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QUE DIOS REPARTA SUERTE: Del miedo al futuro en el ruedo



Fotos: Francisco Bravo

Por Saúl Campos/Para Elsa, la pasión de la fiesta brava es algo que ha vibrado en ella desde pequeña, una energía que le da la capacidad de sentir, y vivir por esa emoción, cual si fuera lo más importante en el mundo. Desde que Tomás entró a su vida, esa pasión ha crecido y ha librado el ruedo para transformarse en un amor que quizás le dará algo que no estaba esperando, una decisión difícil que la colocará entre la espada y la pared, algo que alterará su carrera, su relación y su destino mismo.

De Camila Villegas llega a la Sala B de La Teatrería, Que Dios reparta suerte, bajo la dirección de Alberto Lomnitz y protagonizada por Verónica Bravo y Rubén Olivares. Un cuento de tauromaquia, pasión, sueños rotos y una inexplicable necesidad de incluir un catre en escena.

Aquí hay un cuento que podría ser sencillo y a la vez, es completamente difícil de tomar, al exacerbar que la pasión taurina sea una vía para expiar frustraciones y lograr una consagración. El tema importante es que no debería tomarse tan a la ligera en el teatro la discusión sobre validar las corridas de toros y el sacrificio de un animal de una manera violenta para diversión del público y, sin embargo, sucede.

Podríamos pasar de largo la idea de Villegas sobre aplaudir la matanza de toros e indagar más en la propuesta que nos tiene con sus personajes: una mujer tratando de destacar en una tradición dominada por el ego masculino, un hombre dándose cuenta de su fragilidad ante un destino que quizás no era el suyo, elementos fuertes, pero que quedan desarrollados más como un cliché y que no logran construir un argumento más sólido para la historia.

La trama baila sobre viñetas del pasado, del presente y del futuro que no logran proyectar un crecimiento real sobre los personajes, más bien son seres que suceden en una asimilación de las eventualidades que les atañen. La visión de la autora bien podría explorar imágenes más profundas, dejar al lado la historia de amor para crecer su discurso feminista en un fundamentalismo crítico.

Sin embargo, la escritora prefiere sostener el dilema central sobre si su personaje principal debería perseguir su sueño o una familia, conflictos que francamente se sienten obsoletos en una época para la dramaturgia donde las ideas debieran ser más contundentes y reflexivas.

En la dirección, Lomnitz propone contar la historia con imágenes claras, que cambien de espacio y tiempo con sencillos indicadores, más infiere un proceso contemplativo dentro de la acción que lejos de potencializar, aletarga el ritmo de la obra y la hace larga, a pesar de realmente no serlo, lo cual, sumado a una iluminación que no logra identificar los saltos y una escenografía donde un catre parece estar dispuesto a robar todo el espacio posible, no termina por dejar que las imágenes se generen y el público se vea inmerso.

Quizás Que Dios reparta suerte carezca de una hendidura que logre alzar el producto como un atractivo en cartelera, pero sin duda, podría ser una atracción disfrutable para los asiduos a la fiesta brava.

Las funciones son en La Teatrería hasta el 10 de diciembre, consulta precios y horarios, aquí.

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