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MOSCÚ: Humor agudo y crítico



Por Antonio Bujarin/ “Mi alma es como un precioso piano cerrado del que se hubiera perdido la llave”, le susurra Irina al barón Tusenbach, para dejarle claro que lo seguirá, pero de ninguna forma lo ama. “¡Eso [enamorarme] no está en mi poder!”, le advierte… El fragmento pertenece al cuarto y último acto de Las tres hermanas del dramaturgo ruso Antón Chéjov. Y es precisamente esta obra, la que tres mujeres mexicanas —Amalia (interpretada por Carmen Mastache), Ana (Teté Espinoza) y Eli (Tamara Vallarta)— están llevando a escena e intentado mantener en cartelera en Moscú, una obra escrita y dirigida por la talentosa Aurora Cano. Moscú utiliza el recurso de teatro en el teatro, de tal manera que el espectador puede ver los preparativos y la representación de una obra teatral que podríamos llamar interior —en este caso, la de Chéjov—, enmarcada en la obra principal —Moscú—. El efecto es sugestivo, porque las actrices se dividen en escena, mientras encarnan dos biografías y dos tonos radicalmente distintos: dramático, con ciertos tonos de humor, el primero, y colmado de humor negro, el segundo. Así, cuando Tamara Vallarta susurra el infortunio de Irina Sergueievna, “Mi alma es como un precioso piano cerrado […]”, lo hace a través de Eri, la joven actriz de Moscú.

Pero, más allá de los recursos —ya volveré a ellos en esta misma reseña—, Moscú pone en la mesa de discusión un asunto crucial, que ha sido debatido y cuestionado en distintos momentos de la historia y que hoy no debe ignorarse ni postergarse. Este asunto es la pertinencia del arte, específicamente de la dramaturgia y la puesta en escena teatral, en un entorno convulso y violento como el que atraviesa México desde hace años.

(Theodor Adorno declaró, por ejemplo, que “escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie” y varios escritores, con la contundencia de su obra, han demostrado que estaba equivocado. Ahí están, como botón de muestra, Nelly Sachs y Paul Celan: “Leche negra del alba la bebemos de tarde/ la bebemos de ocaso y de mañana la bebemos de noche/ bebemos y bebemos/ cavamos una tumba entre los aires allí se yace cómodo”).

En Moscú, la puesta en escena está siempre en peligro: la relevancia de montar una obra rusa de principios del siglo XX, que aparentemente tiene poco que ver con la realidad que atraviesa el país, es constantemente cuestionada; los apoyos gubernamentales o de cualquier tipo parecen debilitarse y agotarse; Eli se debate entre seguir en la obra o probar suerte en Montreal, lejos del horror de las vejaciones y los feminicidios y lejos también de su vida en la Ciudad de México; Ana, apasionada y reflexiva, vive frustrada por no poder ser madre y siente que su inteligencia le juega en contra; y, finalmente, Amalia, cuya entrega y pasión por el teatro es una obstinación —y todo empeño incesante, lo sabemos, es también una contienda—, lucha por mantener estas fuerzas alineadas.

Otro de los aciertos de Moscú es el humor agudo y crítico con el que Aurora Cano aborda las problemáticas y la vida de los personajes. Cano hace un trabajo dramatúrgico sugestivo. Desde el inicio de la obra, las tres actrices —dando vueltas en un escenario atípico e inestable—, comienzan una enumeración que incluye el número tres, sus usos habituales, su valor emocional y simbólico: “Tres. Uno más dos: uno, dos, tres […]; la tercera es la vencida; los tres chiflados […]; el padre, el hijo y el espíritu santo; planteamiento, desarrollo y conclusión […]; el pastel tres leches;  tres veces te engañé, la primera por coraje, la segunda por capricho, la tercera por placer […]”. A partir de este punto, el sarcasmo va en aumento. El entusiasmo de Amalia —que además de actuar en Las tres hermanas, también la dirige— es cuestionado: “¿Por qué si solo había dinero para tres actores, montamos una obra que necesitaba 14?”, repite. Y es que el espectador podría pensar —no sin razón— que la ausencia de estos 11 actores es una alegoría de la soledad y el desamparo: las tres actrices de Moscú, interpretan a las tres hermanas de la obra de Chéjov,  y en ambos casos —vida y obra— están solas. En todas las escenas que interpretan faltan sus amores y amistades; Andrei, su hermano; Natalia, su cuñada… Además de ellas, no hay actores y no hay comparsas. En todo caso, los espectadores se transforman en testigos y cómplices de la trama, porque en diversos momentos hay una interacción estrecha e íntima con el público.

Uno de los aspectos deslumbrantes de Moscú es la escisión entre las escenas de la obra marco y la obra interior o enmarcada. Las transiciones son abruptas. El escenario se va a negros y hay un cambio radical en la iluminación y la música —electrónica, con luces neón, en el caso del siglo XXI y clásica, con luces cálidas, en el caso del XX—. Del techo bajan lámparas y un candil, y las tres hermanas susurran los diálogos de la obra, en posiciones que no corresponden a las acciones que planteó Chéjov. La escenografía, igual que la iluminación, a cargo de Jesús Hernández, ayuda a que esto suceda. En lo alto del escenario hay una tina de baño que apunta hacia el público, ahí se representan escenas críticas de soledad y desamor. El escenario, irregular y anguloso, podría representar la inestabilidad de nuestro entorno y la situación por la que está atravesando el país y el arte. El teatro mexicano se está cayendo y es necesario mantenerse en equilibrio.

Una obra muy recomendable, que permanecerá en cartelera hasta el domingo 8 de marzo, en el Teatro El Galeón. Y que, esperemos, vuelva a estar muy pronto en cartelera.

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