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EL CORRIDO DEL REY LEAR: Gozoso homenaje paterno tragicómico



Por Alegría Martínez/ Fernando Bonilla, autor y director de El corrido del rey Lear, desentraña parte del universo profesional y personal de un primer actor, que en la cumbre de su experiencia resiente la flaqueza de su memoria, mientras su vida personal le pasa factura y el destino le envía una invitación abrupta.

Su obra propone un gozoso recorrido por el complicado desafío actoral y atisba en el retorcido espíritu “generoso” y tirano de un hombre y su banda dedicada al narco, mediante una dramaturgia, que fiel al inicio profesional de su autor, posee un contenido de denuncia política que expone y critica conflictos determinantes en la vida del país.

A diferencia de los textos escritos por dramaturgos de su generación, el teatro de Fernando Bonilla profundiza además en la parte humana, revela contradicciones y descubre con humor la carga interna de sus personajes, lo que vincula fuertemente su obra con el público al que se dirige con honestidad.

En El corrido del rey Lear. Una tragicomedia ranchekspiriana, su autor rinde homenaje a su padre, Héctor Bonilla, a quien en el programa de mano dedica las siguientes palabras: “a mi jefe, a quien amo tanto como nuca amará un hijo o será amado un padre”.

Así, su reconocimiento incluye parte de la historia de vida de Héctor -nombre con el que bautiza a su personaje principal, aunque con otro apellido-, además de algunas frases propias de este primer actor, aforismos que mezclan filosofía, experiencia, escatología y humor elocuentes y que el histrión utiliza en su cotidiana forma de hablar.

Juan Carlos Colombo protagoniza este montaje que retoma fragmentos esenciales de la obra de Shakespeare, -especialmente aquellos relacionados con Cordelia, hija del rey e Irene, hija del actor Héctor.

Este primer actor se las sabe todas -como su personaje- y cuando pareciera tropezar con un parlamento, – ya sea él o Héctor Balzaretti-, el público puede percibir su ajedrez mental y la forma en que Colombo resuelve los retos que le plantea la escena.

Esta propuesta escénica ofrece al público la oportunidad de disfrutar el trabajo de un experimentado actor, que en plena madurez artística interpreta con sabiduría, calma y humor circunspecto, a un colega que ha hecho historia en el teatro, la televisión y la radio en México.

Con méritos propios avanza en la progresión de cada personaje el elenco joven de esta puesta en escena que propone un triple viaje: conocer parte de la cocina de un montaje profesional, el vaivén emocional de un actor mayor y su cauda de obstáculos internos, y el levantamiento de un proyecto escénico entre los integrantes de una banda de narcos, ajenos por completo a esta disciplina artística.

Un trono con respaldo dual, la parte frontal o parrilla de un viejo carro, muros de lámina con ventana, tambos, fotografías impresas y un telón encarnado, entre otros elementos, que integran la escenografía de Tenzing Ortega y Claudia Aragón, -quienes también diseñaron una eficaz iluminación-, crean un atractivo puente entre la ficción de sucesos trágicos y cómicos que tienen lugar en un espacio donde la realidad se infiltra -a ratos bajo el silencio, o entre carcajadas-, mediante objetos e imágenes que aluden al horror y al dolor incesante.

Malcolm Méndez, en su rebuscada y compleja ejecución de movimientos, realiza una coreografía de tintes absurdos, con sedimento trágico que se transforma en un número circense sin luces ni brillos artificiales, un acto físico y tragicómico en alusión a una realidad cruel que se ha vuelto frecuente.

Valentina Sierra en el papel de Irene, la hija de Héctor Balzaretti, imprime el tono trágico y contemporáneo a su personaje de la joven madre que transita entre al amor y el odio a su padre, mientras que en su papel de actriz expresa esa combinación entre indiferencia y hartazgo de una joven ante las mañas del viejo actor y en su rol de narco herido, entra tersa y gozosamente a la farsa.

Alejandro Morales, -quien previamente ha creado memorables personajes shakespeareanos-, ante la actual encomienda de interpretar a dos hombres opuestos, como el patrón y el director de escena, transita con fluidez de una debilidad que busca emanciparse, a otra que al ser aceptada por su personaje de corte rudo, encuentra la forma de continuar alimentándola.

Por su parte, Miguel Tercero, -quien ha participado en obras como Junio en el 93, Catsup, entre otras con el crédito de Miguel Jiménez- interpreta al desenfadado e ignorante Rudy y a un narco-actor, -dos jóvenes distintos, que en su ignorancia se asemejan-, con el rigor y la naturalidad que ha caracterizado su trabajo actoral, logrando, en la escena que enumera diversos actores mexicanos de viejas generaciones, liberar de peso y significado el nombre de los conocidos histriones, con lo que su acto desborda comicidad.

Juan Manuel García Treviño, cuyo personaje genera ternura y repulsión a un tiempo, conjuga la espontaneidad de un joven delincuente que se deja seducir por el teatro desde su ignorancia, su avidez y deseo de cumplir con su superior.

Daniela Arroio, parte de la tímida asistente de dirección, rumbo a la enjundiosa integrante femenina de la banda, alerta y dispuesta a la aventura artística, personajes opuestos y distintos a los que ha realizado para obras que exigen una fina urdimbre, con lo que da muestra de su creciente registro actoral.

Miguel Alejandro León, por su parte, integra a su participación elementos que diferencian a sus dos personajes en positiva correspondencia con quienes interactúa.

La música, del corrido al tango, de Leo Soqui, configura la valiosa sustancia sonora de esta puesta en escena que expone la debilidad humana de actores, actrices y narcos al tiempo en que indaga en la vejez, el abandono, el declive profesional y la relación padre-hija en la que el dramaturgo va y viene como si en lo personal -independientemente del planteamiento de la obra de Shakespeare-, le significara una asignatura pendiente.

El montaje, producción de Puño de tierra y Próspero teatro, cuenta con un imaginativo vestuario de Libertad Mardel, que apoya la imagen de los dos universos ficticios. La producción ejecutiva es de MariCarmen Núñez Utrilla, la asistencia de dirección de Miguel Alejandro León y Fernando Escalona, la asistencia de producción de Maic Vamora, la coproducción es de Arón Margolis y el diseño gráfico de José Hernández, así como los diseños adicionales son de Gabriel Zapata y Alberto Clavijo.

El corrido del rey Lear es un sentido y divertido reconocimiento-homenaje a Héctor Bonilla, papá de Fernando, al teatro, a esa cauda de actores de antaño que han nutrido el arte actoral en México, incluido Colombo y a esa esencia transformadora que solo contiene la escena.

La obra se presenta martes, miércoles y jueves en el Teatro Helénico, consulta horarios, precios y descuentos, aquí.

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Un comentario sobre “EL CORRIDO DEL REY LEAR: Gozoso homenaje paterno tragicómico

  1. Esta obra me decepcionó, totalmente plana, no me atrapó ni me conmovió en ningún momento. Los actores bien, pero el libreto y la adaptación muy malos.

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