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BROCKENHAUS: Sobre las contradictorias capas de nuestra personalidad



Por Omar Muñoz /El bien y el mal: esa dualidad que está presente en todos los planos de la vida. Esa persistente lucha de contrarios que habita en nuestra mente es el combustible que mueve a Martín Zapata para crear Brockenhaus, un texto dramático para un solo actor.

El científico Abel Brockenhaus se da a la tarea de extraer la maldad de su ser. Después de idear y consumir una nueva droga, consigue el desdoblamiento de su personalidad e identifica el punto exacto dentro de su cerebro en donde se encuentra su ser “malvado”, para después intentar destruirlo. Sin embargo, olvida que aquella personalidad a la que ahora pretende ver como un enemigo a vencer, no deja de ser parte de su persona y que, por lo tanto, su extracción puede resultar más complicada de lo que imagina.

El planteamiento escenográfico confía plenamente en la imaginación del espectador. La escena sucede en un foro cuyas paredes están pintadas de negro y el único elemento físico externo es una silla blanca de madera. El resto del espacio escénico es sugerido mediante la corporalidad del actor y algunas acotaciones del texto; de tal forma, que la mirada del espectador termina por construir el estudio/laboratorio de Brockenhaus.

La iluminación consiste en cuatro aparatos que alumbran con frialdad la acción desde cada lado de la escena (frente, fondo y lados). El diseño lumínico es efectivo: brinda volumen y claridad a la acción, pero también, la dota de un carácter enfermizo y atemporal.

El vestuario mantiene la misma esencia: el actor está vestido completamente de negro, sin ningún elemento simbólico o de identificación particular. El espectador imagina y completa el cuadro estético.

Debido a que el plano visual de esta producción se mueve dentro del margen de la sobriedad, su complejidad radica en aprovechar al máximo los recursos interpretativos del actor. De esta manera, Manuel Domínguez (quien también está a cargo de la dirección y la producción) da vida a tres personajes en escena: al científico Abel Brockenhaus, al álter ego “malvado” llamado Caín (nótese la referencia bíblica planteada a través de los nombres de estos dos personajes) y al actor/narrador que se comunica con los espectadores.

Su actuación es muy vigorosa. Domínguez sorprende, sobre todo, por la precisión de sus interpretaciones, pues pasa de una personalidad a otra con un dominio flexible de su arte. Los personajes dialogan fluidamente, a la vez que la voz, la corporalidad y la carga emotiva del actor se transforman a gran velocidad. Es notorio el detallado análisis de texto e interpretativo que sostiene la actuación de Domínguez.

Con Brockenhaus, Martín Zapata y Manuel Domínguez se sumergen en las profundidades de la mente para cuestionar el funcionamiento de aquello que desde la consciencia identificamos como nuestro ser, para finalmente, presentar una interesante teoría sobre las contradictorias capas de nuestra personalidad.

Brockenhaus se presenta en el Centro Cultural Carretera 45, consulta precios y horarios aquí.

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