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LA TEQUILERA: Mezcla de dos lenguajes



Por Kerim Martínez/ En 2017 se estrenó en el Centro Cultural Universitario, La tequilera, una obra que reconstruye la vida de una de las más grandes exponentes de la canción mexicana: Lucha Reyes (1906-1944). El montaje tuvo una breve temporada en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón y recientemente se reestrenó en el Teatro Orientación del Centro Cultural del Bosque.

La vida de la cantante ya había sido abordada desde la pluma de la guionista Paz Alicia Garciadiego y bajo la dirección de Arturo Ripstein en el film, La reina de la noche en 1994, donde Patricia Reyes Spíndola interpretó magistralmente a Reyes en uno de los personajes más recordados de la actriz.

En esta ocasión, Ximena Escalante (Olvida todo, Grito al cielo con todo mi corazón) adapta la novela Me llaman la tequilera, en la que Alma Velasco realizó una investigación de casi dos décadas para poder concluir su escrito. El principal acierto de la dramaturgia de Escalante es el dinamismo con el que se cuenta la historia, sin perder los detalles más importantes de la vida de la icónica mujer.

El público se enfrenta a una niña malcuidada por su madre alcohólica para pasar casi de inmediato a la adolescente con sueños de ser cantante y en un suspiro llegar a la mujer en la mejor etapa de su carrera. A lo largo de noventa minutos, ágilmente se revisan sus relaciones amorosas (cuatro matrimonios), sus giras internacionales, su papel de madre y su afición a la bebida, que la lleva a la destrucción.

La propuesta del director Antonio Serrano (Sexo, pudor y lágrimas) es arriesgada y propositiva: su montaje fusiona al teatro con el cine. En todo momento, dos personas con sus celulares fungen como camarógrafos (Laura Lucero y Vladimir Grajales) y se transmite todo lo que captan en una pantalla situada en la parte superior central del escenario. El público puede decidir lo que quiere ver: a los actores en escena o la imagen en blanco y negro que simula una película antigüa.

Como apoyo a un libreto lleno de cuadros breves situados en distintas locaciones, el director y el escenógrafo Adrián Martínez Fraustro crean un escenario compuesto por muchas mamparas que los actores mueven en incontables ocasiones y con extrema precisión, para generar los distintos espacios. Incluso surgen lugares que el público nunca ve en escena, pero que sí puede apreciar en la pantalla (Ej: la habitación de Lucha) y entiende que todo está ocurriendo en vivo.

La coreografía de Marco Antonio Silva es minuciosa, los actores y los camarógrafos fluyen a la perfección con los movimientos escenográficos. Se logra un montaje vertiginoso donde el espectador entra en la convención de que un grupo de intérpretes participa en la filmación de la película biográfica de Lucha Reyes.

La tequilera se convierte en un laboratorio escénico que resulta bastante entretenido, pero que aún tiene que ajustar algunos detalles técnicos: en ocasiones la proyección se desfasa de lo que ocurre en escena y constantemente se pierde la imagen (se va a negros).

La actriz Daniela Schmidt (Consígueme una vida) fue quien impulsó este proyecto desde sus inicios y movió los hilos para que se llevara a cabo. Ella encarna a Lucha Reyes con soltura y aplomo. Su presencia es innegable y le entra sin reparos al melodrama cinematográfico sin perder la conciencia de que está sobre un escenario teatral.

Existen pocas intervenciones musicales (cabe aclarar que no se trata de una obra musical) y Schmidt canta en vivo; en este aspecto se nota un poco temerosa e insegura cuando llega a desentonar. Reyes contaba con una voz rasposa y un falsete particular, por las características de la propuesta, quizás no hubiera estorbado que la actriz hiciera playback con la voz original de la cantante jalisciense y como pretexto rendirle un homenaje más profundo.

Carolina Politi (La persona deprimida) sobresale en escena con una interpretación cruda y ríspida de la madre de Lucha. Nunca caricaturiza al personaje, lo vive, lo siente y lo muestra con compromiso y mucho detalle. Por ejemplo, resulta hipnótico ver a la actriz tratando de enfocar y mover la manija de una puerta e intentar abrirla.

Cada actor interpreta a varios personajes que rodearon la vida de Reyes. Destaca la simpatía y personalidad con que Bernardo Benítez (El loco y la camisa) contruye a uno de sus maridos así como el trabajo corporal y vocal de Erudi Minero (Calle amor) al esbozar a la hija de Lucha.

Como buen melodrama y haciendo homenaje al cine mexicano de la época de oro, todo el tiempo la obra se nutre con efectos sonoros y musicalización (Alejandro Giacoman) para exacerbar la tensión dramática. Se da importancia a las sombras y al acomodo de los intérpretes en los encuadres; la fotografía está muy cuidada: se nota la dedicación y largas horas de ensayo para que el público disfrute la propuesta visual del espectáculo. Cabe destacar que los actores llevan micrófono en las mejillas pegado con cinta y esto desluce el resultado final a cuadro.

El espectáculo funciona y llama la atención por su exploración escénica y visual, sin embargo descuida un punto importante que conecta o no al público con el melodrama: las emociones. Al parecer, hubo tanto esmero en experimentar con la tecnología, los encuadres perfectos y los movimientos escenográficos que se diluyó una característica fundamental para el género y como resultado, el montaje es frío más que conmovedor.

Es un hecho que La tequilera muestra una forma diferente para narrar una historia. Es importante que surjan en cartelera propuestas como ésta que nos lleven al diálogo sobre el futuro de las artes escénicas en nuestro país y que se sigan realizando homenajes de personalidades de la cultura popular mexicana para que las nuevas generaciones vinculen el presente con el pasado.

La obra se presenta hasta el 18 de diciembre en el Teatro Orientación Luisa Josefina Hernández del CCB, consulta horarios y precios, aquí.

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