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LA CASA DE BERNARDA ALBA: Un clásico para revisar



Por Kerim Martínez/En los últimos años, muchos clásicos han regresado a la escena teatral mexicana. Podemos encontrar sin dificultad obras traducidas (y adaptadas) de Chéjov, Ibsen, Strinberg y Shakespeare. En nuestro idioma predomina la dramaturgia poética del español Federico García Lorca.

La casa de Bernarda Alba es una de las obras más montadas a nivel mundial. Fue escrita en 1936, el mismo año en que murió asesinado su autor: Lorca. También se han realizado distintas versiones cinematográficas; destacan la mexicana (1982) dirigida por Gustavo Alatriste con Amparo Rivelles como Bernarda y la española (1987) dirigida por Mario Camus con Ana Belén en el papel de la rebelde Adela. En 2018 el director Emilio Ruiz Barrachina presentó una atrevida adaptación con su película Bernarda situada en la época actual y enfocada en exponer el problema de la trata de blancas.

Aunque es muy común encontrar en cartelera alguna puesta en escena (escolar o profesional) de la obra cumbre de Lorca, en esta ocasión la versión que se presenta en el Teatro Venustiano Carranza ha generado cierta expectativa por las tres actrices de renombre que encabezan el elenco: Lucía Guilmáin, Beatriz Moreno y Evangelina Martínez.

Bernarda enviuda por segunda vez y decide imponer un luto a sus hijas que durará ocho años. La hija mayor, Angustias, es fruto del primer matrimonio y heredó bastante dinero. Es la única que podría escaparse de ese encierro. Tiene un pretendiente, Pepe el Romano, con el que próximamente se casará. Ella no imagina que su hermana menor, Adela, está profundamente enamorada de su prometido y es bien correspondida. Martirio, la hermana jorobada, sospecha lo que está pasando con Adela y amenaza con decirle todo a su madre y así desatar una catástrofe.

Los tiempos van cambiando y los clásicos se revisan; la mayoría de las veces los directores buscan hacer montajes novedosos y propositivos acordes a su época, sin traicionar al autor. Éste no es el caso. El director Miguel Alonso nos presenta un montaje convencional (en forma y fondo) basado en la confianza que le tiene al elenco y al mismo Lorca, incluso pone el retrato del poeta en el escenario; lo justifica cuando una actriz se refiere a éste como si fuera el difunto marido de Bernarda.

Lucía Guilmáin interpreta a Bernarda Alba. Tiene todo lo necesario para enfrentar el reto: la edad, una voz portentosa, presencia masculina (como lo requiere el personaje) y larga trayectoria en el medio artístico. Sin embargo, su dicción es atropellada y no matiza los parlamentos: cuesta trabajo entender las palabras de Lorca. Además, la comunicación con las otras actrices no siempre fluye y ocasiona que se diluya la autoridad que posee el personaje.

Uno de los caracteres más difíciles de construir siempre será el de La Poncia, la criada vieja y fiel de Bernarda que busca abrirle los ojos pero que sabe cuál es su lugar en esa casa. Beatriz Moreno es el acierto principal de esta puesta en escena y logra encarnar a La Poncia ideal. Da gusto ver a una actriz llena de energía haciéndole honor a los diálogos lorquianos. La narración que hace sobre cómo conoció a su marido posee una ironía tan sutil que ayuda a quitarle densidad al montaje. Sobresale la escena donde enfrenta a Adela y trata de convencerla para que recapacite.

Un personaje clave en la trama es la madre octogenaria de Bernarda, María Josefa. Como padece demencia, Bernarda la encerró por el miedo a las habladurías pero siempre se las arregla para escapar y soltar grandes verdades. Evangelina Martínez se mete en el papel, logra sumergirse en este mundo de tinieblas y provoca mucha ternura en el espectador. En su primera aparición al finalizar el primer acto, las hijas de Bernarda se burlan cruelmente: una de ellas la carga y le da vueltas por el escenario. Este trazo del director minimiza al personaje y es incómodo para la actriz. Hay que recordar que las hijas de Bernarda respetan la locura, incluso le tienen miedo. Se reafirma en la escena donde Angustias dice que a Adela se le está poniendo la mirada de loca y Martirio le responde: “No hablen de locos. Aquí es el único sitio donde no se puede pronunciar esa palabra”.

El resto del elenco (Jessica Gámez, Vanessa Marroquín, Jacqueline Bribiesca, Karla Sáinz y Judith Serrano) hace su esfuerzo pero en ocasiones se enciman los textos y resulta evidente para el público. En su primer domingo de estreno las actrices se notaban nerviosas y olvidaron parlamentos tan importantes como éste: “Nacer mujer es el mayor castigo”, una línea clave (en la escena de los segadores) para entender la misoginia que tanto criticaba Lorca.

Un punto atractivo para el montaje es la musicalización. Israel Villalobos entona a las actrices con su guitarra y en las escenas más climáticas logra que el público mantenga el interés gracias al estímulo auditivo.

Sería importante revisar el tono del montaje para que los asistentes no tomen este clásico del teatro como una comedia ligera. El espectador busca conectarse con cualquier detalle o error que suceda en escena e inmediatamente lanza carcajadas como defensa, incluso en las partes más serias de la historia. Hay que subrayar que el texto es una tragedia y que Lorca escribió una crítica perfecta al machismo que se vivía en su época, muchas veces impuesto por las mismas mujeres. Sea cual sea la versión que esté sobre un escenario, La casa de Bernarda Alba funciona por el poder de sus palabras y porque plantea situaciones muy vigentes aún hoy en cuanto a la discriminación de la mujer en la sociedad patriarcal. Valdría la pena adquirir un mayor compromiso y algo de riesgo al ponerla nuevamente en pie.

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Un comentario sobre “LA CASA DE BERNARDA ALBA: Un clásico para revisar

  1. Quizá ese efecto de “comedia ligera” en esta puesta en escena venga desde la propia Dirección en el personaje de Bernarda, ya que maneja desde el principio un tono irónico que no permite que las escenas más graves alcancen su efecto porque el público se ha acostumbrado a recibir un estímulo erróneo. Así sucedió en la función de estreno: constantes risas en los enunciados más profundos, como “¡La escopeta! ¿Dónde está la escopeta?”

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