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EL VIENTO EN UN VIOLÍN: Otras formas de crear vínculos amorosos



Por Alegría Martínez/ Dos madres angustiadas por la felicidad de sus hijos, una pareja de chicas que desean tener un bebé, un joven que no tenía planeado ser padre y un psicólogo, son los personajes de,  El viento en un violín, obra del dramaturgo argentino Claudio Tolcachir, que cuestiona con humor las relaciones familiares basadas en lo socialmente establecido y abre paso a otras formas de crear vínculos amorosos.

Como si el hecho de procrear otorgara la licencia de decidir el tipo de felicidad que se desea para los hijos, las dos madres de esta obra, -estrenada por primera vez en México, bajo la dirección del también actor y dramaturgo, Cristian Magaloni-, descubren, después de un doloroso proceso, lo que sus descendientes quieren ser y hacer con su vida.

El espíritu de, El viento en un violín, que critica el ciego amor materno, la falta de respeto a las decisiones de los hijos y las imposiciones de la estructura familiar tradicional, es acentuado por la cuidadosa dirección de Magaloni desde la elección del elenco y de los roles a desarrollar por cada actriz y actor, así como del equipo artístico involucrado en esta puesta en escena, que hace reír al público ante situaciones delicadas y cuestionarse respecto a los distintos tropiezos, decisiones equivocadas y sucesos cotidianos con tintes trágicos que viven los personajes.

Mercedes Hernández, en el papel protagónico de Mecha (una ocupada funcionaria pública, con buena posición económica y una caótica vida personal), crea con precisión, el complejo y contradictorio tránsito interno de su personaje en tanto mujer dominante y madre sobreprotectora que busca apaciguar una vieja culpa e intenta derribar barreras rumbo al objetivo de lograr que su hijo cumpla con lo que ella espera de él.

Por su parte, Mahalat Sánchez, en el rol de trabajadora del hogar, bajo las órdenes de Mecha, construye con eficacia el vaivén emocional de un personaje sumiso, enfocado en que su hija sea feliz, mientras sea posible, sin comprender en un inicio lo que la joven desea, ni el amor que siente por su pareja.

En esta ocasión, en contraste con la habitual elección de actrices rubias para el papel de personajes de clase alta y morenas para personajes de escasos recursos, Cristian Magaloni otorga el rol de mujer empoderada a Mercedes Hernández y el de su trabajadora a Mahalat Sánchez, con lo que potencia la dramaturgia de Tolcachir, que clama por el cambio de estereotipos.

Así también, el autor perfila al personaje del psicólogo, a cargo de Roberto Beck, como un analista sin ética, dispuesto a negociar con la madre de su paciente. Un ser humano débil e inseguro, al que el joven actor dota del doble juego que requiere un hombre que oscila entre el deber y el tener.

Si bien, pareciera que tanto el personaje de Assira Abate, como la aguerrida e impulsiva Lena, el de Ariana Sacristán en el rol de la dulce e ingenua hija, Celeste y el de Daniel Mandoki, como el indolente hijo Darío, tienen características que apuntan al estereotipo, también sucede que sus reacciones y comportamiento forman parte de una realidad y que el director supo trabajar con la experiencia de Abate, la frescura de Sacristán y el empuje de Mandoki en su debut actoral.

Congruente con el énfasis del dramaturgo en cuanto a que el elemento del aire incide y modifica la música que emerge de un instrumento de cuerdas como el violín, en alusión al título de su obra, el montaje parte asimismo, de la certera adaptación de Jimena Emme Vázquez, que hace hablar a los personajes con sencillez y soltura dentro de la complejidad y la contradicción de su circunstancia.

El vestuario de Giselle Sandiel enmarca la imagen de unos personajes que se insertan con facilidad en su acontecer diario y dan señales claras al público de quiénes son y como desean ser percibidos.

Esta producción de Ana Kupfer y Eloy Hernández, -quien falleciera en 2021 y cuyo trabajo ha tenido continuidad gracias a la labor de su hermana Patricia Hernández-, cuenta con el diseño de iluminación y escenografía de Jesús Hernández, quien mediante la creación de su espacio escénico hace que el espectador perciba el camino que recorren los personajes desde el encierro en su conflicto y su confrontación con el otro, hasta la disolución de los obstáculos que dan cauce a la comunicación.

Jesús Hernández, coloca una serie de paneles color plata de un extremo a otro del escenario que develan al inicio una parte de la acción, como si se deslizara una hoja metálica que invita a mirar la intimidad y el juego de dos mujeres enamoradas.

Según transcurren las escenas, se cierran y se abren las hojas corredizas que dejan ver la cocina de una casa humilde, la habitación de la funcionaria, el consultorio del analista, un espacio dentro de un salón de fiestas y la sala de la casa de Darío, hasta que se unen los espacios, como ocurre con los personajes, que se abren, dialogan y comparten su vida sobre un escenario que también se expande.

La obra se presenta los miércoles hasta el 18 de mayo en el Teatro Milán, ubicado en Lucerna 64, esquina Milán. Colonia Juárez, consulta horarios, precios y descuentos, aquí.

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