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LA IRA DE NARCISO: Thriller filosófico y pasional con fino humor negro



Por Alegría Martínez/ La habitación 228 de un hotel rodeado de belleza en la ciudad de Lubliana, donde los congresistas invitados, enfocados en la gastronomía y la charla, ignoran la importancia de las noticias internacionales, se vuelve el epicentro en la vida de un escritor que llega a dictar una conferencia sobre La mirada poética en Narciso y la transformación de lo real.

La revelación de aquello que le hizo a este hombre de 35 años percibir algo extraño desde el primer momento en que puso un pie en el lugar, será descubierta ante el espectador desde el imán en que se convierte esa recámara, donde nace la obsesión del personaje creado por Sergio Blanco, dramaturgo franco-uruguayo, autor de La ira de Narciso, que bajo la dirección de Boris Schoemann se presenta en La Capilla.

La grabación del conocido estribillo, “Digan lo que digan”, canción que hiciera famosa Raphael en 1968, en la voz del también llamado “Divo de Linares”, recibe al espectador que llega a la función, donde Cristian Magaloni camina sobre el escenario, tararea, espera la tercera llamada y sigue el ritmo del éxito musical compuesto por Manuel Alejandro, mientras las personas toman asiento.

El actor comparte con los espectadores que esa noche hará el esfuerzo de representar a Sergio Blanco, autor del texto, y expone parte de las reglas del juego. Se trata de la narración de un relato, un juego de progresión en torno al mito de Narciso.

Magaloni, autor de Mirar al sol, director de Hay un lobo que se come al sol todos los inviernos, de Gibrán Portela y actor de Himmelweg, de Juan Mayorga, hace sentir bienvenido al público al que mira directamente y con el que se comunica desde la espontaneidad y la apertura.

Sin cuarta pared de por medio, el actor va y viene en el relato del congresista que previo al día de su ponencia busca compañía sexual, habla con su madre vía Zoom, se ejercita, prepara su participación y se da permiso de hacer lo que le da la gana, como lo expresa, en medio de una especie de libertad que lo arrincona lentamente.

El texto de Sergio Blanco, obra de auto ficción escrita en 2017 y estrenada con gran éxito en Europa, urde mediante un fino humor negro, un complejo juego dramatúrgico en el que el actor-narrador, interpreta al autor y a distintos personajes involucrados en un misterio que crece como la presencia de un joven esloveno que se agiganta cada día en la vida del escritor.

Como si el río Estigia, donde se ahoga Narciso tras hechizarse con su propia imagen, se volviera rojo, el espejo del protagonista cobra textura de alfombra, mientras su intuición se adormece a ratos, frente una pasión impostergable.

El texto escrito por Blanco, en el que palabras, situaciones, descripciones e imágenes resuenan con todas sus letras, -como si se volvieran mayúsculas en la voz del actor, camino a la escucha y la percepción del espectador-, perfila a un personaje vulnerable y a la vez vehemente, que se desdibuja en la memoria de su madre añosa, se reconstruye por la vía sexual y se extravía intermitentemente en la búsqueda de lo que pueda responder a la incógnita de su nueva obsesión.

Cristian Magaloni despliega en el escenario a un personaje que se deja envolver plácidamente en una pesadilla, confiesa vicios, gustos, ilusiones perdidas, comparte reflexiones filosóficas, artísticas y aborda el mito de Narciso desde una mirada intervenida por la ira que actualmente se adueña del ser humano.

Boris Shoemann, cuya dirección de escena es cada día más depurada, deposita en la capacidad y el registro actoral de Magaloni la complejidad de esta obra que transita por diversos niveles de profundidad y lectura, al tiempo en que siembra múltiples significados en cada objeto y sonido, cúmulo de señales que el espectador recibe en un guiño revelador de luz en la sombra.

Director de obras como La historia de la oca, Kiwi, Las musas huérfanas, Tom en la granja, El canto del Dime-Dime, entre muchas más, Schoemann reunió a un buen equipo artístico para crear, La ira de Narciso, entre quienes se encuentran: Fernanda García, diseñadora de escenografía e iluminación, que con pocos elementos como dos alfombras circulares, un biombo, un banco, una pequeña mesa, y algunos objetos de referencia, apoya eficazmente al actor en la creación de imágenes y espacios ficticios.

El vestuario de Pilar Boliver, sencillo y cotidiano a partir de un pantalón sencillo y una camisa que arropa emotivamente al personaje, permite al actor el movimiento y la libertad para que el espectador pueda imaginarlo ejercitándose en el parque, en la habitación o la sala de conferencias, sin que requiera de más elementos, mientras que el diseño sonoro de Leo Soqui, mueve de la nostalgia al misterio y el desasosiego, subrayado por la varonil voz que numera escenas previo a su inicio, al que añade palabras detonadoras a medida que la acción progresa.

La ira de Narciso propone dejarse envolver por el filoso humor de una historia que transita entre la pasión de un hombre que se mira en otro como si quisiera adueñarse de sí y la ilusión marchita de lo que quiso ser, en busca de una respuesta a aquello que prefiere no mirar.

La obra se presenta los miércoles hasta el 29 de septiembre en Teatro La Capilla, consulta precios y horarios, aquí.

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