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NOCHE DE REYES: Bohemia Kitsch



Fotos: Kerim Martínez

Por Kerim Martínez/El teatro de Shakespeare, entre otras cosas, se caracterizó por el uso del disfraz. Obras como Los dos hidalgos de Verona, El mercader de Venecia, Como gustéis y Noche de reyes utilizaron este recurso con éxito para enredar las tramas y dotar de voz a los personajes femeninos.

Como pudimos apreciar en la película Shakespeare in love (John Madden, 1998) para una mujer de finales del siglo XVI y principios del XVII era impensable convertirse en actriz: se buscaban actores con rasgos delicados para interpretar estos caracteres.

En sus historias, el dramaturgo inglés gozaba al despistar al público y a sus mismos personajes. Gracias al disfraz, los rasgos morales del hombre y la mujer se confundían hasta borrar cualquier diferencia importante entre ambos sexos.

Por ejemplo, en Como gustéis un actor se vestía de mujer para interpretar a Rosalinda; ella debía huir de la corte y esconderse en el bosque de Arden con un disfraz masculino haciéndose llamar Ganimedes. Es decir, un actor interpretaba el papel de una mujer que se disfrazaba de hombre y que al final revelaba su identidad femenina. Al terminar la representación el público recordaba que en realidad había un hombre debajo del disfraz de la protagonista. ¿Un poco complicado, no? Bien resume el filósofo Jacques en esta misma obra: “Todo el mundo es un teatro, y los hombres y mujeres sólo actores”.

Actualmente en la Ciudad de México podemos disfrutar de un gran número de obras shakesperianas. Entre ellas se encuentra Noche de Reyes (Twelfth Night) dirigida por Alonso Íñiguez (Treplév, Dos Más Dos) en el Teatro Helénico. Esta versión se estrenó a principios de 2017 en el Foro Shakespeare y obtuvo varios reconocimientos como mejor montaje (Premios Cartelera y Premios ACPT). En ella, Íñiguez se aleja de la solemnidad con que a menudo algunos teatreros montan al autor y llena su propuesta de irreverencia y desparpajo. Se introduce en terrenos cabaretosos donde el disfraz cobra valor y donde se puede jugar libremente con el concepto de identidad.

Un naufragio es el origen de todo. Los gemelos Viola y Sebastián han quedado separados. Los dos creen que el otro ha muerto; están en Iliria, territorio del duque Orsino. Al encontrarse sola y desamparada, Viola decide salir adelante y para buscar trabajo se viste de hombre; con el nombre de Cesario va a la corte del duque a pedir empleo de paje. Orsino lo acepta y le pide que visite a su amada, la condesa Olivia, para convencerla de su amor. Ésta lleva siete años en luto riguroso por la muerte de su hermano y no tiene comunicación con el exterior. Al conocer a Cesario y al oírlo recitar palabras dulces, Olivia termina enamorándose de él. Por otro lado un caballero rico, Sir Andrew, pretende a la condesa con ayuda de su tío Tobías. Los dos viven alcoholizados y de fiesta, cosa que irrita al mayordomo rígido Malvolio. Andrew, Tobías, el bufón Fiestas y la sirvienta María planean vengarse de él.

Desde que la obra inicia, los personajes (o los nueve actores) se dirigen al público y hacen énfasis en que éste será un espectáculo donde todo estará permitido e invitan a pasarla bien a través de un acompañamiento musical con aires decadentes (música compuesta por Pablo Chemor).

La sensación es similar a la de haber entrado en una taberna de mala muerte. Lucen ropas excéntricas que fijan la personalidad de cada uno, lo que ayuda a seguir con más facilidad su trayectoria en la obra. El diseño de vestuario de Mauricio Ascencio (Después de casa de muñecas, Tréplev) sin duda se vuelve el gran acierto de este montaje: los personajes adquieren una dosis de modernidad mezclada con un estilo kitsch muy divertido. Todo es fiesta, bohemia y carnaval.

Dos actrices se unen a la compañía en esta temporada: Diana Bovio (No tan kosher, Los bonobos) y María Penella (Happy, Privacidad). La primera interpreta a la condesa Olivia. Su físico, maquillaje y vestuario recuerdan a la sensual Elvira, la dama de la oscuridad interpretada en la pantalla grande por Cassandra Peterson a finales de los ochenta.

Bovio, de la mano de Íñiguez, construye un personaje muy diferente al que se ha presentando en otras versiones. Su encierro voluntario la lleva a convertirse en una mujer con ganas de explotar sexualmente; deja atrás la sobriedad y el luto para seducir a como de lugar al joven Cesario, asistente de Orsino, que la tiene hastiada con sus declaraciones amorosas. Su presencia electriza a sus compañeros de escena, los cautiva y los trepa al tono alto que propone. Se mueve juguetona y descarada por el escenario, carece de pudor alguno y su vis cómica la vuelve el personaje más empático de la representación.

Por su parte, María Penella lleva el peso protagónico de la historia al interpretar a Viola: desde su primera aparición enamora. Sus ojos están cargados de emoción y la usa a su favor sin dejar que se desborde; de hecho, la contiene de tal manera que las palabras de Shakespeare cobran sentido y llegan amablemente al espectador. Físicamente, Penella no se parece al actor que caracteriza a su hermano Sebastián (Antonio Alcántara), pero no importa porque la propuesta del director nos invita desde el primer minuto a aceptar sus convenciones y juegos teatrales (como por ejemplo que Jacobo Lieberman sea la criada María con tremendas barbas y a su vez sea el fiel Antonio). Al convertirse en Viola, Penella no traiciona el estilo de la época y cimienta un personaje fuerte y melancólico digno de aplaudirse.

Todo el elenco funciona como una maquinaria de reloj. Salvador Petrola (Don Juan, El bien del país) da vida a Orsino con una lectura que llama la atención: lo convierte en un ser afeminado y narcisista con apariencia vampírica. Funciona bien y se justifica que realmente no ame a Olivia, sino a la imagen misma del amor y posteriormente a su asistente andrógino, Cesario. Destacan Carlos Aragón (Grooming, El jardín de los cerezos) como el incómodo Malvolio y Adriana Montes de Oca (Todos los peces de la tierra, El amor de las luciérnagas) con su interpretación de varios personajes (en especial el bufón Fiestas), que bailan, cantan y llenan de alegría la escena. Quizás valdría la pena que los actores recortaran algunas pausas para acelerar un poco el ritmo y no dejar caer la comedia de dos horas de duración; seguramente con el paso de las funciones recuperarán lo que lograron en su primera temporada.

Noche de reyes es uno de esos montajes donde se nota que los actores disfrutan sus parlamentos, juegan en el escenario, se divierten, existe trabajo en equipo y todo esto se respira en el recinto teatral. Da gusto encontrarse con esta obra en la cartelera mexicana de la mano de un director (y adaptador) que reinventa a Shakespeare sin traicionarlo.

Consulta precios y horarios de la obra, aquí.

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