la expectativa de hacia dónde se dirige este enredo.

El texto fue escrito en 2008 por el autor canadiense, originario de Quebec, Larry Tremblay. Con la traducción y dirección de Boris Schoemann, nos encontramos con una historia que toca temas y habla de cosas que, casi dos décadas después de escrita, parecen igual de vigentes que el día en que se escribió.

John Wilkes Booth, un actor renombrado en su época y asesino de Abraham Lincoln, se apropió de la realidad y alcanzó la inmortalidad a costa de un ideal. Un acto análogo al que hace el poder, que se apropia del discurso y, a través de él, de la realidad. Un hecho que se repite constantemente en la historia humana. Un hecho que marcó y modificó el rumbo de los Estados Unidos ante el mundo y ante sus supuestos enemigos internos.

¿Cuál es el hilo conductor que une al presidente estadounidense Abraham Lincoln, a El gordo y el flaco, y al teatro? Este montaje, conforme avanza en su juego de cajas chinas, nos va mostrando, poco a poco, en dónde se encuentran estos vasos comunicantes.

Aquí te contamos tres razones por las cuales debes ver Abraham Lincoln va al teatro:

1. El texto de Tremblay, debajo de la farsa, encierra una crítica dura y profunda contra los Estados Unidos en lo particular y, en general, hacia las formas en las que se ejerce el poder. El teatro sirve al autor como perfecta alegoría para lanzar esta crítica a las formas de accionar del país, todavía hoy, más poderoso del planeta, así como a las estructuras del poder.

2. Un elenco que, como en un juego de espejos, transita entre personajes dentro de la ficción. Cristian Magaloni, Emmanuel Lapin y Nelson Rodríguez van representando a los personajes que sus personajes representan dentro del teatro. Es un juego de máscaras que requiere de solvencia en el escenario.

3. Espacio escénico e iluminación que emulan el juego de espejos que plantea el propio texto. Un telón rojo que se extiende por las paredes y el fondo del escenario crea otro escenario dentro del escenario. Una mesa, un sillón, un par de sillas y un perchero son el espacio en el que se desarrolla la acción de la obra. La sobriedad del dispositivo escénico funciona a la perfección para este texto y lo potencia.

Se trata de una obra con una estructura y un discurso interesante. Si la política, lo metateatral y los temas de actualidad te interesan, Lincoln va al teatro es una obra que debes ver.

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Por Óscar Ramírez Maldonado.