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QUIERO VOLVERME SUPERNOVA: Estrellas sin brillo



Fotos: Kerim Martínez

Por Kerim Martínez/ Recurrir a la nostalgia del pasado televisivo es común en espectáculos contemporáneos para señalar por qué a veces los mexicanos se comportan de cierta manera. Durante varias décadas, los televidentes consumieron el contenido que la máquina de sueños (Televisa) les ofreció en su día a día y muchos se vieron afectados en su manera de hablar y de relacionarse con el otro. A principios de 2018, el actor Andy Zuno presentó bajo su dramaturgia Los hijos también lloran (Teatro Milán) donde relataba cómo vivió la muerte de su padre desde una perspectiva telenovelera y un contexto musical pop. Recientemente el dramaturgo y director argentino Diego Beares estrenó Losers (Teatro NH) con personajes obsesionados por la historia noventera La usurpadora. Ahora se estrena en el Foro Lucerna Quiero volverme supernova bajo la pluma de Joserra Zúñiga (Bule Bule, Media Barba) y la dirección de Alonso Íñiguez (Tréplev, Noche de Reyes) realizada con el Estímulo Fiscal EFIARTES.

La trama es sencilla y funcional. Un cantante joven y exitoso es recluido por su representante en un refugio alejado de la caótica ciudad. Al parecer está cansado y la fama ha hecho estragos en su personalidad. Ahí conoce a distintas celebridades de la televisión mexicana, famosas en su niñez pero que el público olvidó con los años y ahora viven ancladas en un pasado tormentoso que no les permite dar el siguiente paso. En 2015, el cineasta Paolo Sorrentino trató magistralmente una anécdota similar en su película Youth, en la que algunos creadores artísticos se escondían en una residencia para millonarios en busca de una cura para alejarse de la depresión, encontrar respuestas a su existencia y continuar con su monótona vida.

Quiero volverme supernova es una farsa cómica donde los asistentes identifican a sus personajes a partir de referencias directas de estrellas infantiles que vivieron situaciones similares y que el público conoce gracias a los programas de espectáculos, la prensa amarillista y los mitos urbanos.

Mariana Gajá (El amante, El continente negro) es la encargada de darle vida a Nina, una popular actriz infantil a finales de los setenta que se hizo popular gracias a interpretar a Judy en la telenovela ficticia “Huerfanita de mi corazón”. Gajá sobresale en esta puesta en escena, se muestra muy desenvuelta y segura del personaje; caracteriza a una mujer trastornada que no puede escapar de sus tormentos y la convierte en un ser molesto e incómodo para los demás. Su energía se mantiene alta en todo momento y así logra sacar a flote varias escenas que todavía no han cuajado debido a que algunos de sus compañeros no han encontrado el tono adecuado del montaje. La actriz nos hace una radiografía de aquella niña encantadora (Graciela Mauri) que sedujo al televidente durante cuatro años en Mundo de juguete.

Salvador Petrola (Noche de Reyes, Mexican Idol) da vida a “La Jacky”, una travesti graciosa y simpática que se presentaba en el Teatro Blanquita. Petrola se pone los zapatos del personaje (o los tacones) en todo momento y con su timing preciso provoca constantemente las risas del público. Su actuación es natural, fresca y genera empatía con todos: actores y espectadores. A pesar de que en las últimas puestas ha construido personajes amanerados, el intérprete logra diferenciarlos a todos. En esta ocasión, lo aborda con mayor complejidad y así lo convierte en un ser entrañable que nos remite a la fallecida showgirl Francis.

Adriana Montes de Oca (Todos los peces de la tierra, Noche de Reyes) juega en el escenario con una dupla de personajes, Yarely y Arely, gemelas cantantes que traen a la mente a las desaparecidas Yvonne e Yvette. Pablo Perroni (Puras cosas maravillosas, El plan) es “El Maguito”, un hombre que quiere convertirse en actor porque cree que su faceta de niño asistente de un payaso presentador ha sido olvidada por todos. Aunque Montes de Oca y Perroni son actores muy entrenados hay pequeños momentos en que pareciera que no disfrutan las características del montaje.

Joshua Okamoto personifica a Jimmy, el joven cantante y youtuber del momento que vive obsesionado por una mujer (Linda) y que no ha sabido cómo lidiar con el éxito. El actor entra a escena con una guitarra que nunca usa, trata de hacerse notar a través de un realismo innecesario para el montaje, fuerza las emociones en detrimento del espectáculo, imposta la voz y no está entonado con sus compañeros de escena. El texto de Zúñiga es una digna crítica social, pero en el momento en que el actor lo llena con tal intensidad se desdibuja el fin simbólico de la farsa. Okamoto comparte escenario con cuatro actores experimentados que lo podrán guiar por buen camino si aprende a confiar.

Alonso Íñiguez da una lectura interesante a la dramaturgia de Zúñiga. Su dirección es ágil en la primera parte y hace que el público conecte con los personajes mientras éstos se pelean el escenario para interpretar sus mejores numeritos. Sin embargo, para la segunda parte, lleva el montaje a un terreno oscuro al dotarlo de solemnidad. En el momento en que los caracteres confiesan lo que realmente les pasó años atrás, todo se torna denso; traza a los actores con movimientos no convencionales que resultan caóticos y distraen la trama. Las risas del público desaparecen por completo y el final es anticlimático. Se esperaría un desenlace donde Salvador Petrola imitara a Raffaella Carrà y portara la peluca con la que aparece en el cartel de la obra, pero esta escena nunca llega: el público deberá conformarse con seres decadentes que no pudieron escapar de ese limbo.

El montaje está muy bien protegido con la iluminación, escenografía y vestuario de Mauricio Ascencio. Nuevamente nos encontramos con un creador que profundiza en el texto dramático y dibuja un universo particular a través de colores excéntricos, texturas de peluche y muebles vintage. En el escenario, hay una puerta que los personajes abren y se encuentran con la nada; habría que cuidar la fuerza que emplean para esta acción física porque la escenografía tiembla y parece peligrar su estabilidad.

Quiero volverme supernova nos hace reflexionar sobre los contenidos mediáticos del pasado y los que tenemos en la actualidad. La obra resulta divertida y apela a la nostalgia de un espectador que creció viendo los melodramas televisivos y programas de entretenimiento.

Consulta precios y horarios de la obra, aquí.

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