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EL SHOW DE TERROR DE ROCKY: Una fiesta muy fluida de cuerpos y deseos



Por Kerim Martínez/ A finales de octubre de 2022, El Show de Terror de Rocky de Richard O’Brien abrió su temporada en el Nuevo Teatro Silvia Pinal, bajo la producción de Rafa Maza y Jaime Calpe.

Se trata de un musical que, de manera divertida, rinde homenaje a las películas de terror y ciencia ficción serie B (1940-1970). Se estrenó en Londres, en Los Ángeles y en Broadway en los años setenta. Se decidió llevarla a la pantalla grande bajo el nombre The Rocky Horror Picture Show y muchos cines se negaron a proyectarla por tener una temática demasiado open-minded para la época. Sin embargo, se volvió una cinta de culto albergada en cines pequeños. A través de los años esta historia ha adquirido miles de fanáticos que se disfrazan como los personajes principales durante las presentaciones (cine y teatro), convirtiéndolas en verdaderos espectáculos interactivos.

Janet y Brad, jóvenes virginales y de “buenos principios” para un sistema conservador respecto a la sexualidad, sufren un percance en la carretera. En medio de una lluvia torrencial, su coche se ha descompuesto y deciden tocar la puerta de un gran castillo con la intención de realizar una llamada telefónica. Unos peculiares sirvientes los reciben y los invitan a pasar, quitándoles sus atuendos mojados y dejándolos en ropa interior.

A los pocos minutos, la pareja se ve envuelta en una convención de transilvanos bailando desenfrenadamente el “Baile del sapo” (traducción de Julissa de Time Warp) para después dar la bienvenida al Dr. Frank-N-Furter. Este excéntrico científico, vestido con corset y medias de red, los lleva a su laboratorio para enseñarles su más reciente creación: un hombre musculoso y atractivo llamado Rocky que posee una parte del cerebro de un delincuente juvenil (ex pareja del doctor).

Todo se empieza a descontrolar, por un lado, Brad y Janet desean escapar, pero por el otro, sus personalidades tan reprimidas se van desvaneciendo y sin pensarlo, se dejan llevar en ese disparatado ambiente cargado de erotismo, maquillaje y rock and roll.

La dirección está a cargo de Rafa Maza (Detectives y ladrones) y como resultado tiene una de las puestas en escena más dignas de este intrépido musical en nuestro país. Se nota el esmero en el detalle y el público lo agradece porque todo lo que sucede en ese teatro fluye y no hay momento de distracción posible.

Maza sabe aprovechar a su numeroso ensamble (Miranda Labardini, Ervey G. Ortegón, Natalia Moguel, Carlos Iriarte, entre otros) para concebir arriba del escenario todo tipo de imágenes que ayudan a los espectadores a conectarse con este texto; utiliza hábilmente los cuerpos de sus actores para crear un auto en movimiento, la puerta de la mansión o pinturas como La Última Cena y La Creación de Adán; se apoya en el teatro de sombras para contarnos las escenas más ardientes de la historia. Desde que el público entra en la sala se topa con los actores entre la butaquería, al principio retándolos con las miradas pero a partir de la tercera llamada invitándolos a jugar y a echar un poquito de “desmadre” porque se trata de un lugar de liberación extrema para todos los presentes.

El casting es ideal y el ver a un elenco divertirse de la manera que lo hace no tiene precio (apoyados por las coreografías dinámicas y alocadas de Hugo Curcumelis).

Janet y Brad son interpretados por Gloria Aura y Moisés Araiza respectivamente. La dupla llama la atención por su precisión en cada escena, por el ritmo acelerado que establecen y por la conexión que logran entre ellos. Juan Fonsalido (Riff Raff), Cecilia Arias (Columbia), Marcelo Carraro (Rocky) y María Filippini (Magenta) hacen gala de sus poderosas voces sin salirse nunca de sus personajes, se les notan las tablas y el camino recorrido en el presente género.

Carla Heftye encarna dos personajes masculinos, al enérgico Eddie y al respetable Dr. Scott; en otros tiempos esta decisión hubiera estado cargada de críticas, pero en el 2022 resulta ideal ver a una actriz cambiando de género en una historia donde todo es posible. Además Heftye es adorable en ambos papeles y su timing cómico contagia al resto del elenco.

En este montaje, el encargado de subirse arriba de los tacones de Frank-N-Furter es Beto Torres. Le da vida a un personaje que de primera impresión resulta grotesco y morboso, pero conforme avanza la obra se descubre como un ser franco, atrevido y juguetón, el “amigue” ideal al que se puede aspirar para pasarla siempre bien. La libertad escénica de Torres es envidiable, juega como si tuviera cinco años y durante los dos actos se entrega al público como una verdadera diva deslumbrante y como el profesional que es.

Gerardo González tiene la misión de narrar la historia y explicar un poco el contexto en el que nos encontramos (si es que existe una forma de explicarlo). El actor está situado en un extremo entre las primeras butacas y sufre constantemente al ser interrumpido por un grupo de paleros gritones que pareciera que no lo van a dejar en paz durante la representación.

Al principio el público no entiende bien lo que está pasando, pero a los pocos minutos entra en la convención y disfruta ver las caras de inconformidad de González ante tal situación. Este detalle es un riesgo importante que el director (también traductor y adaptador) asume para su montaje; afortunadamente sale victorioso, se vuelve una propuesta que resalta de las versiones anteriores.

Maza le hace un homenaje a todos esos fans del film que durante décadas han enfrentado a los personajes de la pantalla gritándoles todo tipo de groserías y completando sus parlamentos con frases en doble sentido. Es un hecho que gracias a ellos El show de terror de Rocky sigue vigente.

La escenografía de Emilio Zurita, la iluminación de Miguel Pérez Cuesta y el vestuario de Emilio Rebollar son atractivos, funcionales y coherentes entre sí. Las tres áreas construyen un espacio kitsch con formas y colores estridentes y es de aplaudirse que están a favor del lucimiento de los actores en lugar de opacarlos como muchas veces sucede en otros musicales donde sólo vemos llover dólares en escena.

Esta fiesta de colores no es pretenciosa y demuestra que se puede hacer buen teatro musical de la mano de productores independientes que se arriesgan al escoger un elenco donde lo que importa es el talento y la trayectoria por encima de la fama y el número de seguidores.

En apariencia El show de terror de Rocky es sólo un musical entretenido, pero desde los años setenta su contenido ha trascendido como un grito desesperado de libertad y respeto hacia todas las formas de pensar bajo el lema: “No sueñes, vive”. Es una obra que las nuevas generaciones deben conocer porque seguramente se sentirán identificadas.

La obra se presenta de jueves a domingo hasta enero de 2023 en el Nuevo Teatro Silvia Pinal, consulta horarios, precios y descuentos, aquí.

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